Al salir del hospital, Alba se cruzó en la puerta con un hombre.

Entrando en el fresco vestíbulo del hospital de Salamanca tras el turno de la mañana, me topé en la puerta con un hombre.

Disculpa dijo, dedicándome una mirada fugaz.

En el siguiente instante, su rostro adoptó ese gesto altivo y despectivo que tan bien me era familiar. Se giró y, parece, me olvidó tan rápido como había reparado en mí. ¿Cuántas veces me habré cruzado con esa indiferencia? A las chicas de figura esbelta y piernas larguísimas las miran de otra manera. Los ojos de los hombres, cuando ven una belleza así, se vuelven voraces, casi pegajosos. Aquella injusticia me araña por dentro. ¿Acaso es culpa mía haber nacido así?

De pequeña, todos halagaban mis mejillas redondas y mis piernas macizas, mis bracitos regordetes y mi sonrisa robusta. En el colegio, a la hora de formar filas en educación física, siempre iba la primera entre las niñas. Me llamaban gordita, calabaza, hasta Peppa Pig. Aquello, aunque dolía, aún era soportable, pero había motes mucho peores de los que no quiero ni acordarme. Los niños pueden ser crueles. Los profesores, aunque veían el acoso, preferían mirar hacia otro lado.

Probé decenas de dietas, pero el hambre me vencía y acababa abandonando. Lo poco que adelgazaba, lo recuperaba enseguida. Tenía una cara bonita, decente, pero mi cuerpo arruinaba cualquier posibilidad de agradar.

Quise ser maestra, pero no me atreví: temía que los niños no tardasen en inventar algún mote más cruel que los anteriores. Así que, tras el instituto, me matriculé en una escuela de enfermería de la ciudad. Cuando la gente está enferma, lo que menos le importa es cómo es quien le cuida.

Entre las alumnas todas estábamos a nuestras cosas; algunas tenían novio, otras ya se casaban. Yo siempre sola. En clase, las demás pedían que me sentara en primera fila, para esconderse detrás de mi espalda ancha y evitar así la mirada de los profesores.

Con frecuencia, al pasar por las tiendas, me detenía frente a los maniquíes vestidos con trajes que jamás podría llevar. Yo me tapaba la figura con chaquetas holgadas y faldas anchas para disimular los kilos de más. Sin embargo, mis manos eran hábiles con las inyecciones; los pacientes mayores me lo agradecían con sonrisas sinceras.

Un día, fuimos a la pista de hielo con las compañeras. Un grupo de adolescentes me lanzó comentarios mordaces: ¡Mira la que va para el matadero!, gritaban entre risas. Cuando los escuché, sentí que las lágrimas me apretaban el pecho.

Mi madre intentó emparejarme un par de veces con los hijos de sus amigas. Fui a un par de citas. Uno fingió no verme y se escapó torciendo el gesto; otro, ni bien presentarnos, intentó sobrepasarse y acabó en el suelo tras echarlo de encima. Se levantó gritando: ¿A quién crees que le vas a gustar tú así? ¡Encima te haces la interesante! Rompí en llanto. Me juré no volver a quedar con nadie. Mejor sola.

En mi perfil de Facebook puse de foto de perfil a Fiona, la de Shrek. Un chico me preguntó en los comentarios si realmente me parecía a ella. Le respondí que sí, sólo que yo no era verde. Él se lo tomó a broma. Pensó que era para espantar pretendientes pesados y me pidió quedar. Corté la conversación y nunca le contesté.

Un día, por el pasillo del hospital, un niño de unos seis años se estampó contra mí.

¿A dónde corres? Por aquí hay pacientes, no debes armar jaleo le regañé cogiéndole del brazo.

Quería patinar por el suelo confesó.

¿Con quién has venido?

Con mi padre, a ver a mi abuela. Pero… ¿dónde está el baño? preguntó.

Ven, te lo enseño le llevé al fondo del pasillo. ¿Quizás puedes solo?

Él me miró rivalizando con cualquier adulto condescendiente. Ese pequeño no consiguió herirme. Enseguida oí el tirador del váter; cuando salió, le propuse buscar juntos la habitación.

El chico parecía dudar, pero pronto indicó la cuarta puerta.

¿Seguro? ¿Sabes el número o no? dudé, porque era una habitación de hombres.

¡Claro que sí! Incluso sé leer. Mira, es esa y señaló la puerta con el número cinco.

Ah, pillo le reñí en broma.

Él soltó una carcajada.

¿Cómo te llamas? pregunté.

Ignacio alcanzó a decir, justo cuando se abrió la puerta de la quinta habitación y apareció un hombre alto y atractivo.

Miró a Ignacio con severidad.

¿Qué hacías tanto tiempo? entonces reparó en mí.

Me analizó con los ojos apenas un segundo y luego apartó la mirada, olvidando que existía. ¿Te estaba molestando?

No. No lo regañe usted respondí, y seguí mi camino, escuchando de fondo: Ven, despídete de la abuela. Nos vamos.

Al día siguiente, Ignacio y su padre reaparecieron. Él pasó junto a mí sin un saludo. Le saqué la lengua por la espalda; Ignacio, que me vio, sonrió y me enseñó el pulgar. Le devolví el saludo.

Más tarde entré en la habitación cinco.

Hoy la veo con buen aspecto, doña Carmen. ¿Le ha venido a ver su nieto? pregunté.

¿Le ha visto usted? Es un solete Ojalá pudiera vivir para verle crecer.

Todavía no toca irse, mujer. Aun podrá mimar a sus bisnietos le contesté animada.

Ojalá. Me angustia dejarlo solo. Crece sin madre suspiró.

¿Su madre?

No, no murió. Nos dejó. Abandonó al niño a nuestro cargo.

Dijo su hijo me sorprendí.

Ignacio no es nieto de sangre, pero le queremos como si lo fuera. Mi hijo se casó con una mujer bellísima, modelo. Tras la boda confesó que tenía un hijo. ¡Menudo comienzo! Mi marido casi muere del disgusto. Y ahora, aquí estoy yo, en el hospital. Hace dos años a la madre de Ignacio le hicieron una propuesta excelente y se fue a París a trabajar. Allí se volvió a casar. El niño le estorbaba. Todas las mujeres que ha traído mi hijo son iguales: guapas, egoístas. Ignacio las rechaza.

Tragué saliva y estuve todo el día dándole vueltas a lo que me contó Carmen. Al volver, ella tenía los ojos rojos.

Doña Carmen, le advertí que no podía alterarse le reñí.

Estoy bien, mira me mostró un dibujo.

Un niño cogía de la mano a sus padres. No cabía duda de que eran Ignacio y sus progenitores.

Ignacio está buscando madre. Me parece que la ha dibujado a usted.

No, habrá dibujado a la suya negué.

A su madre no la recuerda. Era delgadita. Aquí la dibuja grande, más alta que el padre Sí, es a usted, mírelo bien Carmen se sorbió la nariz.

Vi enseguida que la madre del dibujo era más grande que el padre. Hasta un niño se da cuenta de lo enorme que soy. Un hombre tan atractivo nunca podría fijarse en mí. Qué desvarío.

Desde entonces, cada vez que pasaba a ponerle la inyección a Carmen, intercambiábamos unas palabras. La siguiente vez que vino Ignacio, corrió hacia mí.

Hola. ¿Tienes manos seguras? preguntó.

Eso dicen respondí apurada.

Mi abuela dice que está en buenas manos me miraba con picardía. La darán de alta pronto, ¿verdad? El sábado es mi cumpleaños.

Seguro que sí. ¿Cuántos cumples?

¡Seis! ¿Quieres venir a mi fiesta?

Gracias, pero tengo que pedírselo a tu padre le respondí.

¡Voy ahora mismo! y se fue corriendo a la habitación.

No vi cómo se marcharon ese día, pero al siguiente, Ignacio y su padre estaban esperándome.

Papá, prometiste le instó Ignacio cuando llegué.

Lo recuerdo me miró. Le invito al cumpleaños de Ignacio. Aquí tiene la dirección. Sábado a la una, si no tiene otros planes.

No hago nunca nada los sábados me apuré en contestar, sintiéndome sonrojada.

Lo agradeceríamos. Si usted no viene, mi hijo se pondrá triste y también mi madre. Y ya sabe que le va el corazón

¡Una semana! Tengo que intentar perder peso como sea, pensé.

En casa conté a mi madre la invitación.

Por supuesto que debes ir. A veces los niños entienden más que los hombres. Quizás tengas suerte con ese hombre. No me mires así, el niño necesita una madre.

Su padre ni me mira, mamá contesté desanimada.

No te infravalores. Igual para él cuentan más cosas que el glamour. Si no, ya estaría con otra modelo.

El sábado me dediqué a peinarme, ponerme lo mejor que tenía y maquillar mis pestañas. Aun así, al mirarme en el espejo, veía una figura maciza, por mucho que lo intentara disimular. El regalo lo compré enseguida después de la invitación. Ignacio me espera

Al pulsar el timbre, casi no me dio tiempo a respirar y ya sonaba el mecanismo de la puerta. El corazón me galopaba en el pecho.

¡Ha venido Alba! gritó Ignacio, abrazándome en cuanto pudo rodearme.

Le acaricié la cabeza y le entregué el regalo. Sus ojitos se iluminaron.

En el salón habían dispuesto ya una mesa festiva. Sentados estaban Iván, el padre, al lado de una rubia espectacular. Enfrente, un señor mayor; debe ser el abuelo de Ignacio, pensé. La rubia me escaneó de arriba abajo alzando las cejas.

Esta es Alba, mi salvadora. Y ahí, Borja, mi padre. A la rubia ya la conoces: Sonia, amiga de Iván explicó doña Carmen.

Sonia frunció de nuevo las cejas. Carmen, sirviendo ensaladilla, golpeó sin querer una copa de vino, que fue a parar, directo, sobre las piernas de la rubia. Sonia se alzó, indignada, y tras recoger sus cosas se fue. Nadie la detuvo. Yo también me levanté para irme, incómoda.

No te ofendas… intentó decir Iván.

No fue a mí a quien mojó, no tiene importancia respondí. De hecho, me marcho.

No ofendas a mi madre rechazando su tarta. Te acompaño luego a casa.

En el coche, el primer tramo fue silencio.

No hacía falta que me acompañaras corté por fin.

Mi madre no me lo hubiera perdonado. Últimamente, parece que el destino se empeña en cruzarnos. Apostaría que mi madre querría casarnos

No siento nada especial por ti, ni tú por mí. No te preocupes que evitaré cruzarme en tu camino.

Al parar el coche, intenté abrir la puerta, bloqueada.

¡Ábreme ya!

Iván se acercó y me besó. Le aparté con fuerza.

¿Te aburriste ya de chicas guapas y quieres experimentar con una gorda? Gracias por tu atención.

Ni sospechaba lo guapa que estaba en ese instante. Iván se quedó paralizado, desbordado por la emoción. Las rubias hermosas suelen ser frías; yo no.

Perdóname, no sé qué me pasó. No quería ofenderte. Solo… creí que…

Nunca me han besado en la vida, salvo algún cerdo benefactor. Siempre me miran con pena y ni siquiera intentan conocerme solté antes de largarme.

Finales de agosto, el tiempo se volvió invernal; lluvia y viento en Madrid. Hacía tres semanas que no sabía nada de Iván. Entré en casa, me quité los zapatos empapados y vi a mi madre en el pasillo.

Ha venido un señor joven, simpático Parecía preocupado, quería que le llamaras.

Le llamé enseguida.

He ido a buscarte. Ignacio está enfermo. Le recetaron inyecciones… ¿Podrías venir?

Salgo ahora cogí lo necesario en la farmacia y fui enseguida.

Ignacio me recibió alegre, aunque con cara febril. Le preparé la inyección. Le temblaba el labio. Le dije:

¿Recuerdas que tengo manos seguras? No temas.

Apenas le dolió. Iván me observaba de otra manera, con un interés que ninguna otra vez sentí. Me puse colorada.

De vuelta en el coche:

¿Te gustaría salir conmigo algún día? Aquí nunca terminamos una conversación.

¿Lo haces por tu hijo? No me ilusiones… Nadie puede quererme, pensé.

Pero… no eres gorda, Alba. Eres acogedora, tierna, verdadera. Ignacio te adora. Yo también empiezo a hacerlo. Siento que juntos podríamos ser una familia.

¿Y si regresa la madre de Ignacio?

Ya no volverá. Ha renunciado a su hijo desde París. Se ha casado, y no quiere saber nada de él. Ignacio es mío.

Entonces sí, acepto salir contigo.

Para todos hay alguien especial. Da igual el aspecto. Sólo a veces esas almas gemelas se encuentran, y si lo hacen, deben reconocer al otro y no dejarlo escapar. Quizá es el amor el que nos enseña a ver el cisne blanco en la patosa, a descubrir un alma sensible y única a la que amar.

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MagistrUm
Al salir del hospital, Alba se cruzó en la puerta con un hombre.