Conseguí que mi hijo se divorciara, y me arrepentí de ello
Ayer mi nuera volvió a dejarme a mi nieta para el fin de semana me contaba mi vecina Carmen cuando coincidimos en el rellano. ¡No hay manera de que esa niña coma bien! Mi mamá dice que las princesas no comen mucho, repite la peque, toma dos cucharadas y nada más. ¡Y está tan delgada que casi parece transparente!
Carmen, desde el principio, no soportó a la esposa de su hijo Alejandro, Elsa. El motivo era que Elsa le sacaba siete años a su hijo, que apenas había terminado el bachillerato cuando la conoció.
¡Si mi hijo ni había estado con ninguna chica antes de esa mujer! se quejaba Carmen constantemente. ¿Cómo no iba a caer rendido a sus pies, con la experiencia que tiene? ¡Lo atrapó gracias a eso!
Y Elsa, la verdad, era una mujer guapa y llamativa. Siempre cuidaba su silueta, se vestía con elegancia y estaba volcada en su carrera. Yo, sinceramente, entendía que Alejandro se fijara en ella; como se suele decir, los hombres son muy visuales, y Elsa sabía cómo lucirse.
Ella seguía una dieta y llevaba un estilo de vida saludable, y eso mismo quiso inculcar a su hija: comer lo justo, evitar excesos, preocuparse por su salud y apariencia.
A los pocos meses de empezar a salir, Elsa se quedó embarazada. Quizá para afianzar la relación, o por pura casualidad, pero lo cierto es que Alejandro tomó la decisión de casarse con ella sin dudarlo, aunque acababa de cumplir los 18, mientras que Elsa ya tenía 25.
Alejandro, nada más obtener el título de bachillerato, se matriculó en un módulo de FP. Combinaba los estudios con el trabajo porque, al irse a vivir con su joven esposa lejos de los padres, necesitaba mantener a su familia. Al principio alquilaron un pequeño piso, y más tarde pudieron comprar una habitación en una corrala de Lavapiés.
Parecían felices, pero Carmen nunca bajaba la guardia. Siempre encontraba algún motivo para criticarla: que si la comida, que si la camisa mal planchada, que si la niña no iba bien vestida Para la suegra, Elsa estaba llena de defectos y ni una sola virtud, y así se lo hacía saber a su hijo, siempre con indirectas y reproches.
Finalmente, Elsa redujo el contacto con su suegra a lo imprescindible. Se encargaba sola de llevar a su hija al colegio, al club de gimnasia rítmica, e incluso a la escuela de ajedrez. Apenas hacía otra cosa que ir corriendo del trabajo a recoger a la niña, luego a las actividades… Y aún encontraba tiempo para ir al gimnasio, a la peluquería, a hacerse las uñas Así que pasaba menos tiempo en casa del que hubiera querido.
Alejandro volvía al hogar y lo encontraba vacío: su hija en actividades, su mujer ocupada o fuera. Un día, en uno de esos atardeceres, llamó a la puerta Julia, la vecina de la corrala, una viuda de 38 años con dos hijos adolescentes.
En la cocina común se había roto el grifo y empezaba a gotear. Julia le pidió a Alejandro que le echara una mano para no inundar la casa de abajo.
Alejandro, que tenía buena mano con las reparaciones, enseguida solucionó el problema. Mientras arreglaba el grifo, Julia preparaba cena: macarrones con albóndigas. Le ofreció un plato como agradecimiento, y Alejandro aceptó con gusto, pues Elsa llevaba semanas sin cocinar platos caseros, absorbida por la rutina.
Desde entonces, Julia empezó a invitarle a cenar menudo, y en las largas veladas compartidas de la cocina, entre risas, croquetas y tartas, algo cambió entre ellos. Sin darse cuenta, esas conversaciones se hicieron necesarias para ambos.
Pero en una corrala como aquella, donde todo se sabe, no tardó en llegar el chismorreo. Alguien informó a Elsa de que su marido pasaba las tardes con la vecina, y no precisamente leyendo.
El escándalo sacudió todos los pisos. Elsa, mujer orgullosa, sacó a Alejandro de casa de inmediato, metiendo sus cosas en bolsas y dejándolas en el pasillo.
A esas horas no había muchos sitios a dónde ir. Terminó llamando a la puerta de Julia, que lo recibió sin dudar.
La hija, Lucía, tenía seis años entonces. Alejandro, 25. Elsa, 32. Julia, 39.
Carmen, mi vecina, cuando se enteró de que su hijo se había separado, se sintió vencedora. Pero al descubrir que Alejandro se había ido con una mujer catorce años mayor que él y con dos hijos, se quedó de piedra.
Me sorprendió el silencio que guardó. Llevaba años torturando a Elsa con sus críticas por la diferencia de edad, y ahora, de repente, ni una palabra. ¿Sería que al fin se dio cuenta del daño que había hecho?
Ya han pasado quince años desde que Alejandro y Elsa se divorciaron. Él sigue con Julia, aunque no han tenido hijos juntos. Viven tranquilos y en armonía; él tiene ahora 40 años, ella 54. Carmen acude a su casa y ya no pone pegas ni reproches. Se respira paz y sosiego en la familia, y yo puedo ver que Alejandro es realmente feliz.
Hoy, pensando en aquel episodio, he comprendido algo: a veces, uno se deja guiar por prejuicios o miedo al qué dirán, empujando a los hijos a tomar decisiones que uno mismo termina por lamentar. Y también he aprendido que la edad no importa cuando de verdad hay cariño y respeto.
¿Quién diría que la felicidad podía encontrarse al final de todo este lío?






