El otro día leía la historia de una madre soltera que decía por aquí que no sabe qué hacer, que no ve salida. Y me entraron ganas de contarte la mía. No es para juzgar a nadie, simplemente porque cuando tienes hijos y lo necesitas, no puedes quedarte esperando a que caiga el dinero del cielo. A mí nadie me regaló nada, todo me lo gané con mis manos.
Me fui de casa con 16 años. Por cabezonería, por ingenuidad, pensando que ya era mayor y que junto a mi novio viviría mejor. Acabamos en un apartamentito de barrio, de esos en los que la cocina está pegada al salón, el dormitorio separado con una pared falsa y el baño en el patio. No era ningún lujo, pero era nuestro rincón. Dos años después, justo cuando cumplí los 18, me quedé embarazada de mi primer hijo. Al principio todo iba más o menos bien. Él conducía un taxi, traía algo de dinero para hacer la compra, pagábamos el alquiler. No sobraba ni un euro, pero tampoco faltaba comida.
Cuando mi hijo tenía casi un año, empecé a notar que traía menos dinero a casa cada semana. Siempre había alguna excusa: que si la temporada floja, que si la competencia de los VTC, que si la avería del coche. Yo le creía. Luego volví a quedarme embarazada, esta vez de mi hija. Estaba de cuatro meses cuando, sin más, cogió unas cuantas cosas de ropa, cerró la puerta y se fue con otra mujer.
Lo más doloroso no fue que él me dejara tirada. Sino enterarme después, por las vecinas, por los rumores del barrio y hasta por familiares, de que llevaba viéndose con ella meses. Que si le esperaban juntas a la vuelta de su turno, que si ya dormía en su casa. Mientras yo vivía en la inopia, embarazada y con un niño pequeño, nadie me había contado nada.
Desapareció del todo. Ni preguntó una sola vez por sus hijos, ni envió ni un solo euro para pañales. Recuerdo perfectamente aquel día en el que me senté en el suelo y lloré hasta quedarme vacía. El frigorífico prácticamente vacío, la leche a punto de acabarse, otro bebé en camino, el alquiler por pagar, sin ropa para la niña, sin cuna. Lloré lo que tenía que llorar. Al día siguiente me levanté y me dije a mí misma que no podía quedarme así.
Empecé en el mismo piso de siempre. Pedí a la tienda del barrio que me fiaran un par de cosas. Me puse a hacer gelatinas, flanes en vasitos, magdalenas. Les hice fotos con el móvil y empecé a subirlas a WhatsApp e Instagram. Nunca engañé: Vendo postres para poder comprar pañales y leche. Y bueno, la gente empezó a comprar. Unos por ayudar, otros porque realmente les gustaban. Con ese dinero iba pagando la comida, ahorrando poco a poco para el alquiler, comprando solo lo más necesario.
Después empecé también a hacer comidas por encargo: arroz, lentejas, pollo guisado, albóndigas. Un hombre del barrio me ayudaba llevándolas en su moto, yo le pagaba el viaje. Me levantaba a las cinco de la mañana a cocinar, con la barriga cada vez más grande y mi hijo pequeño correteando por el salón. Había días que terminaba agotada, me sentaba y lloraba en silencio un rato, pero al día siguiente me ponía otra vez delante de los fogones.
Iba ahorrando céntimo a céntimo. Cuando se acercó el momento de dar a luz, mi madre me llamó y me dijo que me fuera con ellos, que no podía pasar aquello sola. Mi hija nació allí. Desde entonces, mis padres han sido mi sostén. No me mantienen económicamente, pero sí me dan fuerzas y me ayudan con los niños cuando tengo muchas encargos.
Hoy mi hijo tiene ya seis años. Mi hija crece rápido. Con mi madre hemos montado un pequeño obrador de repostería. No es una gran empresa, pero tenemos nuestro localcito; hacemos tartas de cumpleaños, mesas dulces, pedidos para eventos. No somos ricas, pero ya no me acuesto con hambre ni con el temor de no poder darles de comer al día siguiente a mis hijos.
Sé lo mucho que duele cuando un hombre abandona a una mujer con sus hijos. Es injusto. Pero también sé algo más: no puedes quedarte esperando a que alguien venga a salvarte. A mí tampoco vino nadie. Cuando tienes hijos, no tienes el lujo de rendirte.






