Recuerdo como si arde în mintea mea că Victoria venía de un pequeño pueblo de Castilla, donde un piso de una sola habitación apenas costaba unas pesetas. Con mucho sacrificio, logró comprar uno a escondidas, sin que su esposo, Alejandro, supiera nada al respecto.
Mientras Alejandro estaba de viaje por negocios, nació nuestra hija en una maternidad común, aunque yo le mentí diciéndole que había sido en la más prestigiosa de Madrid Y aun así, los ducados que él enviaba para la compra semanal yo los administraba con enorme tacañería. Cuando Alejandro estaba en casa, la nevera rebosaba de embutidos ibéricos, besugo, mariscos y manjares. Sin embargo, cuando él volvía a marcharse, todas las economías volvían a apretarse hasta el último céntimo.
Jamás gasté dinero en caprichos para mi niña. La generosidad de los vecinos o algún hallazgo en los mercadillos del Rastro bastaban. Así fue como reuní el dinero necesario para el piso. Muchas veces llamaba a mi madre, Carmen, para que cuidara de la pequeña mientras yo, en secreto, me iba a trabajar horas sueltas a una panadería. Alejandro, en el fondo, tenía la culpa de ese secretismo. Era un hombre de la ciudad, acostumbrado a mandar, y yo era una muchacha de campo, sometida y diligente, acatando siempre sus órdenes. Sin embargo, llegó el momento en que empecé a prepararlo todo para marcharme. Veía claro que un día Alejandro podía perder el control definitivamentey ese sería mi final.
Recuerdo que también solía ajustar mis compras. Compraba a escondidas sólo unas manzanas para mi hija, pero a mi marido le decía que había gastado el sueldo en fruta fresca. Me llevó dos años y medio juntar lo suficiente. Finalmente, durante uno de sus viajes de negocios, hice las maletas, recogí a mi hija y desaparecí. Justo el día anterior, presenté la demanda de divorcio.
Alejandro trató de forzar nuestro regreso. Me llamó con promesas, asegurando que, a partir de entonces, no habría más sombras en nuestra vida familiar. Pero hubo llamadas en las que su voz se volvía una amenazajurando que nunca dejaría de buscar a su hija, que haría lo imposible por recuperarnos, sin importar el coste.
Al poco supe por conocidos que había encontrado una joven universitaria, otra conquense, y estoy segura de que le hará pasar por lo mismo que a mí. Nunca engañé a mi marido. Cada peseta ahorrada puede considerarse ganada con sudor y hambre. No tenía otra salida: sólo podía salvarme a mí misma y a la única hija que Dios me dio.





