Ahora se puede vivir

Ahora sí se puede vivir

María se encuentra al borde de la tumba, observando cómo el ataúd desciende lentamente a la tierra.

Hace frío. El viento de noviembre agita las cintas negras del ramo funerario, se cuela bajo el abrigo y la obliga a encogerse de hombros.

A su lado, solloza la tía Jacinta una pariente lejana, a quien María apenas ha visto un par de veces en su vida.

La madre permanece firme, sólo sus dedos, aferrando la mano de María, están helados.

El padre…

María mira el ataúd, tratando de entender qué siente.

Nada.

Un vacío absoluto, resonante, como una casa helada donde hace tiempo apagaron la calefacción.

Fue buen hombre dice alguien detrás de ella. Que encuentre paz allá arriba.

María casi se echa a reír.

¿Buen hombre?

¿Cómo lo saben?

Lo veían sólo en fiestas, sobrio, sonriente, tocando la guitarra. Manos de oro, el alma de la reunión, un hombre alegre.

Y nada más.

No conocían cómo era él en casa.

María cierra los ojos, y la memoria le muestra una escena: tenía unos siete años, se despierta de noche por el estruendo. Su padre entra tambaleándose en el recibidor, no da con la puerta, huele a alcohol y algo agrio. La madre lo arrastra hacia la habitación, él se zafa, agita los brazos, grita: ¡No me respetas! María aprieta los ojos y se tapa hasta la cabeza con la manta, para no ver ni escuchar nada.

Por la mañana, el padre está en la cocina con cara de arrepentimiento, bebiendo agua con limón y diciendo: Perdona, hija, me he descontrolado. No volverá a ocurrir.

Siempre ocurría.

Nunca dejaba de repetirse.

María abre los ojos. Ya han cubierto el ataúd de tierra, colocan los ramos sobre el montículo. La gente empieza a salir del cementerio. La madre la toca en el codo:

Vamos, hija. Hay que organizar el funeral

En el salón del funeral María está allí, como extraña. Come, asiente a las condolencias, responde a las palabras de consuelo. Y por dentro, una idea la golpea, tan fuerte que le dan ganas de gritar:

¿Por qué no siento nada? ¿Por qué no me duele?

Por la noche, cuando todos se han ido, queda con la madre en la cocina. Toman té, callan. Hasta que la madre dice:

¿Sabes? En este momento he pensado algo raro.

María levanta la mirada.

He pensado que ahora ya no hay que tener miedo. Que él no caerá por ahí, ni se quedará helado o perdido. Que ahora podemos simplemente vivir.

María observa a su madre y ve en sus ojos el mismo terror que ella siente. Terror de que por dentro no hay dolor, sino alivio.

¿Soy mala? susurra la madre.

María se acerca y la abraza por los hombros.

No, mamá. No somos malas. Simplemente estamos cansadas.

Permanecen así hasta el amanecer. Recuerdan. No el alcohol, sino otras cosas: cómo el padre construyó una casita de muñecas para María, como le enseñó a montar en bicicleta, como una vez llegó del mercado con una sandía enorme y los tres la comieron sentados en el suelo porque no cabía en la mesa.

Él tenía muchas facetas. Y eso también era verdad.

Después, la madre se va a dormir, y María se queda sola. Coge el móvil y escribe un mensaje a su esposo: Estoy bien. Mañana vuelvo.

De pronto, se da cuenta de que por primera vez en muchos días respira tranquila. Sin miedo. Sin esperar una llamada con malas noticias. Sin esa ansiedad constante, agotadora.

El padre ha muerto. Y la vida, por fin, se ha vuelto calmada.

Sabe que ese pensamiento volverá. Que las noches de culpa la despertarán. Que la tía Jacinta y los demás seguirán cuchicheando: Qué fría, ni derramó una lágrima.

Pero ahora, en este piso silencioso, donde ya no huele a alcohol ni estallan discusiones de madrugada, María se permite un instante de honestidad.

Perdón, papá susurra al vacío. Te quise, de verdad. Pero estaba muy cansada de odiarte.

Por la mañana se marcha.

Durante el viaje en tren, contempla largo rato el paisaje gris de noviembre, y luego saca su cuaderno para apuntar la respuesta que se le ocurre a sus pensamientos:

Los hijos de alcohólicos no lloran en los funerales. Ya han llorado durante años viviendo junto a esa enfermedad. Y no son fríos. Simplemente han sobrevivido.

María cierra el cuaderno y sonríe por primera vez en mucho tiempo.

El tren la lleva hacia otra vida. Una vida donde, por fin, no tiene que mirar atrásEn la estación, cuando el tren se detiene y la puerta se abre, María siente como si el aire frío al otro lado fuera nuevo, distinto. Al bajar, mira sus manos temblando ligeramente. Camina despacio, saboreando el silencio, cada paso liberado. En la esquina ve un niño con su madre, riendo mientras persiguen unas hojas arrastradas por el viento, y ese sonido la golpea con algo parecido a esperanza.

María respira hondo, llena los pulmones con aire fresco, y el cansancio se va esfumando poco a poco. Avanza hacia el futuro con la certeza de que puede reconstruir lo que quedó en ruinas; puede cuidar sin miedo, puede amar sin pesar, puede volver a reír sin culpa.

El mundo, por fin, le pertenece. Y al dar la vuelta en la calle, siente en el pecho una luz tenue, tibia, como si algo en su interior estuviera naciendo.

Ahora sí se puede vivir.

Rate article
MagistrUm
Ahora se puede vivir