Ahora tendréis vuestro propio hijo, así que la niña debe volver al orfanato: la suegra de Ksenia ins…

¿Cuándo va a tener ya un heredero mi hijo? preguntó con hastío Doña Mercedes López, lanzándole una mirada reprobatoria a su nuera sentada a la mesa.

Sabe perfectamente que llevamos tres años intentándolo suspiró Abril, resignada. Cada visita empezaba igual. ¿Qué podía hacer? Los médicos insistían en que ni ella ni Álvaro tenían problema alguno.

Eso, eso. Lleváis casados la tira de años y ni rastro de criatura bufó la mujer, con un deje de desprecio. Seguro que tuviste una juventud muy movidita

Por favor, Doña Mercedes, ¿a qué vienen esas insinuaciones? Abril cerró el portátil de golpe. La jornada de teletrabajo quedaba oficialmente cancelada. ¿Le he dado yo alguna razón? Mire, le agradecería un poco de respeto.

¿Y si no qué? replicó su suegra, teatralmente ofendida. ¿Se lo vas a contar a Álvaro? ¿No temes que me dé la razón? Soy su madre, no lo olvides.

La respuesta fue una puerta cerrándose con estrépito. Abril, por supuesto, no pensaba decirle nada a su marido. No porque temiera que diera la razón a su madre, sino porque no quería preocuparlo.

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La relación con su suegra había naufragado desde el minuto uno. A Doña Mercedes le resultaba insufrible todo en Abril: que si era demasiado sencilla de aspecto, que si se vestía fatal, que si cocinaba sin ninguna gracia y así hasta el infinito. Oponiéndose a la relación y poniendo a prueba la paciencia del hijo, que por suerte salió cabezota.

Hubo boda y, con la esperanza de una tregua, los recién casados se mudaron a un piso bien alejado de los padres. Ilusa esperanza. Seis meses más tarde, Doña Mercedes ya tenía nueva excusa para guerrear: la falta de nietos.

Al principio, Abril intentaba quitarle hierro al asunto diciendo que aún eran jóvenes y querían vivir un poquito para ellos y, de paso, avanzar en el trabajo. Pero la señora insistía en que niños cuanto antes, mejor. Y a ser posible, más de uno.

Abril se rindió al asedio. Fue entonces cuando comenzaron los percances. Pruebas, más pruebas, pastillas… y nada de resultados durante tres interminables años.

Un médico sugirió que tal vez la causa podía ser el estrés. Doña Mercedes soltó una carcajada y le aconsejó buscarse un médico de los buenos, de los de toda la vida.

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Tras otra regañina con la suegra, Abril decidió navegar distraídamente por la red. Las fotos de bebés le partían el alma: sí que quería tener hijos, pero para ella, no para dar gusto a la suegra contestona.

De pronto leyó un testimonio de una mujer que trabajaba en un centro de acogida. Había tantos niños sin familia

Aprendería a amar a un hijo adoptado. Se lo imaginó: un pequeñín sonriendo, extendiendo las manitas… Dicho y hecho, se puso a investigar entre la marabunta de trámites y requisitos. La montaña de papeles no le echaba para atrás; el deseo verdadero era más fuerte que el papeleo.

Faltaba saber si a Álvaro le parecería bien. Le contó la idea y, para su sorpresa, su marido la abrazó emocionado. Eso sí, propuso adoptar un bebé, recién salido de la casa cuna. Así lo hicieron.

A los pocos meses, la familia creció con la llegada de una pequeña, Lucía, de tan sólo cinco meses a la que amaron desde el primer instante. Doña Mercedes armó una tormenta, pero nadie atendió a sus quejas. Álvaro hasta la amenazó con mudarse a otra provincia si seguía con su drama. No quedó otra que tragar y hacer teatro de abuela cariñosa ante el público.

Pasaron siete años. Lucía acabó primero de primaria, repleta de amigos, bondadosa, constante… Abril no podía estar más feliz.

Ese verano, se fueron toda la familia a la costa de Cádiz. Arena blanca, brisa cálida y mar cristalino. La felicidad total, coronada por el lejano exilio de la suegra, que no podía amargar el ambiente.

Al final de las vacaciones Abril empezó a encontrarse mal, pero prefirió no decir nada para no alarmar a nadie. Al regresar a Madrid, fue directa al hospital.

No coló: Álvaro notó que algo pasaba y organizó el regreso con la promesa de volver en Navidad. No le quedó otra que aceptar.

Los resultados médicos fueron una sorpresa mayúscula y, esta vez, agradable: ¡por fin iban a tener un hijo biológico! Pero quien más saltó de alegría fue Lucía, orgullosísima ante la idea de ser hermana mayor.

Doña Mercedes no se enteró hasta dos meses después, cuando la barriga ya no podía disimularse ni con la bufanda de la abuela. Aprovechando que Álvaro estaba fuera, irrumpió en casa.

No te voy a pedir explicaciones de por qué no me lo dijiste antes declaró, escrutando la tripa de Abril. Pero tengo otra pregunta.

¿Qué pregunta? algo le olía a chamusquina a Abril.

¿Cuándo vais a devolver a Lucía al centro? Ahora que tendréis un hijo de verdad, la niña adoptada debe volver donde estaba.

Abril se quedó de piedra. Quiso pensar que era una broma macabra, pero el tono era todo menos gracioso.

¿Lo dice en serio?

Por supuesto resopló Doña Mercedes. ¿Para cuándo, entonces?

Váyase de mi casa y no vuelva jamás murmuró Abril, apretando los puños para no lanzársele encima.

Expulsó a la suegra, cerró de un portazo y trató de serenarse. ¿Llamar a Álvaro? Tenía una junta importante; no quería interrumpirlo, pero estaba claro que esto no podía quedarse así.

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Doña Mercedes, indignadísima, se plantó en la oficina del hijo, arrasando con la secretaria y todo lo que encontró a su paso.

Tu mujer acaba de echarme de casa. ¡Como si yo fuera una cualquiera!

Buenas tardes, madre dijo Álvaro, con resignación. ¿Qué le has dicho para que mi santa esposa haya perdido la paciencia?

Solo le pregunté cuándo pensaban devolver a esa cría al centro. Al fin vais a tener uno propio, y los niños cuestan dinero y tiempo.

¿Pero cómo puedes soltar semejante barbaridad? Álvaro partió el bolígrafo en dos sobre la mesa. No pensamos devolver a Lucía a ningún sitio. Es mi hija, te guste o no.

¿Y eso a qué viene? Solo es adoptada. Y ya es grandecita, seguro que lo entendería si se lo explicáis

Ni se te ocurra decírselo gruñó él, tirando la media carcasa del bolígrafo. ¿Te queda claro?

¿Y cómo piensas frenarme? ironizó la mujer, saliendo. Esa niña no debería estar en vuestra familia, y voy a hacer todo lo posible.

Álvaro la vio marchar y, tras un silencio amargo, ignoró a la secretaria y se quedó reflexionando sobre la siguiente jugada. Al final, marcó un número en su móvil…

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Abril pasea despacio por el parque, viendo a Lucía jugar con su hermanito de un año, a quien cuida con devoción mayor de lo que marca el guion de hermana mayor.

En un banco cercano, un par de mujeres ponían a caldo a sus respectivas nueras, mientras Abril no pudo evitar, a su pesar, pensar en su exsuegra.

Desde la última visita tempestuosa, no la habían vuelto a ver. En menos de una semana, Álvaro organizó la mudanza noséquantos kilómetros al norte, convencido de que era la única manera de proteger a Lucía del cotilleo. Bastante peligroso sería que a la señora López le diera por ir contando por el barrio que Lucía era adoptada.

Ahora viven en tranquilidad. Tienen una hija maravillosa, un hijo pequeño y, en un par de meses, llegará el tercero.

Álvaro llama de vez en cuando a su padre. Así es como sabe que su madre sigue igual, solo que ahora ha volcado todo su entusiasmo entrometido en la hermana recién casada. Él lo lamenta sinceramente, pero parece que a su hermana hasta le hace gracia la atención.

En fin, cada cual con su vida. Ellos ahora son felices. Y la felicidad, extrañamente, se parece mucho a una familia jugando juntos en un parque soleado. ¿Se puede pedir más?

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MagistrUm
Ahora tendréis vuestro propio hijo, así que la niña debe volver al orfanato: la suegra de Ksenia ins…