Me llamo Álvaro. Después de que falleció mi madre, mi padre se casó con una mujer que ya tenía dos hijas.
Pasaron muchos años y nos hicimos mayores. Y entonces mi padre tuvo un accidentecosas de la vida, un resbalón y adiós, muy buenas.
Para mi sorpresa, mi madrastra resultó ser una señora decente, de las que ya casi no quedan. Me cedió el piso diciendo:
Ese piso era de tu madre. Y ahora te corresponde a ti, claro.
Solo me pidió un pequeño favor: que dejara a sus hijas vivir en el piso hasta terminar la universidad. Ella se volvía a su pueblo de Soria, que decía que el aire de Madrid la asfixiaba. Aceptémás por educación que por entusiasmo.
Marta y Inés, sus hijas, no podían ser más distintas. Pero ambas compartían el mismo gran sueño: casarse con un buen muchacho con piso propio. ¡Como si entre ensoñaciones y croquetas se resolviese el alquiler en Madrid!
La vida empezó a ir sobre ruedas (más o menos): Marta me preparaba el desayuno; Inés se dedicaba a plancharme la ropa. Las dos competían por agradar, aunque el café de Marta parecía agua de calcetines y las camisas de Inés acababan hechas acordeón.
Total, que dos meses después, una (¡y luego la otra!) dieron a luz sendas hijas mías. Cuando mi madrastra se enteró, montó un drama digno de novela en horario de sobremesa. Pero Marta e Inés se negaron a abortar, que si los niños son una bendición, que si esto nos une como familia. Y allí me vi yo, padre por partida doble y sin saber cómo reaccionar.
Hice cuentas y pensé: Me va a salir más caro en pensiones de alimentos que jubilarme en la Costa del Sol. Así que planeé una jugada de ajedrez inmobiliario. Vendí el piso y pillé dos estudios tirando por lo bajo, y con lo que sobró me metí en una hipoteca justita para mí.
Le di a Marta e Inés cada uno de los estudios: a cambio, me firmarían un finiquito de manutención. Así podría dormir tranquilo los domingos y ver el fútbol sin sobresaltos.
La paz duró lo que un caramelo en la puerta del colegio. Cuatro años después, me llega un embargo tremendo en el trabajo: debía un pastón en pensión. Fui a verlas y se partieron de risa en mi cara. Me dijeron que los pisos habían sido un regalo y que el contrato estaba hecho trizas a propósito.
Conclusión: me quedé sin el piso de mis padres, pagando hipoteca y manutención. Un plan sin fisuras, vamos.
Mi madrastra se frotó las manos:
¡Eso te pasa por listo! ¡Lo tienes merecido!
Encima, Marta e Inés me prohibieron ver a mis hijas. Tuve que pedir un préstamo a un amigo para saldar la deuda y me planté en los juzgados por el derecho a ver a mis niñas. Gané el juicio. En la empresa, hablé con el jefe y le pedí cobrar en negro para pagar menos pensión. Ahora paso la pensión mínima.
Los viernes recojo a mis hijas y las devuelvo a sus madres el domingo. Les compro el capricho que me piden, las llevo a museos, a la Warner, hasta a ver el Atletitodo por ellas. Marta e Inés se quejan de que las estoy malcriando, que así no hay manera.
Y ya puestos, pago un extra a dos amigos para que se dediquen a cortejar a mis hermanastras y, de paso, les recuerden que tener hijas complica lo de encontrar novio.
Un día, delante de una asistenta social, me llevé a mis hijas de casa de mi madrastra diciendo que sus madres las habían abandonado. Puse una denuncia de custodia y las niñas se vinieron a vivir conmigo. Ahora son uña y carne conmigo y, cada vez que ven a sus madres, se aferran a mí como si fueran a llevárselas a una academia militar. Yo les leo cuentos de madrastras malvadas, así, para ambientar.
Cuando Marta e Inés entendieron el percal, yo ya estaba felizmente casado de nuevo.
Les propuse un trato: si me devolvían los pisos, les devolvería a las niñas. Aceptaron enseguida.
Ahora alquilo los dos estudios y la hipoteca ya está pagada. Vivir en Madrid es caro, pero vivir sin que te tomen el pelo, no tiene precio. Mis hermanastras buscarán príncipe, yo duermo tranquilo. Al final, la justicia poética existey con algo de picaresca española, todavía sabe mejor.






