Tenía yo apenas 10 años cuando mi padre decidió emprender la graciosa huida y dejar plantada a mi madre.
Ella lo sobrellevó con una entereza digna de una telenovela de Antena 3 y fue entonces cuando decidí que quería ser tan fuerte como ella. Mi madre jamás soltó una mala palabra sobre mi padre, aunque éste se dedicara a coleccionar aventuras y, para colmo, alguna vez le levantó la mano. Solo lo mencionaba como tu padre; es decir, solo cosas buenas. Al final, la vida le devolvió el favor y le presentó a mi padrastro, Fernando.
Para Fernando era también la segunda vuelta. El primer matrimonio suyo fue como el transporte público de Madrid: lleno de discusiones y retrasos. Su ex-mujer no paraba de recordarle que ganaba un sueldo más bien tirando a mileurista. Un buen día, harto de tanta crítica, hizo las maletas y se fue. Solo mantenía contacto por el hijo que tuvieron en común.
Tras el divorcio, todo empezó a sonreírle. Bueno, para ser sinceros, primero conoció a mi madre, que le quería de verdad y le apoyaba hasta en las ideas más descabelladas. Luego, Fernando pegó un subidón en el trabajo y su sueldo subió como el precio de la gasolina en verano. En dos años pudo comprarse un chalet majo a las afueras y, además, se puso a ahorrar para un coche. En cuanto su ex se enteró, apareció de repente, como por arte de magia, para hacer las paces…, pero ya era demasiado tarde. Cuando Fernando le dijo que no, ella le prohibió a su hijo que volviera a verle.
Fernando fue para nosotras todo un padrazo: estuvo a nuestro lado más que nuestro padre biológico, se interesaba de verdad por nuestras vidas y nos animaba hasta con los hobbies más raros. Al fin teníamos una familia feliz y, sobre todo, era un gustazo ver a mi madre sonreír de verdad.
Pasaron los años. Mi hermana y yo crecimos, nos casamos y cada una montó su propia familia. Mi madre y Fernandoque ya para entonces era simplemente papá para míse jubilaron y se dedicaron a la buena vida. Yo estaba convencida de que iban a envejecer juntos viendo el mar en Valencia y echando la siesta después de la paella… Pero un día, recibí una llamada de mi madre, pidiéndome que acudiera a casa de inmediato, con una voz que no presagiaba nada bueno.
Algo le había pasado a Fernando, estaba claro. Mi madre no llama por tonterías.
Pues bien, resulta que a mi padrastro se le ocurrió la brillante idea de dejarle toda su herencia a su hijo (ese con el que no se hablaba desde hace treinta años). Mi hermana y yo nunca pensamos en reclamarle nada, pero esperábamos que, al menos, dejara la casa a mi madre; al fin y al cabo, ella había puesto alma, vida y más euros de los que le gustaría admitir. Ahora, como a Fernando se le fuera la cabeza (o algo peor), mi madre podía quedarse en la calle.
Mi madre lloró como cuando el Madrid pierde en Champions y yo me empleé a fondo para consolarla. Sinceramente, aún no entiendo qué le pasó a Fernando por la cabeza ¡Hay cosas que ni el mejor psiquiatra de Salamanca podría explicar!





