AMOR CON EL AMARGOR DE LA AJENJO

AMOR CON SABOR A AJENJO
Nuestro amor no tenía el aroma de rosas ni dulzura de miel, sino el polvo seco de los caminos y el tallo aplastado del ajenjo. En el pueblo decían: si se unen, el mundo se desmorona; si se separan, arde el bosque entero.
Aldara era curandera desde hace tres generaciones. Sabía el susurro de cada planta, y curaba heridas que nadie más lograba sanar. Sus manos, siempre cálidas, olían a tomillo fresco.
Lope era un forastero. Un hechicero cuya magia no brotaba de la tierra, sino del mando brusco a los elementos. Su poder cortaba como cuchillos y era frío como el agua de los tramos hondos del Duero en invierno.
Nos conocimos una tarde de niebla, ambos buscando la misma raíz de bruja, que florece sólo una vez cada década.
No la toques la voz de Aldara quebró el silencio. No es para tus manos codiciosas, brujo. La tierra la ofrece para sanar, no para tus hechizos sombríos.
Sanar sólo pospone el dolor, curandera murmuró Lope, sin girarse. Yo quiero ver el fondo de las cosas.
Nunca fuimos enemigos, pero tampoco pudo surgir amistad. Nos atraíamos pese a la razón y al sentido común. Era un amor de contradicción, una disputa continua entre crear y dominar.
Ella me traía miel silvestre y infusiones para el insomnio, cuando mi magia amenazaba con consumir mi alma. Yo dejaba en su puerta piedras preciosas, con brillos de estrellas encerradas, para que no tuviera miedo cuando el invierno hiciera más larga la noche.
Pero la amargura del ajenjo nunca nos abandonó. Aldara veía cómo yo extraía fuerza de la nada, y eso le asustaba. Yo me irritaba por su gentileza, pensando que desperdiciaba su don en gente que nunca agradecería.
Hasta que el pueblo fue sacudido por una epidemia, implacable con buenos y malos. Aldara se entregó por completo, llevándose la fiebre a sus propias venas, y yo… yo, por primera vez tuve miedo. No por el mundo, sino por ella.
Para salvarla tuve que hacer lo que más despreciaba: entregar mi poder a la tierra, para que ella tuviera suficiente energía para curar.
Cuando Aldara abrió los ojos, yo estaba junto a la ventana. Había brotado una mecha plateada en mi pelo, y ya no brillaban llamas en mis manos.
¿Por qué lo hiciste? murmuró Aldara.
El ajenjo es amargo, Aldara le respondí, sin mirarla. Pero sin esa amargura, cualquier dulzura es solo polvo. Te elijo a ti, no a la eternidad.
Nos quedamos a vivir juntos en la casita al borde del bosque de «Las Encinas», un lugar donde ni leñadores ni chismosos osaban entrar.
Yo, sin mi antigua magia, descubrí un don nuevo: sentir el metal. Me convertí en herrero, pero no en uno común forjaba cuchillos que nunca perdían filo y herraduras que traían suerte. En cada golpe de mi mazo resonaba la rabia de mi pasado, transformada en creación. Y ese fue mi destino.
Aldara cultivó un pequeño jardín donde convivían acónito venenoso y salvia curativa. Ya no temía mi oscuridad, porque sabía que la tierra más fértil era la negra.
Nuestro amor nunca fue dulce. Era la vida de dos voluntades fuertes, limándose como piedras de molino de granito.
A veces yo trataba de imponer mi voluntad por costumbre, sobre todo cuando la sequía amenazaba el jardín. Me sentaba horas en el umbral, apretando los puños, buscando arrancar del vacío una gota de lluvia.
Déjalo ya decía Aldara, posando su mano en mi hombro. La tierra no es esclava. Pídele, no le mandes.
No sé pedir gruñía yo.
Pero al atardecer llevábamos juntos cubos de agua del arroyo, y en ese acto había más magia que en cualquier sortilegio.
Nuestra puerta no tardó en ser visitada por «sombras»: antiguos discípulos míos, queriendo sacarme del círculo, enfermos que Aldara no podía sanar sola.
Una noche llegó mi viejo enemigo: un mago vestido con capa negra. Venía a cobrar lo que «la magia » decía que le debía. Exigía la voz de Aldara, a cambio de devolverme mi antiguo poder.
Miré mis manos duras de herrero, luego a Aldara, que preparaba un cocimiento de ajenjo. No suplicó protección, sólo me miró con la confianza imposible de quien ama.
El poder comprado por el silencio de quien amas, no es más que esclavitud le respondí.
No recurrí a hechizos. Tomé mi pesado martillo de herrero y salí. Se dice que esa noche el bosque tembló no por sortilegios, sino por la ira de un hombre defendiendo su hogar. La sombra se marchó.
Envejecimos con elegancia. El pelo de Aldara se volvió blanco como el azahar, mi barba gris como ceniza fría.
Dicen que, cuando llegó nuestro momento, no nos fuimos separados. Cuando floreció el ajenjo, nos internamos juntos en el bosque. Ahora, en ese lugar, crecen dos árboles: un robusto roble, cuyas raíces buscan el mineral, y una flexible mimbrera que lo abraza.
Y si un caminante arranca una hoja de esa mimbrera, sentirá en sus labios la amargura genuina de un amor real, fuerte y áspero, más poderoso que cualquier magia.
Hoy sé que preferir esa amargura, el ajenjo del amor verdadero, a cualquier dulzura fácil, es el mayor regalo de la vida. Nunca cambiaría lo vivido por lo que muchos llaman felicidad.

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