Hoy quiero plasmar en estas páginas por qué no quiero dejar a mis hijas al cuidado de sus abuelas.
Tengo 31 años y crío a dos niñas, Lucía de 3 años y Carmen de 1, entregada en cuerpo y alma a mi faceta de padre a tiempo completo una decisión plenamente meditada y voluntaria por mi parte.
Cuando nació mi primera hija, era lógico y quizás algo ingenuo pensar que las abuelas estarán ahí al principio para ayudar. Pero pronto quedó patente que eran más una complicación que un auxilio, y me vi manejando todo prácticamente solo.
Recuerdo muy bien aquellos días tras el nacimiento de Lucía, especialmente después de volver a casa del hospital: me sentía sobrepasado y, en general, no sabía ni por dónde empezar con el cuidado de un bebé. Lo que hoy me resulta obvio, en ese entonces generaba mucha tensión en casa y, sinceramente, pánico silencioso.
Claro está, no existe un manual estampado en la cabeza de nadie con instrucciones definitivas para cuidar a un recién nacido.
No sé por qué tenía la expectativa de que la generación anterior, curtida en la vida, sabría perfectamente cambiar pañales, bañar, dar de comer o cortar las uñas pero pronto descubrí que cada abuela tenía su propia receta, y ni siquiera se ponían de acuerdo en cómo preparar el baño.
Al final acabé aprendiendo a cambiar pañales con destreza y a encarar un sinfín de tareas más.
Les tengo un enorme respeto y agradecimiento tanto a mi madre como a mi suegra, ambas con sus propias costumbres e inquebrantables convicciones, lo que siempre consigue arrancarme una sonrisa:
Abuela 1 (mi suegra, Concepción):
-Hay que rezar una oración especial sobre el agua antes de dársela a la niña.
-Media año después, terminé comprando un filtro de agua para la casa.
-Hay que lavar a las pequeñas solo con jabón lagarto. Además, dicen que va genial para las irritaciones.
-Los niños se te ponen enfermos porque no los crías bien.
-Si la niña llora mucho, deberías llevarla a una curandera; seguro que se lo quita.
Abuela 2 (mi madre, Teresa):
-Llorar no importa, ya se le pasará solo.
-Si tiene fiebre, dale un Apiretal y fuera.
-Compras demasiados juguetes para las niñas, deberías controlaros más.
-El sábado vengo sobre la una a verlas, pero a las cuatro me voy al cine, como siempre cada fin de semana.
-A los seis meses ya les puedes dar hasta dulce y salado, si la niña pide, pues que pruebe de todo.
Quiero a mi madre, pero ahora me surgen muchas dudas sobre nuestro propio pasado y cómo me crió.
A veces pienso en cómo nos alimentaba o si realmente nos cuidaba cuando estábamos enfermos. Resulta que mi hermano y yo pasábamos días enteros con mi abuela, comiendo macarrones de aquí para allá, luego en casa siempre caía comida pesada. De pequeño mi tos pasó desapercibida hasta que derivó en una bronquitis terrible. Ahora me doy cuenta de dónde vienen ciertos problemas de salud que arrastro desde la infancia.
La conclusión, al menos para mí, es clara: aprecio mucho a ambas abuelas, pero no imagino dejar a mis hijas con ellas durante varios días. Vigiladas sí, pero siempre bajo mi control. No es paranoia; simplemente me da miedo equivocarme.
Hoy he aprendido que uno debe confiar en su instinto paternal, aun en una cultura donde los abuelos ocupan un lugar central. Guiar a mis hijas con mi propio criterio y cuidarlas personalmente es el mayor regalo que puedo darles.







