No podré ser tu madre ni llegar a quererte, pero te cuidaré y no debes sentirte herido. Porque estar…

No puedo ser tu madre ni puedo amarte, pero cuidaré de ti y no debes sentirte herido por ello. Al fin y al cabo, con nosotros estarás mejor que en un centro de acogida.

La tarde se cubría de gris. Hoy había sido un día devastador. Iván enterraba a su hermana. Irresponsable sí, pero de sangre. Llevaban casi cinco años sin verse, y el destino los reunía en esa tragedia.

Victoria, lo mejor que sabía, sostenía a su esposo entre silencios y gestos. Intentaba asumir la mayoría de las cosas, aliviarle el peso del duelo.
Pero tras el entierro quedaba todavía un asunto igualmente crucial. Irina, la difunta hermana de Iván, había dejado un hijo pequeño. Y todos los familiares que aquel día acudieron para despedirla, depositaron la responsabilidad en Iván, el hermano menor.
¿Quién iba a cuidar al niño, si no un tío? No hubo discusión, ni siquiera se planteó otra opción. Era, sencillamente, lo que debía hacerse.

Victoria, claro está, entendía la situación y tampoco se oponía de manera firme, pero había una espina. Jamás quiso tener hijos; ni propios, menos aún ajenos.
Esa decisión la había tomado mucho antes, y fue honesta con Iván desde antes de casarse. Él lo tomó a la ligera, como casi cualquiera lo hace a los veinte y tantos años. Decidieron vivir para ellos mismos, así lo juraron hace diez años.

Y ahora debía acoger en su casa a un niño ajeno. No había escapatoria. Entregarlo a los servicios sociales estaba descartado, Iván nunca lo permitiría; y Victoria tampoco se atrevía a mencionar siquiera esa posibilidad.
Sabía que nunca amaría a ese niño, mucho menos podría ser su madre. Y viendo lo maduro y despierto que era para su edad, Victoria optó por la sinceridad directa.

Alonso, ¿prefieres vivir con nosotros o en un centro de acogida?
Quiero vivir en casa, solo.
Pero no puedes quedarte solo, solo tienes siete años. Tienes que elegir.
Entonces, con mi tío Iván.

Está bien, vendrás con nosotros. Pero escucha, no podré ser tu madre ni quererte como si lo fuera, pero cuidaré de ti y debes entenderlo. Aquí tendrás más que en el centro, seguro.

Cumplidos los trámites, por fin regresaron a casa.
Victoria, tras aquella conversación, sentía que podía evitar fingir ser una tía abnegada; podía ya ser ella misma. Cuidar, lavar, ayudar con tareas… no le suponía esfuerzo. Dar el corazón, eso ya no.
El pequeño Alonso, por su parte, no olvidaba ni un momento que era un niño no deseado; y para no acabar en el centro se esforzaba en portarse bien.

Repartieron el espacio en casa y decidieron que Alonso tendría la habitación más pequeña. Había que adaptarla totalmente para él.
Elegir el papel y la decoración era algo que entusiasmaba a Victoria. Lo hizo con energía. Dejó que Alonso escogiera el papel, todo lo demás lo eligió ella. No escatimó en gastos, no era tacaña, simplemente a ella los niños no le interesaban. La habitación quedó preciosa.

Alonso estaba feliz. Sólo lamentaba que su madre no pudiera ver cómo era ahora su cuarto. Ojalá Victoria pudiera quererle… Ella era buena, generosa, sólo que no sentía cariño por los niños.

Muchas noches, Alonso se iba a la cama con esos pensamientos.

Alonso sabía disfrutar de cada detalle, de cada momento: el circo, el zoo, el parque de atracciones. Expresaba tanta admiración que Victoria, a fuerza de acompañarle, comenzó a divertirse en esas salidas. Le fascinaba sorprenderle y observar cada reacción suya.

En agosto, Victoria e Iván iban a viajar a la Costa del Sol, y a Alonso lo iba a cuidar una tía cercana durante esos diez días.

Pero, a último momento, Victoria lo replanteó todo. Sintió el deseo de que el niño conociese el mar. Iván se sorprendió, aunque en realidad, se alegró profundamente. Él se había encariñado con Alonso hasta la médula.

Alonso estaba casi dichoso. Si tan sólo le quisieran… Bueno, por lo menos vería el mar.

El viaje fue maravilloso. El mar cálido, la fruta jugosa, el ánimo perfecto. Pero salió el sol y acabó la luna; las vacaciones se terminan siempre.
Volvieron a la rutina: trabajo, casa, colegio. Algo, sin embargo, había cambiado. Se instaló en su pequeño hogar una nueva sensación, una alegría sutil, una expectativa de milagro.

Y el milagro sucedió. Victoria regresó de la costa con una vida nueva creciendo dentro de ella. ¿Cómo era posible? Habían esquivado durante años esa posibilidad.

Victoria no sabía qué hacer. ¿Contarlo a Iván o decidirlo sola? Después de Alonso, ya no estaba segura de la postura de su marido sobre la paternidad. Él adoraba al niño, jugaba con él, le llevaba incluso al fútbol.

Victoria había realizado ya una obra de valor, pero no se veía capaz de otra igual. Ella sola tomaría la decisión difícil…

Sentada en la clínica, recibió una llamada del colegio. Alonso había sido llevado en ambulancia por sospecha de apendicitis. Todo quedaba en suspenso.

Victoria corrió al hospital. Encontró a Alonso pálido y tembloroso sobre una camilla. Al ver a Victoria, rompió a llorar.

Victoria, por favor, no te vayas. Tengo miedo. Quédate esta noche, sólo esta noche, como si fueras mi madre. Te lo prometo, nunca más te pediré nada.

El niño se aferró con toda su fuerza a la mano de Victoria. Las lágrimas caían como lluvia. Tenía una crisis de angustia. Victoria nunca, nunca, le había visto llorar así, salvo el día del funeral.

Ahora se rompía ante ella.
Victoria apretó su mano contra la mejilla.

Mi niño, aguanta un poco. El médico viene enseguida. Yo estoy aquí, a tu lado, no me voy.

¡Dios mío, cuánto le quería en ese instante! Ese niño, con ojos asombrados, era lo más importante que tenía.
Toda esa idea del “sin hijos”… ¡qué tontería! Esa noche contaría a Iván acerca del bebé. Tomó esa decisión en el mismo momento que Alonso, por el dolor, le apretó aún más la mano.

Pasaron diez años.

Hoy Victoria celebra casi un aniversario redondo: cumple cuarenta y cinco. Habrá invitados y felicitaciones, pero mientras tanto, saboreando un café, se deja llevar por los recuerdos.

¡Cómo corre el tiempo! Se fue la juventud; quedó la madurez. Se convirtió en mujer, esposa feliz, madre de dos hijos maravillosos. Alonso tiene ya casi dieciocho, Sofía diez. Victoria no se arrepiente de nada.

Bueno…, de una sola cosa sí: de aquellas palabras de rechazo. Daría lo que fuera por que Alonso las hubiera olvidado, por que jamás las recordara.
Desde aquel día en el hospital, intentó repetirle cada vez que le amaba, pero nunca se atrevió a preguntarle si él recordaba su primera confesión.

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MagistrUm
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