VECINOS CURIOSOS
En el piso 222 del portal 8 de la calle Lope de Vega acaban de instalarse unos vecinos nuevos. Un matrimonio de unos cincuenta y tantos, ambos bajitos, delgadillos. Él lleva barba y un abrigo gris que parece salido de una tienda vintage de la Gran Vía. Ella, más a menudo que el sol en Madrid, con una falda larga y una boina de colores tan llamativa que podría parar el tráfico en la Castellana. Son educadísimos: sonríen en el ascensor y sujetan la puerta si vas cargado, aunque estés intentando disimular que las bolsas del Mercadona van a estallar de tanto chorizo.
Y importantísimo en los edificios de nueva construcción: no sueltan decibelios.
Eso, claro, fue la impresión inicial. Aproximadamente a la segunda semana, los Martínez del 221 y los Gómez del 223 supieron que esos vecinos silenciosos no eran precisamente monjes cartujos.
Y, como en cualquier comunidad respetable, esto desató toda una saga de conversaciones en las cenas familiares.
Tomemos por ejemplo a los Martínez, que ya rondan los cuarenta y suman la mitad de su vida compartiendo apellido.
¿Has visto a los nuevos vecinos? pregunta Pablo, boqueando entre la sopa y el telediario.
Sí, ayer coincidimos en el ascensor contesta Marina.
¿Qué te parecen?
Pues normales. Muy amables. ¿Por?
¡Amables y muy apasionados!
¿A qué te refieres?
Cuando la casa queda en silencio por las mañanas, no veas lo que se oye. Llevan ya tres días montando «juegos». Juegos adultos…
¿En serio?
Sí, y con más creatividad que las series de Netflix. Una especie de adaptación libre de Cincuenta sombras
¡Vaya tela!
Ya lo escucharás tú mismo. A mí me corta el rollo para teletrabajar, te lo digo.
Bah, no seas aguafiestas. Si con cincuenta siguen así, que tomen nota todos.
(Ojalá nosotros igual, pensó Pablo, pero en voz alta ni de broma).
El sábado, Pablo se convirtió en testigo involuntario: esa vez, les tocó la escena mítica del jardinero y la señora. Los Martínez, colorados como pimientos del padrón.
*****
Por parte de los Gómez, la pareja jovencita del rellano, la historia era otra. Casi treintañeros, cinco años de casados, esperando el primer churumbel.
Rafa, ¿has visto a los nuevos de al lado?
Sí, ayer en el portal. ¿Por?
Son muy curiosos, ella le cocina como en los programas de MasterChef y él, regalo por aquí, regalo por allá ¡cada día!
¿Y tú cómo sabes eso?
Pues hija, porque salgo cada día a pasear y se huele desde la escalera, parece que cocinan con trufa y jamón ibérico. Y varias veces lo he visto volver con flores, con bolsas de regalo y entra al piso como quien llega a una cita secreta.
Hmm
¿No serán amantes, en vez de matrimonio?
Yo qué sé, si viven juntos…
Y en la cocina, con la vajilla suya, risas y carcajadas. Como dos tortolitos de Erasmus.
Ajá, qué intriga. Venga, que han empezado las noticias.
El viernes Rafa se topó con el vecino en el ascensor. Venía con flores, una botella de Rioja y la sonrisa de quien sabe que esta noche pinta bien.
*****
Pasan las semanas. Ya llevan un mes los curiosos en el 222. Los Martínez, a todo esto, ya están curados de espanto: al final, te acostumbras al pequeño soundtrack del amor próximo. Eso sí, los vecinos misteriosos, cada día con escena diferente o, mínimo, con banda sonora de suspiros y colchones que rechinan como el tranvía de la Calle Mayor. Viven el presente como si no hubiese rebajas mañana.
En una de esas, Marina confesó a Pablo mirando de reojo:
Hoy he pasado por El Corte Inglés y, fíjate qué cosas, me dio por entrar a Lencería. Mira lo que he comprado y abre el albornoz cual mago en plena función.
Los ojos de Pablo brillaron como un escaparate y, relamiéndose, susurró:
Y yo, el otro día, entré en una tienda para adultos. Mira lo que pillé No sé si te gustará.
Si no se prueba, no se sabe se sonrojó Marina.
*****
¡Empieza el espectáculo! susurraba el vecino de 222, pegando la oreja a la pared contigua con los Martínez.
*****
Rafa, por su parte, decidió darse un paseo a la joyería en hora de comer. Pensó que igual llevaba demasiado sin sorprender a su mujer, y que, en tiempos pasados, siempre encontraba excusa para regalarle algo: unos pendientes, una pulsera, o aunque fuera una tableta de chocolate Valor.
De pronto, divisó una bufanda conocida.
¡Lucía! llamó. ¿Qué haces por aquí tan lejos de casa?
Ay, nada, dar una vueltadijo ella, mirando al suelo. ¿Y tú?
Pues que te he comprado unos pendientes. Toma dijo Rafa, incapaz de guardarse el detalle.
Lucía se iluminó:
¡Gracias, amor! le plantó un beso. Y yo pensando hacerte pasta carbonara con gambas, como antes. En este mercado hay las mejores gambas de Madrid.
¡Ay, se me hace la boca agua solo de pensarlo!
No tardes hoy, que lo tendré listo a las 19:00 y no quiero recalentar.
Eso está hecho contestó Rafa, pensando que igual caían también unas flores por el camino.
*****
¿Y qué hay hoy? pregunta el hombre de 222.
Cocinan algo distinto sonríe ella. Y los vecinos de al lado también están en acción.
*****
Un mes después, los Martínez son otros: rejuvenecidos diez años. No pueden quitarse los ojos de encima y solo esperan que caiga la noche para perderse juntos. A veces hasta escapan de los niños, cogen una habitación en el hotel de la Plaza Mayor y viven como adolescentes en viaje de fin de curso.
Tienen temas nuevos de conversación y hasta las cosas en casa fluyen de otra manera.
*****
Por su parte, los Gómez están a punto de estrenar bebé, pero han vuelto a las citas: cine, restaurante, exposición. Lucía ha rescatado el libro de recetas de su abuela, y Rafa, cada semana, un paquetito o una chocolatina escondida, que lo de ver el telediario juntos ya ni se acuerda de la última vez.
*****
¿Y cómo van? pregunta la mujer de 222.
Bien. Hoy sólo suena el colchón, bajito. Sabrán que hay niños cerca. Pero hay mucha más alegría en estos pisos, ¡te lo digo!
Los otros también bien. Vuelven a reírse en la cocina y huele a gloria bendita cada noche.
¡Pues estupendo! En tres meses, trabajo hecho. Aguantamos un par de semanitas más, por si acaso.
Perfecto. ¿A quién le toca ahora?
Simón, portal 4, piso 65. Al 66 le hace falta un meneo, que ni se hablan. Y en el 64, intervención en el dormitorio, ¡urgente!
Entendido. Bueno, yo tus cassettes ni las toco, sigue animando el ambiente. Ni cancelo el Glovo del restaurante. Y aún nos quedan aceites aromáticos. Por cierto, las rosas esas a las que cambiabas el agua ya están mustias. Habrá que comprar otro ramo.
Lo compro. Frótame la espalda, anda, y nos vamos a la cama…





