La receta de la felicidad… Todo el portal fue testigo de la mudanza de los nuevos inquilinos al …

La receta de la felicidad…

Todo el portal observaba con curiosidad cómo se instalaban los nuevos vecinos en el segundo piso. Era la familia de un encargado de la fábrica, aquella que daba vida al pequeño y soñoliento pueblo de Castilla la Vieja.

Pero, ¿por qué han decidido vivir en este edificio tan antiguo? preguntaba la jubilada doña Pilar Moreno a sus amigas en el banco de la entrada. Con los contactos que tienen, podrían haberse ido a un piso nuevo en la urbanización moderna.

No digas eso, mamá le corregía su hija, la soltera treintañera Mencía Jiménez, de maquillaje resplandeciente. Aquí vivimos en una casa señorial de las de antes, con techos altos, habitaciones espaciosas, recibidor amplio y la terraza parece un salón Además, les han puesto el teléfono nada más llegar. No todos tenemos teléfono en estas siete viviendas, solo tres de los pisos…

A ti todo te parece motivo de llamar, la reprendió doña Pilar. Ya cansas hasta a las vecinas. Ni se te ocurra ir con estos. Son gente seria, gente que no tiene tiempo…

Tampoco son tan serios. Son jóvenes. Tienen una niña, Leonor, apenas nueve añitos replicó Mencía, lanzando una mirada herida a su madre. Tienen mi edad, o a lo sumo serán cinco años mayores.

Los nuevos vecinos resultaron amables y delicados en el trato. Carmen regentaba la biblioteca escolar, y Jacinto llevaba diez años en la fábrica.

De todo esto informaba Mencía por las noches, sentada con las vecinas en el patio sombreado donde su madre se reunía a charlar al caer la tarde.

¿Y tú cómo sabes ya tanto? la sonsacaban las otras mujeres. Vaya chica, eres peor que un inspector.

Porque voy a llamar desde su casa. Ellos, al contrario que algunas, me dejan soltaba Mencía, sugiriendo con la mirada aquellos casos cuando sus vecinas fingían no estar al saber que venía para colgarse del teléfono durante media hora hablando de cosas sin importancia con alguna amiga.

Así fue como Mencía trabó amistad con los recién llegados, y con cualquier excusa entraba a telefonear, unas veces a sus amigas y otras a los compañeros del trabajo, sin importarle cuánto tiempo estuviese sentada delante del aparato. Aparecía unas veces con ropa nueva y otras con bata de estar por casa, buscando el calor de la pareja.

Un día, vio cómo Jacinto cerraba la puerta del salón de un portazo, nada más coger ella el teléfono. Y aquello empezó a repetirse. Mencía le sonreía a Carmen tras cada llamada, dándole las gracias asomándose a la cocina, pero Carmen solo respondía con una leve inclinación de cabeza y le pedía que cerrase la puerta.

No puedo, Carmen, tengo las manos llenas de harina explicaba ella, mostrándole las palmas. Además, nuestra cerradura es de esas francesas que se cierran solas.

Uy, ¿y qué preparas hoy? ¿Otra vez bollos? ¡Qué de dulces hacéis! Yo no sé decía Mencía.

Sí, son tortas de requesón para desayunar. Por la mañana no tengo tiempo de hornearlas, así que las preparo ahora… sonreía Carmen, volviendo a su masa.

Mencía fruncía el gesto y salía enfadada, molesta por la falta de conversación.

Carmen, entiendo que te sepa mal, pero el teléfono está siempre ocupado por esta muchacha y mis amigos no consiguen llamarme. No puede ser le comentó Jacinto aquella noche.

Ya, he notado que se mueve por casa como si fuera suya, y ya ni pide permiso para usar el teléfono admitió la esposa.

Aquella noche, Mencía apareció reluciente y arreglada, se sentó en el taburete del recibidor y comenzó a charlar, una vez más, con su amiga.

¿Vas a terminar pronto, Mencía? Esperamos una llamada le dijo Carmen tras diez minutos.

Mencía asintió, colgó y, acto seguido, del bolsillo sacó una tableta de chocolate:

¡Hoy vengo con algo dulce! Venga, tomemos un té y celebramos nuestra amistad.

Entró en la cocina y dejó el chocolate sobre la mesa.

No, quita. Quita eso enseguida. Leonor va a verlo y no puede comer dulces, la niña tiene alergia, el chocolate para nosotros es tabú. Así que no va a poder ser lo del té. Lo siento, no lo tomes a mal.

¿Tabú? enrojeció Mencía. Bueno, vosotros sabréis. Solo quería agradeceros todo…

No hace falta que agradezcas nada, y preferiríamos que no vinieras tanto solo para llamar. A no ser que sea urgente, para el médico o los bomberos; eso sí es sagrado, aunque sea a media noche. Lo entendemos. Pero por favor, no te disgustes forzó Carmen, casi suspirando. El teléfono es importante para el trabajo de mi marido y Leonor se distrae con las voces, ahora que está haciendo los deberes. Procuramos mantener la casa en silencio.

Mencía se guardó el chocolate y se marchó sin decir palabra. No se explicaba el rechazo y convencida estaba de que Carmen la rehuía por celos.

Sólo porque soy más joven y quizás un poco más guapa, ¿no ves la rabia que le da? explicaba Mencía a su madre. Solo intento ser amable con ella y ni siquiera me sirve un té ¡Fui con mi propio chocolate!

Eres cabezota y poco prudente respondía doña Pilar. Toda la vida te lo digo, que no hay que meterse en familias ajenas. Tus llamadas no les son necesarias. Ya ves, te han puesto en tu sitio. Y te enfadas encima. Hasta los celos has sacado. Búscate un novio, pon un teléfono y que sean los vecinos los que vengan a llamarte, y así haces amigas.

El último intento de Mencía por acercarse a Carmen llegó cuando apareció, libreta en mano, para apuntar la receta de las tortas de requesón.

Carmen, por fin me he decidido. ¿Me dictas la receta? A ver si aprendo yo también

Mejor pregunta a tu madre, seguro que sabe mucho más. Nuestras madres tienen recetas para todo se sorprendió Carmen. De todas formas no te ayudaría. Yo nunca mido, lo hago todo al ojo. Ya mis manos saben solas lo que necesitan. Además, tengo prisa hoy. Así que ¡a preguntar a la madre!

Mencía se sonrojó y volvió a casa. Sabía bien que en la despensa de su madre, guardada tras una puerta desvencijada, yacía una libreta manoseada y vieja, con páginas repletas de una letra minúscula y elegante. Allí estaba el recetario de ensaladas, croquetas, sopas, hasta el pescado a la gallega. La repostería, que antes preparaba su madre tan a menudo, ocupaba la mitad del cuaderno.

Pero a Mencía no le ilusionaba amasar, y su madre ya no horneaba, pues luchaba contra el peso y la tensión alta.

Aun así, Mencía sacó la libreta y, hojeando sus páginas con desgana, encontró justo la receta que buscaba, sorprendiendo a su madre.

¿No estarás pensando en hornear? exclamó doña Pilar.

¿Por qué te asombra tanto, mamá? cerró la libreta doblando la esquina de la página.

¿Estás con Ramiro otra vez? Pense que lo habíais dejado, como con todos tus pretendientes.

¿Por qué habría de dejarlo? Si quiero, ya volverá replicó seria.

Pues hazlo. Ya va siendo hora de que te cases. ¿Qué buscabas en la libreta? Quizás puedo ayudarte…

No hace falta. Me estoy preparando, por si acaso.

Pero a los pocos días, al regresar de su paseo, doña Pilar fue recibida por un olor tibio a repostería.

¡Por todos los santos, qué aroma! ¿Pasteles? exclamó. Seguro que es porque te has enamorado, es la única explicación

Calla, no armes jaleo sonrió Mencía. Mejor ayuda a probar. No son pasteles, son tortas de requesón. Las de siempre.

La tetera silbaba. Mencía había puesto las tazas y una fuente de tortas doradas como soles.

Tienes buena mano admitió la madre. Hacía años que no horneábamos juntas. Pensé que no te acordabas, pero has hecho muy buen trabajo.

No me digas nada, dime la verdad. ¿Están buenas?

¿Acaso tu propio paladar no sirve? ¡Pruébalas tú, que están deliciosas! contestó su madre. Y Mencía recordó a su propio padre, con aquella frase: “Delicioso”. El mejor elogio.

Pues pronto invitaré a Ramiro a merendar las mismas tortas. ¿Le gustarán?

Claro que sí. No lo dudes. ¡Hasta enganché a tu padre con esas tortas! No podía vivir sin ellas ni sin mí rió la madre. Venga, hornea y convídale, yo me iré a ver una película con la vecina. ¡Por fin haces algo sensato! Ni vestidos ni rizos conquistan solos.

Y pronto, Ramiro empezó a ir por casa. Discutían menos, la madre se acostumbró a que Mencía se encerrara en la cocina, y Ramiro la ayudaba. A menudo se oía el eco de su risa compartida.

Cuando Mencía anunció que habían entregado los papeles para casarse en el registro civil, a doña Pilar se le llenaron los ojos de lágrimas.

Mencía cambió. Adelgazó para lucir mejor el vestido de boda. Ramiro repetía:

¿Ya no haces tortas? ¡Hazlas para la boda!

La celebración se preparó en casa entre tres: Mencía, su madre y la tía Justa, hermana de doña Pilar. Dos días cocinando, aunque invitados eran pocos, apenas veinte, todos de la familia.

Los jóvenes se quedaron a vivir en la habitación grande del piso. Un año después, todo el edificio tenía ya teléfono. Mencía estaba satisfecha. Marcaba y colgaba enseguida, ya no se alargaba.

Rita, cariño, te dejo, que la masa ya está lista y Ramiro vuelve enseguida. Hasta luego.

Corría a la cocina, donde la masa subía como una nube esponjosa. Estaba embarazada y a punto de irse de permiso maternal, pero no podía estarse quieta: horneaba dulces para Ramiro; no solo porque a él le encantaban, sino porque, al fin y al cabo, a ella misma siempre le supieron a hogar esas tortas de requesón y cariño. ¡Y Ramiro era feliz por cada bocado y por ella, su mejor receta!

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