Querido diario,
Mis padres nunca me dieron el apoyo que tanto necesitaba, pero mis amigos estuvieron siempre a mi lado en los momentos más difíciles. Aunque en España siempre se dice que la familia es para toda la vida, en mi caso no fue así. Han sido mis amigos quienes realmente me han arropado y animado cuando más falta me hacía.
Nuestra amistad nació en el colegio, en Madrid, donde un grupo de chicos y chicas nos hicimos inseparables. Recuerdo perfectamente el momento en que les conté que quería apuntarme a una academia de dibujo. Mis padres se negaron rotundamente a pagarme las clases, como si fuera un capricho inútil. Sin embargo, mis amigos no dudaron en ayudarme: me regalaron materiales que compraron entre todos, y uno de ellos, Álvaro, incluso convenció a su hermana Marta, que trabaja como diseñadora en Barcelona, para que me diera clases gratis. Cuando se acercaba la graduación, mis padres tampoco mostraron gran interés, y no querían gastar ni un euro en celebraciones. Ni cortos ni perezosos, mis amigos buscaron trabajos de media jornada para conseguir el dinero necesario y organizar la fiesta. Me ayudaron en todo, desde coser el vestido hasta maquillarme y peinarme antes del gran día.
La tensión aumentó aún más cuando tomé la decisión de cambiar de universidad, mudarme a Salamanca y estudiar allí. Mis padres pusieron el grito en el cielo y me dieron un ultimátum: o estudiaba donde ellos decían, o tendría que costearme todo yo sola. Por suerte, de nuevo mis amigos me tendieron la mano; viví una temporada con ellos y compartieron todo lo que tenían conmigo, mientras yo intentaba ahorrar lo poco que ganaba para poder pagarme la matrícula y los gastos básicos.
A lo largo de mi vida, ellos han estado presentes de mil maneras diferentes. Me ayudaron con la entrada del piso cuando compré mi primer apartamento en Alcalá de Henares, colaboraron para hacer pequeñas reformas e incluso se turnaron para cuidarme cuando estuve enferma y necesitaba compañía. Al contrario, ni mis padres ni mi hermano se molestaron jamás en tenderme una mano. Siempre decían eso de que la familia está para apoyarse, pero lo cierto es que dejo de hablar con ellos hace ya cuatro años, y no parece que les importara demasiado. Mis amigos, esos seis pilares que conocí entre el colegio y la universidad, son la verdadera familia que he elegido. Son ellos quienes me dan fuerza, quienes me comprenden y quienes nunca me han soltado la mano. Por todo eso, no podría estar más agradecida de tenerles en mi vida.



