Tengo 27 años y la conocí justo cuando menos preparado estaba para alguien como ella. Fue en un ev…

Tengo 27 años y la conocí justo cuando menos preparado estaba para alguien como ella. Fue en un evento diminuto, una presentación extraña de una revista local, donde llegué casi por accidente, como si los pasos me hubieran llevado sin preguntar. Un amigo me pidió acompañarle, necesitaba ayuda para acarrear cajas, y yo, sin grandes planes y necesitando unos euros, acepté. Ella estaba sentada en la primera fila, escribía en un cuaderno negro, el móvil boca abajo, el café frente a ella ya frío desde hacía siglos. Parecía ajena a todos, pero cuando hablaba, el sonido de las palabras la rodeaba en silencio, como si en el salón solo existieran sus frases.

Más tarde descubrí que era escritora. Publicaba en un periódico y una revista de cultura. Era mayor, tenía cuarenta años. En ese primer instante solo vi a una mujer serena, segura y tranquila, cuya voz nunca subía, porque no necesitaba imponerse. Al acabar el evento me acerqué, necesitaba su firma en un recibo. Ella me preguntó mi nombre, y al mirarme directamente, soltó:
¿Siempre tienes esa cara, o solo cuando te pones nervioso?
Me reí, fuerte, quizás demasiado. Le dije que no lo sabía bien. Ella respondió que le caía bien la gente que no finge confianza. Y ahí empezó todo.

Empezamos a escribirnos. Al principio sus mensajes eran breves, los míos larguísimos. Le preguntaba por cosas sencillas: qué hacía, dónde vivía, si estudiaba. Le conté la verdad: vivía con mis padres, trabajaba en lo que encontraba, ganaba poco dinero, intentaba arrancar. Nunca me hizo sentir menos, pero tampoco me vendía humo. Desde el inicio quedó claro:
No busco pareja. Estoy en otra etapa.
Y aun así empezamos a vernos.

Siempre en su piso. Ordenado, silencioso, saturado de libros. Ella tenía coche, ritmo propio, vida propia. Yo llegaba en autobús, sintiendo a veces que cruzaba un umbral hacia un mundo que no era el mío. Me recibía sin prisas, sin promesas. A veces cocinaba algo sencillo, otras abríamos una botella de vino y poníamos música bajita. Hablábamos mucho: de su trabajo, de escribir, de la fatiga que siente al tener que explicar sus decisiones una y otra vez. Jamás me quedé a dormir. Nunca me acompañó hasta casa. Siempre tenía que forzar para vernos el fin de semana. Unas veces decía que sí, otras desaparecía dos o tres días por cierres editoriales, reuniones, viajes. Y cuando volvía era como si nunca hubiera pasado nada. Sin disculpas. Sin largas explicaciones.

Una noche, después de estar juntos, sentada en el borde de la cama, me dijo:
No te enamores de mí.
No supe qué contestar. Solo le dije que no estaba enamorado. Ambos sabíamos que no era del todo cierto.

Quería más. No promesas, sino espacio. Ella insistía en que nuestros caminos eran diferentes. Que yo apenas empezaba, y ella ya tenía la vida construida. Que no quería ser un ancla, ni que yo la usara como atajo.
No puedo darte lo que buscas repetía.
Y sin embargo me invitaba una y otra vez.

Con el tiempo entendí que me ofrecía lo único que podía: presencia a ratos, conversaciones profundas, encuentros sin planes. Lo acepté, porque sentía que no tenía derecho a reclamar más. ¿Con qué cara pediría futuro si ni siquiera podía sostenerme solo?

Cada vez que salía de su piso, caminaba varias calles antes de coger el autobús. Me sentía lleno y vacío al mismo tiempo. Agradecido por compartir con ella esos instantes; vacío porque sabía que al final regresaba a la habitación de mi casa de padres, a mi realidad nada brillante.

Nunca me prometió nada. Jamás me mintió. Y aun así dolía.

Sigo viéndola. Menos de lo que quisiera. A veces pienso que espero que algún día ella me mire de otra forma. O que yo creceré lo suficiente para no sentirme pequeño a su lado. O quizá solo me canse de conformarme.

Pero últimamente, estar con ella me hace sentir más tristeza que alegría.

¿Por qué será?

Rate article
MagistrUm
Tengo 27 años y la conocí justo cuando menos preparado estaba para alguien como ella. Fue en un ev…