Desde el principio, Alba empezó a mostrar desdén hacia su segunda madre solo después de casarse. El motivo era que su suegra no había contribuido económicamente a la boda. La única tranquilidad era saber que no tendrían que convivir juntas, pues los padres de Alba les habían regalado, con generosidad castiza, un piso de tres habitaciones en el barrio de Chamberí, en Madrid. En cambio, la madre de Javier solamente les regaló un sencillo y vulgar juego de vajilla. Más aún, ni siquiera acudió a la tradicional tarde de pintura de mantones, escudándose en una enfermedad. Alba, en secreto, sintió alivio por aquella ausencia casi onírica.
La vida cotidiana discurría como un río tranquilo de la meseta hasta que Teresa, la suegra, cayó enferma y ya no pudo seguir sola en su pueblo manchego. Aunque la idea de tenerla en casa no entusiasmaba a Alba, no había otra salida en aquel laberinto sin puertas. Teresa intentó ayudar fregando suelos y barriendo sombras largas de la siesta, pero esto solo irritaba a Alba aún más. Todo cuanto hacía su suegra era blanco de críticas sutiles y cuchicheos nebulosos. Teresa caminaba como si flotara entre nubes de incomodidad y palabras no dichas. Finalmente, cuando recobró algo de salud, decidió regresar al pueblo de Consuegra. Alba creyó, envuelta en una niebla espesa de esperanza, que la normalidad volvería. Pero se desató la tormenta: Javier enfermó gravemente y pronto se apagó como la llama de una vela los viernes por la noche.
Alba se perdió en un mar de dolor y saudade, y fue entonces, en medio de este sueño deshilachado, cuando descubrió que estaba embarazada. En esos meses indefinidos y flotantes recibió el abrazo sincero de Teresa. La mujer, aunque destrozada por la pérdida de su único hijo, no dejó de sostener la tristeza de Alba, susurrándole refranes antiguos y recordatorios de que la vida, a pesar de todo, sigue. Alba sentía vértigo y vacío ante la idea de criar sola a la criatura, pero el apoyo de Teresa hacía que el horizonte no pareciese tan oscuro ni infinito.
El tiempo, estirándose como la luz del atardecer sobre las tejas, trajo sanación lenta. Un año después nació una niña luminosa, Martina. Cuando el calendario madrileño cumplió otro ciclo, Alba conoció a un hombre extraño y maravilloso, como salido de un cuadro de Dalí. Sin embargo, nunca dejó de visitar a Teresa, siempre acompañada de su hija, manteniendo un lazo que parecía tejido por sueños y antiguas canciones populares.






