Cartas Antiguas: Recuerdos del Pasado

Cartas viejas

Cuando el cartero dejó de subir a los pisos y empezó a dejar los periódicos y sobres en la planta baja, justo al lado del portal, Ana Serrano al principio se quejó. Después, se resignó. Desde entonces su mañana comenzaba bajando las escaleras, agarrándose del pasamanos frío, y mirando el viejo buzón verde con la puerta torcida.

Ese buzón era de los años ochenta, con la pintura despeinada y el número 12 torcido. Cada vez que lo abría chirriaba, y Ana siempre pensaba que, un día, se desprendería del muro y, entonces, ¿dónde encontraría las cartas de Cruz?

Las cartas llegaban sin mucha regularidad. A veces una semana, a veces un mes. Pero llegaban. Un sobre estrecho, letra inclinada y cuidadosa, un leve perfume de perfume barato. Ana subía de nuevo, ponía la tetera al fuego, se sentaba a la mesa y abría el sobre por el sobrante, sin romper la hoja.

Cruz vivía en otra ciudad, a mil kilómetros de distancia. En su época universitaria habían compartido una habitación en el residuo del colegio de medicina, repasaban juntos la anatomía y se la ingeniaban para repartir una sola lata de atún entre los dos. Después, Cruz se casó y formó familia; Ana tomó un puesto en la clínica del barrio, se casó tarde, tuvo una hija. Se fueron por caminos distintos, pero no se alejaron. Las cartas mantenían ese fino, pero firme, hilo entre ellas.

Cruz escribía de su casa de campo, de la vecina que otra vez plantó los tomates equivocados, de su hijo que todavía no se atreve a dejar a su perpetua esposa. Hablaba de la presión que saltaba como un chivo y de las nuevas pastillas que le recetaban. Entre líneas siempre se percibía la Cruz de antes: bromista, terca, con un toque de ironía.

Ana respondía por la noche, cuando el apartamento se quedaba en silencio. Su hija vivía aparte, su nieto llegaba los fines de semana. De lunes a viernes solo el tictac del reloj y el zumbido del ascensor le hacían compañía, junto a su pluma que rasgaba el papel. Contaba sobre la clínica donde aún hacía turnos de fisioterapia, sobre los vecinos que se peleaban por la plaza de aparcamiento, y sobre su nieto, ahora informático, que no explicaba nada con claridad.

Le encantaba el ritual: sacar una hoja limpia, alinearla, imaginar el día, la semana, decidir qué contar a Cruz y qué guardar. Cada carta era como un pequeño resumen nocturno. Escribía despacio, mordisqueando cada palabra como si escuchara a Cruz leerla.

Un día el nieto, Sergio, llegó con una caja bajo el brazo.

Abuela dijo, sacando un móvil nuevo, ya basta de ese aparato de botones. Es hora de meterse en el siglo XXI.

¿Y yo qué, vivo en el siglo XIX? replicó Ana , pero al fin tomó el teléfono. Delgado, pesado, de cristal. Le temía tanto tocarlo como si fuera a romperse y que se le escapara la beca de Sergio.

Mira, es sencillo. Sergio deslizó el dedo por la pantalla y ésta se llenó de cuadritos brillantes. Este es el mensajero. Aquí puedes escribir, mandar fotos, incluso mandar la voz al instante.

¿Y el correo postal, qué tiene de malo? Ana sonrió, pero una chispa de curiosidad cruzó sus ojos.

El correo es genial cuando te envían una postal de la Costa del Sol. Con esto puedes charlar con Cruz todos los días.

Sergio ya sabía de Cruz. Ana le leía a veces fragmentos de sus cartas. El chico se reía y decía: «Tienes una amiga genial». Así, sin más, decidió que también debía ayudar a Cruz.

Solo que Cruz Ana buscó la palabra, no usa el móvil. Tiene uno viejo, de botones. Ella lo dice.

¿Tiene nieta?

Sí, Violeta, estudiante.

Entonces, vamos a arreglarlo. Tú le escribes una carta pidiéndole a Violeta que le eche una mano, y yo lo pongo a punto ahora mismo.

Colocó el móvil sobre la mesa, lo conectó a la corriente y tecleó datos. Ana observaba cómo la pantalla se iluminaba y los indicadores de carga corrían. Se sentía tonta y emocionada a la vez.

Esa noche volvió a su mesa, pero al lado de la hoja había un móvil que brillaba sin decir nada, mostrando la hora y el clima. Sacó el sobre, escribió la dirección de Cruz y, tras dudar, añadió al final: «Cruz, Sergio me ha comprado este móvil y dice que ahora puedo enviarte cartas por él. Si Violeta te ayuda, avísame. Puede que aprendamos juntas. Aunque ya soy una gatita vieja».

Sonrió, volvió a leer, selló el sobre y al día siguiente lo dejó en el gran buzón del portal no en el suyo verde con número 12, sino en el común, con la ranura para cartas.

La respuesta llegó dos semanas después. Cruz escribía: «Eres anticuada, pero yo estoy todavía más atrás. Violeta ríe, dice que todo se puede. El fin de semana me mostró en su móvil cómo funciona. Así que, vamos, Ana, sorpréndeme. Violeta asegura que cuando llegue a mi ciudad lo pondrá todo a punto. Incluso yo mandaré mensajes. Como los chavales».

Ana rió. La carta conservaba la chispa de Cruz, la misma que una vez la hizo montar una moto con su exmarido.

Un mes después, Sergio volvió, se sentó a su lado y empezó a enseñar pacientemente cómo pulsar y dónde mirar.

Mira, esto es el chat. Aquí van los mensajes. Primero me añado yo, practicamos.

Tecleó unas frases. El móvil emitió un leve pitido, la pantalla se encendió. Ana se estremeció.

No te asustes. Es solo una notificación. Pulsa aquí.

Puló y vio: «¡Hola, abuela! Es una prueba». Bajo había una línea en blanco.

Responde aquí dijo Sergio. Pulsa estas letras.

Los dedos de Ana temblaron. Escribió despacio: «Hola. Veo». En vez de «veo» salió «veho». Sergio se rió, pero rápidamente corrigió.

Nada, lo arreglamos. Así.

Al atardecer ya podía abrir el chat sola, escribir frases breves y enviarlas. Los mensajes de voz le daban escalofríos, pero Sergio le dijo que vendrían después.

Cruz apareció en el mensajero al inicio del otoño. Un mensaje de número desconocido: «Ana, soy yo. Violeta lo ha puesto. Saludos desde nuestro pantano».

Ana miró esas palabras largamente. Cruz, de repente, estaba mucho más cerca, no a mil kilómetros, sino justo al otro lado del muro.

Tecleó: «¡Cruz! Te veo, mejor dicho, te leo. ¿Cómo estás?» y lo envió, conteniendo la respiración.

La respuesta llegó en un minuto. No era una semana, ni dos, sino sesenta segundos.

«¡Viva! La presión me vuelve loca, pero no le temo. ¿Y tú? ¿Sergio te vuelve loca con sus avances?»

Ana se rió y le contó sobre la clínica, sobre la vecina que otra vez discutía con la comunidad de propietarios, sobre su nieto informático que apenas explicaba nada.

Siempre que Cruz terminaba, ponía al final un emoticono: una carita amarilla sonriente.

Eso es un emoticono explicó Sergio, mirando por encima del hombro. Es como una sonrisa.

Ana asintió. Decidió no usar emoticonos; le parecían un idioma extranjero. Pero cuando Cruz mandaba una broma muy punzante, su mano buscaba esa pequeña carita.

La conversación se volvió ágil. Por la mañana Ana revisaba el móvil como antes revisaba el buzón. A mediodía, entre consultas, se colaba a mirar la pantalla para leer el mensaje de Cruz. Por la noche podían intercambiar decenas de frases breves.

La rapidez de la comunicación resultó extraña: alegre y a la vez angustiosa. Lo que antes se extendía en páginas y semanas, ahora cabía en unas cuantas líneas. Ana no se dio cuenta de que, antes de terminar de escribir, ya había enviado.

Un día Cruz escribió: «Imagínate, el vecino de la casa de campo me lanza insinuaciones. Viejo, pero con ojos que todavía chispean. Ayer vino con manzanas y me dice que tomemos el té juntos. Yo le contesté que mi presión no me deja preocuparme».

Ana frunció el ceño. Recordó cuán sola se sentía Cruz y su costumbre de criticar a los viudos que buscan una niñera gratis.

Respondió: «Que no te pongan el cuello al cuello. Después no podrás desengancharte. Todos son así». Sin revisar, lo envió.

Cruz contestó casi al instante: «Gracias por pensar en todos los hombres mayores de setenta. Yo misma lo resolveré».

Ana sintió una punzada interior. Quiso escribir: «Solo me preocupo», pero se detuvo. La pantalla mostraba el último mensaje de Cruz, sin emoticono.

Más tarde, otra frase llegó: «Y de verdad, parece que te alegras de que no me salga nada. Que nos escribamos en la vejez sin movernos de sitio».

Ana se sintió acalorada. Dejó el móvil, fue a la cocina, se sirvió un té. El ruido de sus pensamientos era fuerte. ¿Se alegraba? Cada vez que Cruz hablaba de sus dolencias, Ana pasaba la noche sin dormir, imaginando lo peor.

Volvió al escritorio, abrió el chat, los dedos temblaban. Escribió: «No tienes razón. Tengo miedo por ti. Y por mí. Temo quedarme sola sin ti». Pulsó enviar.

No hubo respuesta. Ni al minuto, ni a la hora. El móvil permaneció quieto, solo vibrando por otras notificaciones, pero no por Cruz.

Esa noche Ana se despertó varias veces, encendía la pantalla, miraba el chat vacío. A la mañana siguió su rutina en la clínica, pero la idea de esos mensajes la acompañaba.

El móvil vibró al mediodía. Era Sergio: «Abuela, ¿todo bien? ¿No has abandonado el móvil?». Ana contestó con un breve: «Todo bien, en el trabajo. Después llamo».

Seguía sin noticias de Cruz.

Al tercer día, Ana no aguantó más y marcó el número de Cruz. Largas tonalidades. Nadie contestaba. Colgó, volvió a marcar. Silencio.

«Tal vez está en la casa de campo sin señal», se tranquilizó, pero la ansiedad crecía.

Al atardecer, cuando estaba a punto de escribir una larga disculpa, surgió una notificación de voz. Con cautela pulsó el triángulo. Primero un ruido, luego la voz de Violeta, la nieta de Cruz.

Ana, buenos días. Soy Violeta. Mi abuela está en el hospital, tuvo un episodio. Ahora está en cuidados intensivos, pero mejora. Encontré tu número en su móvil. Ella quería que supieras que no está enfadada y que me escribirá cuando pueda. Perdona la grabación, estoy entre salas.

La voz tembló, la grabación se cortó.

Ana quedó inmóvil hasta que la voz se apagó. Luego buscó en el armario una carpeta vieja con sobres, sacó uno limpio, se sentó y, casi por instinto, escribió: «Querida Cruz»

Redactó largo y detallado, hablando del miedo que le había dado tu silencio, de lo absurdo de la disputa, de que ningún hombre vale la pena romper una amistad de tantos años, de que si quieres tomarte un té con cualquier vecino, ella lo celebrará. No mencionó sus propios temores, solo la certeza de que, aunque se sintiera sola, ella siempre estaría ahí.

El sobre quedó grueso. Lo firmó, bajó las escaleras y lo dejó en la ranura del buzón del portal.

Al día siguiente escribió a Violeta por el mensajero, con cautela: «Violeta, he enviado una carta a la abuela. ¿Cómo está?»

Violeta respondió en unas horas: «Hola. Está mejor. La han trasladado a una habitación. Está débil, pero ya se queja de la comida, lo cual es buena señal. Le leí tu carta, lloró y dijo que eres terca pero buena. Cuando recupere fuerzas, te escribirá».

Ana sonrió entre lágrimas. Terca, pero buena. Casi suena a cumplido.

Los días siguieron. Trabajaba, por la noche veía las noticias, a veces llamaba a su hija. El móvil reposaba al lado, como una ventana pequeña a la que aún nadie miraba.

Una semana después llegó otro mensaje. Era de Cruz.

«Ana, escribo despacio, la mano tiembla. Este progreso tuyo casi me mata. Violeta dice que es una broma, pero no le creo. No te enfades. Yo reaccioné mal. Tú, claro, también eres una máquina para juzgar a los hombres. Yo solo quería sentirme viva, no solo una anciana con pastillas. ¿Me entiendes?»

Ana lo leyó varias veces, luego respondió: «Te entiendo. Yo también a veces quiero no ser solo la fisioterapeuta y la abuela. Lo siento por los consejos. Me asusta perderte. Pero no es excusa. Acordemos: me cuentes todo y yo pienso antes de escribir, aunque sea un minuto».

Añadió al final una carita sonriente. La buscó entre decenas de emoticonos, la encontró y la pulsó, sintiéndose un poco tonta pero aliviada.

Cruz contestó breve: «De acuerdo. Un minuto de reflexión es una revolución para ti. Estoy orgullosa. No dejes de enviarme cartas. Y por el mensajero, charlemos de tonterías, como chicas en el pasillo del residuo».

Ana rió en voz alta, imaginando a Cruz decirlo con su acento característico.

Esa noche sacó otro sobre nuevo, lo dejó sobre la mesa. Al lado reposaba el móvil. Dos formas distintas de hablar con la misma persona.

Escribió a Cruz sobre la clínica, sobre el director que quería que todos trabajaran los fines de semana y la enfermera mayor que lideró una rebelión. Sobre la vecina de abajo que finalmente reparó el techo y dejó de quejarse del goteo. Sobre un sueño en el que corrían por los pasillos del residuo con camisones.

Cuando la carta estuvo lista, la fotografió con el móvil y la envió al chat: «Aquí tienes un adelanto. El resto llegará por correo».

Cruz respondió al instante: «¡Qué gracia! Ahora esperaré cartas y sobres. Mi corazón no aguanta tanta intriga».

Luego añadió: «Violeta dice que puede enviarte un mensaje de voz, pero yo tengo vergüenza. No sé qué diré».

Ana pensó qué contestar, y escribió: «Graba lo que quieras. Si algo sale raro, fingiremos que la señal se cortó».

Un par de minutos después llegó el mensaje de voz. Lo pulsó.

Entonces, ¿qué tal? sonó la voz rasposa pero reconocible de Cruz. Aquí estoy, la estrella del programa. Dicen que casi me muero, pero yo solo he reposado, tomándome un descanso de todos vosotros. No llores, que todavía te superaré. Tengo planes. Necesito que ese vecino se porte bien, que alguien me cuide, no solo los médicos.

Ana escuchó y sintió cómo la tensión de las últimas semanas se disipaba. Cruz estaba viva, igual de terca y bromista que siempre.

Presionó el ícono del micrófono. El corazón le latía.

Cruz dijo, intentando que su voz no temblara, si me sobrevives, no te lo perdonaré. Y lo del vecino mira, si empieza a traerte manzanas todos los días, dime la verdad. Iré y arreglaremos todo.

soltó el botón, temiendo haber dicho demasiado, pero ya era tarde. El mensaje había volado.

Un minuto después apareció en el chat: «Te escucho y pienso: vivimos como dos colegialas. Nos da miedo que nos abandonen o nos olviden, pero nadie nos ha olvidado todavía. Incluso tu nieto, que ahora me enseña a usar esos emoticonos».

Así, Ana y Cruz siguieron intercambiando cartas y mensajes, sabiendo que la distancia nunca rompería su inquebrantable amistad.

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