La tontita A Anabel todos la tomaban por tonta. Llevaba ya quince años casada con su marido. Tenía…

LA INGENUA

A Inés todos la consideran algo ingenua. Lleva quince años casada con su marido. Tienen dos hijos: Lucía, de catorce años, y Santi, de siete. Su marido, Alberto, no es nada discreto y se va de juerga constantemente. La primera vez que le fue infiel a Inés fue el segundo día después de la boda, con una camarera. Y después, incontables veces más. Sus amigas intentan abrirle los ojos, pero Inés siempre sonríe y guarda silencio.

Inés trabaja en una fábrica de juguetes para niños como contable. Según ella, el sueldo le da para bien poco, y el trabajo la abruma, no le dejan respirar. Incluso muchos fines de semana la obligan a quedarse. Y cuando tocan los cierres de trimestre o de año, ni siquiera vuelve a casa a dormir.

El marido cobra un buen sueldo. Pero como ama de casa, Inés no es precisamente una experta. Da igual cuántos euros entren en casa: nunca hay suficiente para la compra, la nevera siempre está medio vacía, y lo más elaborado que prepara suele ser un cocido o unas albóndigas con macarrones. Así discurren los días. Los vecinos se sorprenden cuando ven a Alberto paseando con una nueva amante. Y para colmo, muchas veces vuelve a casa como si no hubiera roto un plato, tan fresco.

¡Vaya cabeza la de Inés, hay que ver cómo aguanta a semejante golfo!

El día que Santi cumple diez años, Alberto llega a casa y declara que quiere el divorcio. Dice que se ha enamorado de otra mujer y que la familia ya no le interesa.

Mira, Inés, no te lo tomes a mal pero voy a presentar los papeles del divorcio. Eres fría como el mármol. Y ni siquiera eres buena en casa, así que ya me dirás.

De acuerdo, acepto el divorcio.

A Alberto casi se le cae el alma a los pies. Esperaba gritos, lágrimas, un drama mayúsculo. Nunca había visto a Inés tan serena.

Pues nada, prepara tus cosas y así no te molesto. Mañana vuelvo y deja tu llave bajo el felpudo.

Inés lo mira en silencio, pero con una sonrisa extraña. A Alberto le parece todo raro por un momento, pero enseguida se olvida de ello, ya fantaseando con su nueva vida feliz. Sin hijos, sin la esposa que ya le sobra.

Al día siguiente, llega a casa con su nueva pareja. Busca la llave bajo el felpudo y no la encuentra, lo que ya le fastidia el día.

Bueno, cambio la cerradura y asunto resueltopiensa.

Intenta meter su llave en la cerradura pero tampoco entra. Llama al timbre y le abre la puerta un hombre enorme, con bata y zapatillas.

¿Qué quieres, tío?le suelta el desconocido.

Perdona, pero esta es mi casa responde Alberto, aunque ya sin mucha convicción.

Pues lo dudamos. ¿Tienes papeles? Enséñalos.

Obviamente, Alberto no lleva ningún documento de la casa encima, y el tipo no le deja pasar. De repente, recuerda que en el DNI debe constar su dirección. Se pone nervioso buscando el documento hasta que lo encuentra.

Aquí, mira, en el DNI sale la dirección.

El hombre de la bata mira por encima el carné, sonríe sarcástico y se lo devuelve.

¿Hace mucho que no lo miras?le pregunta.

Alberto, alarmado, abre el DNI por la página de la dirección. Hay dos sellos: uno de empadronamiento y otro, de baja, de hace dos años.

No se atreve a discutir con el gigante. Llama a su mujer, pero el móvil no da señal.

Decide esperarla en la fábrica, pero tampoco tiene suerte: Inés lleva ya un año sin trabajar allí. Lucía se ha ido a estudiar a otro país y, a Santi, intenta buscarlo en el colegio, pero resulta que el curso pasado cambiaron al niño de centro. Como el padre no tiene ni idea, la administración tampoco le da información.

Completamente hundido, se sienta en un banco y se agarra la cabeza. No puede creerlo. Su Inés, calladita, tan discreta… ¿y ahora esto? ¿Cómo ha conseguido vender el piso? Bueno, ya lo resolverá en el juzgado. El divorcio es en una semana.

Llega al divorcio furioso y con ánimo de desenmascarar la estafa, empeñado en recuperar lo suyo. Allí todo se aclara. Resulta que no recuerda que firmó una autorización notarial para su mujer. Sí, hace dos años, cuando conoció a Elisa, una mujer de las que quitan el sentido. Por estar tan embobado, firmó sin mirar; Inés le insistía porque su hija necesitaba permisos para estudiar fuera y, sin firmar él, no era posible. Consultó con un abogado, que le sugirió dejarle poderes. Y así, de su puño y letra, se quedó sin nada. Solo, en la calle. Y lo peor, cuando Elisa supo que ya no tenía piso, desapareció.

“Bueno piensa , ella pedirá la pensión de alimentos, pero ahí sí que se la juega.” También ahí le espera otra sorpresa. En vez de la notificación por pensión, recibe una para impugnar la paternidad. Descubre que los dos hijos de Inés son de otro hombre.

En la boda, Inés vio con sus propios ojos cómo Alberto se liaba con la camarera. Aquello le cortocircuitó la mente. Sin saber cómo, se dejó llevar por un deseo de venganza, pero no de cualquier modo. Primero, se vengó al mismo nivel. Luego, comenzó a ahorrar; todo el dinero que Alberto le daba para la casa lo guardaba. En casa, ni una miga, pero los niños siempre bien vestidos, comiendo en casa de la abuela. La madre de Inés intentaba hacerle entrar en razón:

La venganza te va a destrozar la vida, y más aún la de los niños.

Pero Inés no cejó hasta alcanzar su objetivo. Se hizo pruebas de ADNaunque ya sabía de sobra quién era el padre de sus hijos.

Fue un golpe brutal. A Alberto le dolió más la noticia de los hijos que perder el piso.

No hay ira más temible que la de una mujer herida. Cuando se desatan, pueden hacer cosas inimaginables.

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MagistrUm
La tontita A Anabel todos la tomaban por tonta. Llevaba ya quince años casada con su marido. Tenía…