Ya se puede vivir

Cristina se encontraba al borde de la tumba, contemplando cómo el ataúd descendía al frío suelo de la tierra castellana.

El aire de noviembre penetraba con fuerza, moviendo la cinta negra del ramo y colándose bajo el abrigo, obligándola a encogerse, buscando algo de calor entre los hombros.

A su lado sollozaba tía Carmen, una pariente lejana, a la que Cristina solo había visto un par de veces en su vida.

La madre mantenía la compostura, aunque los dedos helados que apretaban la mano de Cristina temblaban por dentro.

El padre

Cristina miraba el ataúd y buscaba entender lo que sentía.

Nada.

Un vacío absoluto, resonante, como un viejo caserón en invierno, olvidado, con la calefacción apagada desde hace años.

Fue buen hombre dijo alguien detrás, bajando la voz. Que Dios lo tenga en su gloria.

A Cristina casi le dio la risa.

¿Bueno?

¿De dónde lo saben?

Lo veían en las fiestas, sobrio, sonriente, con su guitarra, manos de oro, el alma de la fiesta, un tío simpático.

Solo eso.

Nunca conocieron al hombre de casa.

Cristina cerró los ojos. Los recuerdos acudieron en tromba: tenía siete años, despertando en mitad de la noche por el estruendo. El padre se tambaleaba por la entrada, sin acertar ni a la puerta, oliendo a vino agrio y algo ácido. La madre lo arrastraba a la habitación y él forcejeaba, gritaba: ¡No me respetas!. Cristina se acurrucaba bajo la manta, cubriéndose los ojos, deseando no ver ni oír nada.

Por la mañana, su padre se sentaba en la cocina, con cara arrepentida, bebiendo un vaso de agua con limón y diciendo: Perdona, hija, he metido la pata. No volverá a pasar.

Pero volvía.

Siempre volvía.

Cristina abrió los ojos. Ya estaban echando tierra sobre el ataúd, cubriéndolo con coronas de flores. La gente iba saliendo del cementerio. La madre le tocó el codo:

Venga, hija. Nos esperan en el bar para el responso

En el comedor, Cristina se sentía extraña, ausente. Mastigaba, asentía, respondía a las condolencias. Por dentro solo zumbaba una idea, imposible de acallar:

¿Por qué no siento nada? ¿Por qué no me duele?

Al caer la noche, cuando todos se fueron, quedó a solas con su madre en la cocina. Bebían té, en silencio. Hasta que la madre murmuró:

¿Sabes? He pensado una cosa rara.

Cristina levantó la mirada.

Pensé que ahora, por fin, no hay que tener miedo. Que ya no se caerá en cualquier calle, no pasará frío, no desaparecerá. Que podemos simplemente vivir.

Cristina la miraba y veía en sus ojos el mismo horror que sentía dentro; el espanto de descubrir que lo que había en el interior no era pena, sino alivio.

¿Soy mala persona? susurró la madre.

Cristina se acercó y la abrazó por los hombros.

No, mamá. No somos malas. Estamos cansadas.

Y así se quedaron hasta el amanecer. Rememoraban. No las noches de borrachera, sino otros momentos: el padre fabricando una casita de muñecas para Cristina, enseñándole a montar en bici, trayendo un melón enorme del mercado y comiendo los tres en el suelo porque no cabían en la mesa.

Él era muchas cosas. Esa era también la verdad.

Luego la madre se fue a dormir y Cristina quedó sola. Sacó el móvil y escribió a su marido: Estoy bien. Mañana vuelvo.

Entonces, se dio cuenta de que respiraba por primera vez en días sin ese nudo en la garganta, sin miedo al timbrazo fatal, sin el latido tenso y punzante.

Se había muerto. Y la vida, por fin, se volvía tranquila.

Cristina sabía que esa idea regresaría; que volvería a levantar la culpa en la noche, que tía Carmen y los demás murmurarían: ¡Qué fría, ni una lágrima derramó!

Pero en ese piso silencioso, sin olor a alcohol, sin gritos a deshoras, se permitió un minuto de sinceridad.

Perdón, papá murmuró al vacío. Te quise, de verdad. Pero estaba tan harta de odiarte.

Por la mañana, partió.

En el tren, mirando los campos grises de noviembre, sacó su cuaderno y anotó el pensamiento que le rondaba:

Los hijos de alcohólicos no lloran en los funerales. Ya lo han hecho durante años conviviendo con esa enfermedad. No son fríos. Son supervivientes.

Cristina cerró el cuaderno y por primera vez sonrío.

El tren la llevaba a otra vida. Una vida donde ya no tenía que mirar atrásMás allá de la ventanilla, el paisaje se deslizaba lentamente bajo el sol pálido. Cristina observó cómo las sombras se alargaban sobre la tierra, como si en ese momento toda Castilla despertara al mismo tiempo que ella. El vacío seguía allí, pero empezaba a llenarse de algo nuevo.

A su alrededor, la gente se movía con una calma inexplicable; desconocidos que, por alguna razón, parecían compartir el secreto sencillo de seguir adelante. Un niño dormía en el regazo de su madre. Un anciano leía el periódico, repitiendo cada línea en voz baja. Nadie se fijaba en Cristina, y eso era libertad.

Al mirar su reflejo en el cristal, se vio diferente: menos rígida, menos aferrada al pasado. Se permitió imaginar el regreso a casa, el aroma de café fresco, el abrazo largo de su esposo y la promesa de días sin sobresaltos. Por primera vez, pensó en el futuro y no sintió miedo.

Cuando el tren llegó a su destino, se levantó despacio, recogió sus cosas y bajó al andén. Al dar el primer paso hacia la salida, el aire claro la envolvió. Se detuvo un instante y respiró hondo, saboreando la sensación de estar viva.

Allí, entre el murmullo de viajeros y el sonido de ruedas sobre grava, supo que nada volvería a ser igual, pero que eso estaba bien. Porque en el silencio de aquella mañana, Cristina entendió que cada adiós contiene una promesa: el de nunca volver a ser prisionera de lo que ya se ha ido.

Avanzó, ligera, hacia la ciudad y la vida que la esperaba.

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Ya se puede vivir