Te juro, si alguien me hubiese contado esto, no me lo habría creído ni de broma. Pero ocurrió de verdad, y le pasó a mi hermano y a su mujer. Ellos volvían a casa tras celebrar el cumpleaños de mi abuelo en el pueblo. Era temprano, serían las siete de la tarde. Iban conduciendo por la autovía, cuando de repente vieron a una chica joven en mitad del arcén, moviendo los brazos desesperada para que pararan.
La mujer de mi hermano, Carmen, le pidió por favor que no parara, que eso podía ser peligroso. Pero mi hermano, Javier, aflojó la velocidad porque algo le dijo que debía ver qué pasaba. La chica tenía el rostro llenísimo de cortes y moratones.
Casi sin poder hablar de la angustia, le contó que ella y su familia habían tenido un accidente. Su coche se había salido de la carretera y había rodado hasta una zanja. Dijo que su marido estaba muerto, pero que el niño aún vivía, y le suplicó a Javier que lo salvara. Le señaló el lugar del accidente.
Javier se bajó del coche, le dijo a la chica que se quedase con Carmen y fue hacia la zona que le habían indicado. Al llegar, de verdad encontró el coche accidentado. No pensó demasiado, bajó como pudo y sacó al niño del asiento de atrás. El chaval tendría unos seis años.
Al regresar al coche, la chica ya no estaba. Javier le preguntó a Carmen dónde se había metido, pero ella solo se encogió de hombros, diciendo que la mujer la había seguido. Javier volvió al coche sin entender nada, buscando a la chica, y fue entonces cuando se fijó, por primera vez, en el interior del coche destrozado: había dos adultos en los asientos delanteros. El hombre, el cabeza de familia, y su esposa, ambos fallecidos. Pero entonces, ¿cómo fue posible que ella pidiese ayuda en la carretera?
Javier dice que ese momento le puso los pelos de punta. El niño ahora vive con ellos, lo han adoptado y es parte de nuestra familia. Y Javier está convencido de que fue el fantasma de la mujer quien les habló.







