“¡No me des en la espalda! Niños en la calle y adultos irritados”

Mientras las madres llenan los foros con preguntas sobre qué llevar en el botiquín y si podrán subir el carrito al avión, otros viajeros se preparan inquietos para su vuelo, compartiendo sala de espera con familias jóvenes. Hoy en día, todo parece más sencillo. Si antes quienes se quejaban de los niños en los medios de transporte eran tachados de insensibles, ahora incluso se les pide a las aerolíneas que consideren crear zonas diferenciadas para pasajeros con y sin niños. ¿Cuándo empezó a suceder esto?

¡Buen viaje para todos!

En algún momento se puso de moda no encerrarse en casa por el hecho de tener hijos, sino continuar trabajando, saliendo, viajando, asistiendo a eventos, manteniendo una vida social activa sin importar la edad que tenga tu hijo. Nuestras madres no llevaron ese estilo de vida tan activo ni se les ocurría semejante idea. Se me hace difícil imaginar a una mujer de los años 60, por ejemplo, yendo a un restaurante de la Gran Vía con un bebé. Y, desde luego, no era lo habitual. Tener un hijo era una bendición, y esa intimidad tenía lógica.

Por mucho que uno quiera disfrazarlo, embarcarse en un viaje largo con un niño es estresante para ambos, padres e hijos. Para que todos estén cómodos, hay que esforzarse. Pero a muchos les cuesta hacerlo. Cuando empieza el viaje, la gente se entrega al relax y delega el control sobre sus hijos, dejando que se apañen solos mientras los padres se pierden entre revistas y teléfonos. Así, la paciencia de los demás se pone a prueba.

A todos nos gusta viajar cómodos. Nadie quiere esperar dos horas de vuelo envuelto en ruido e inquietud después de haberse gastado euros en el billete. Los pasajeros protestan por la distancia entre los asientos, buscando espacio para estirar las piernas y descansar. ¿Y qué decimos cuando un niño inquieto de cinco años descubre que puede balancear el respaldo y dar espectáculo a su manera? Que yo recuerde, nunca vi a nadie sonreír ante eso o tomarse la molestia con amabilidad.

El parvulario itinerante.

Intenté ser educada una vez. Cuando una mujer con un bebé de meses se sentó a mi lado, me contuve. Pero pronto resultó que no era solo ella: la familia era numerosa. Se acomodaron delante, detrás, en los asientos de al lado, esparciendo sus cosas, gritando por encima del ruido, pasándose biberones y chupetes de mano en mano. Solo les faltaba invitarme a integrarme. Sinceramente, fue incómodo. Me pidieron que sujetara cosas sin por favor, y casi acabo a baño María con el agua del termómetro. ¡Maravilloso! No podía ir a ningún sitio; parecía que la única salida era saltar por la ventanilla.

En otra ocasión, en el AVE a Barcelona, fui testigo de la siguiente escena: una madre entrenando a su hija de cuatro años durante las seis horas de trayecto. La mujer quería que la pequeña no molestara a los demás viajeros, pero el resultado fue el contrario. Todo el rato era: Lucía, ven aquí, Lucía, mira por la ventana, pintemos algo, seguido de cuarenta minutos de colorear a voz en grito, eligiendo entre todos los colores de lápices y decidiendo si dibujar un perro o un gato. Nunca supe qué era peor.

¿Quién no se plantearía después de eso la sugerencia de algunos: mejor quédate en casa hasta que tu hijo sea mayor? Si al menos hubiese niños que se quedaran tres horas en silencio, coloreando y luego se durmieran apoyados en el peluche pero, ¿existe algún niño así?

Y eso sin contar a los bebés que lloran a la salida, en el aterrizaje y durante todo el vuelo. Antes era raro que coincidieran dos bebés en un avión, ahora a veces hay cinco, acompañados de sus hermanos saltando y gritando por el pasillo Sales del avión al aterrizar con la misma prisa con la que decollaste.

Ojo, no soy de quienes rechazan a los niños. Y también he vivido viajes con hijos pequeños. Pero, para ser sincera, lo hacía por obligación, nunca por placer. No tengo fuerzas para atender a un niño en vacaciones. Solo viajé con mi hija cuando entendió la importancia de sentarse y quedarse quieta; cuando puedes explicarle con claridad: Quédate aquí tranquila y no toques nada. Así, a lo sumo, esperas un rato sin hacer ruido ni dibujar por todas partes. Pero muchas familias intentan llenar el tiempo del niño con actividades educativas y carreras por el pasillo, porque creen que es lo mejor para su desarrollo. Y después, simplemente, esperan que todo salga bien.

Al final, viajar con niños es un reflejo de cómo vivimos. Si aprendemos a convivir mejor y poner límites razonables, haremos la vida más fácil a todos, incluidos nuestros pequeños. La clave está en el equilibrio: ni sobrerelajación ni aislamiento, sino convivencia, respeto y empatía. Porque el viaje, como la vida, es mejor cuando se hace pensando en el bienestar de todos.

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