Querido diario:
Hoy no he podido evitar darle vueltas a lo que pasa últimamente cuando viajas en avión, sobre todo si hay niños a bordo. Mientras algunas madres invaden los foros para preguntar qué meter en el botiquín o si les dejarán subir el carrito de bebé a la cabina, hay otros viajeros cerca de ellas que ya están preparando sus nervios para el vuelo. Desde hace un tiempo, todo parece más complicado. Antes, si alguien intentaba avergonzar a los que no soportan a los niños, se les recordaba que los niños deben ser queridos. Ahora, hasta hay quien sugiere a las aerolíneas que creen zonas separadas para pasajeros con y sin pequeños. ¿En qué momento llegamos a esto?
¡Qué tengas un buen vuelo!
Ya no sé en qué punto se puso de moda no cerrarse del mundo solo por tener un hijo. Ahora se va a trabajar igual, se mantiene una vida social, se sale a eventos, se viaja todo lo que apetezca, sin importar la edad del niño. Nuestras madres no vivieron esos lujos, ni tampoco se les ocurría. Me cuesta imaginarme a una mujer con un bebé en brazos entrando a un restaurante en los años 60 aquí en Madrid, por ejemplo. Ni pensar en verlo en Barcelona en los 80. Aquello se consideraba una rareza, y tenía su sentido.
Por mucho que uno quiera ignorarlo, viajar largas distancias con un niño es una prueba, tanto para el niño como para los adultos. Si quieres que el trayecto sea cómodo para todos, tienes que esforzarte de verdad. Y eso muchos prefieren no hacerlo. En cuanto empiezan las vacaciones, parece que la gente desconecta y deja que los niños campen a sus anchas quedando todos a merced de la paciencia ajena.
Porque claro, a todos nos gusta volar con comodidad. Nadie está dispuesto a aguantar dos horas de gritos y ajetreo, sobre todo cuando pagas 200 euros por un billete. Los pasajeros no dejan de quejarse por la distancia entre asientos, como para encima tener un niño de cinco años dando patadas al respaldo o investigando cómo se mueve el asiento. Sinceramente, no he visto nunca a nadie sonreír ante eso y animar al niño diciendo ¡qué mono, hazlo otra vez!.
Guarderías, una especie en extinción.
Solía pensar que lo correcto era ser amable. Una vez, una mujer con un bebé de apenas meses se sentó a mi lado y, nada más verla, sentí cómo se me encogía el estómago. Al poco me di cuenta de que no era todo: ¡tenía otra hija y un hijo más grandecito delante! Toda la familia distribuida por los asientos, estirando sus cosas, pidiéndose biberones unos a otros en voz alta. Me pedían que sostuviera cosas sin un solo por favor y casi termino empapada por el agua caliente de un termo. ¡Maravilloso! Pensé en desaparecer, pero no tenía a dónde ir.
Otro día, en el AVE, me tocó cerca de una madre con una niña de cuatro años. La madre se pasaba el viaje entero entreteniéndola para que no diera la lata: Carmen, vamos aquí, Carmen, mira afuera, vamos a dibujar Y así, cuarenta minutos de colorear a todo volumen, eligiendo entre todos los colores y dibujando perros y gatos. Una nunca sabe qué es peor.
Después de eso, ¿cómo no vas a plantearte sugerir que las familias viajen solo cuando los niños sean más mayores? Si el niño en cuestión fuese de esos que dibujan callados tres horas seguidas y se duerme con la cara encima del cuaderno, pues bueno. Pero ¿existe realmente ese niño?
Por no hablar de los bebés que lloran en el despegue, en el aterrizaje… Antes era raro que hubiera más de uno o dos en un vuelo; ahora, pueden ser varios… y claro, hermanos y hermanas correteando y chillando por el pasillo. Sales de ese avión a la misma velocidad que aterrizó.
Ojo, no soy de los que presumen de no querer niños. También he viajado con un hijo pequeño, aunque lo he hecho más por obligación. La realidad es que no tengo nervios suficientes para estar pendiente de un niño en vacaciones. Al final, solo disfruté de viajar cuando el niño ya tenía suficiente edad para sentarse tranquilo y explicar con claridad: estate aquí quieto, no toques nada. Me parecía hasta milagroso esperar en silencio, sin pintar nada. Pero otros no lo ven igual: van cargados con bolsas de pinturas, juegos, meriendas, corren, juegan… todo por el bien del niño, claro, aunque a veces todo el vagón acabe agotado.
Así es como siento estos viajes hoy en día; con nostalgia del tiempo y con una pregunta constante: ¿cuándo dejamos de intentar ponernos en el lugar de los demás?





