Amor con el sabor amargo del ajenjo

Love with the Bitterness of Wormwood
Te cuento, su amor no olía a rosas ni a miel, sino a polvo seco de caminos y tallos de ajenjo aplastados. En el pueblo decían: si se juntan, el mundo se tambalea; si se separan, el monte arde.
Alma era curandera, tercera generación. Sabía el susurro de cada hierba y curaba heridas que no querían cerrarse. Sus manos eran cálidas y siempre llevaban aroma de tomillo.
Elías, en cambio, era forastero. Un hechicero con poder no nacido del murmullo de la tierra, sino de órdenes bruscas a los elementos. Su magia era afilada como un cuchillo y fría como el agua de un pozo en Segovia en pleno invierno.
Se encontraron una tarde de niebla, buscando ambos lo mismo: la raíz de bruja, que florece solo una vez cada década.
No la toques el tono de Alma partió la tranquilidad. No es para tus manos avaras, hechicero. La tierra la da para sanar, no para tus sortilegios.
Sanar es solo posponer, curandera respondió Elías, sin girarse. Yo quiero ver lo que hay detrás de las cosas, su verdad.
No se volvieron enemigos, pero tampoco podían ser amigos. Se sentían atraídos aunque la lógica y el sentido común decían lo contrario. Era un amor-tensión, una disputa permanente entre crear y dominar.
Ella le llevaba miel silvestre y infusiones contra el insomnio, cuando la magia de Elías empezaba a consumirlo por dentro.
Él dejaba en su puerta piedras preciosas, con destellos que parecían retener la luz de las estrellas, para que Alma no tuviera miedo a la oscuridad durante las largas noches de invierno.
Pero la amargura del ajenjo siempre estaba cerca. Alma veía cómo Elías tomaba su fuerza del vacío, y eso la asustaba. Elías se enfadaba por su ternura, pensaba que desperdiciaba su don entre gente que nunca agradecía nada.
Un día llegó una epidemia al pueblo. No diferenciaba entre buenos y malos.
Alma se entregó entera, absorbiendo la fiebre en sus venas; y Elías Elías, por primera vez, sintió miedo. No por el mundo, sino por ella.
Para salvarla, tuvo que hacer justo lo que más despreciaba: entregar su poder a la tierra para que fortaleciera a la agotada curandera.
Cuando Alma abrió los ojos, Elías estaba junto a la ventana. Por primera vez, tenía canas y sus manos ya no brillaban.
¿Por qué? susurró ella.
El ajenjo es amargo, Alma dijo él sin volverse. Pero sin esa amargura, cada dulzura es solo polvo. Te elijo a ti, no a la eternidad.
Se quedaron juntos a vivir al borde del bosque. Ella siguió sanando, él aprendió a escuchar el susurro de las plantas, que antes callaba con su voluntad. Su amor fue difícil, áspero y profundo, como el aroma de ajenjo al atardecer. Y ninguno cambiaría esa amargura por la miel más dulce del mundo.
Se instalaron en una casita vieja al final de El Prado Oscuro, un lugar donde no se atrevía a entrar ni el leñador más atrevido, ni la murmuradora más cotilla.
Elías, ya incapaz de llamar a los rayos, descubrió que podía sentir el metal y se hizo herrero, pero no cualquiera fabricaba cuchillos que nunca perdían filo y herraduras que daban buena suerte. En cada golpe del martillo resonaba el eco de su antigua furia, transformada en creación. Y eso fue su destino.
Alma hizo un pequeño huerto donde convivían el venenoso acónito y la salvia curativa. Ya no temía la oscuridad de Elías; sabía que la tierra más fértil es negra.
Su amor nunca fue azucarado. Era la vida de dos personas fuertes, ajustándose como dos piedras de molino de granito.
A veces, Elías trataba de controlar la situación por pura costumbre. Cuando la sequía amenazó el huerto, se sentaba en el umbral, apretando los puños hasta blanquear los nudillos, buscando sacar aunque fuera una gota de lluvia.
Para, susurraba Alma, poniendo su mano sobre el hombro de él. La tierra no es esclava. Pídeselo, no la obligues.
Yo no sé pedir, gruñía Elías.
Pero al final, juntos iban a por agua al manantial lejano, y en ese gesto había más magia que en cualquier conjuro.
A su casa venían a menudo sombras. Antiguos discípulos de Elías, queriendo recuperar al maestro para el círculo de hechiceros, o enfermos que Alma no podía curar sola.
Un día llegó el viejo enemigo de Elías un brujo vestido de negro.
No vino a matar. Quería recuperar lo que Elías debía a la magia. Pidió la voz de Alma a cambio de devolverle el poder de Elías.
Elías miró sus manos de herrero, luego a Alma, que en ese momento preparaba un brebaje de ajenjo. Ella no pidió ser defendida solo le miró con confianza eterna.
Un poder comprado con el silencio de la persona que amas no es poder, es esclavitud dijo Elías.
No usó magia. Cogió su pesado martillo de herrero y salió al umbral. Cuentan que esa noche el bosque tembló no por maldiciones, sino por la furia simple y humana de un hombre defendiendo su hogar. La sombra se marchó.
Envejecieron bonito. El pelo de Alma se volvió blanco como flores de espino y la barba de Elías, gris como ceniza apagada.
Dicen que cuando llegó su hora, no murieron separados. Se adentraron juntos en el bosque justo en el tiempo en que el ajenjo florece. Ahora, allí crecen dos árboles: un poderoso roble, cuyas raíces buscan las vetas de metal, y una suave mimbre que rodea su tronco.
Si alguna vez arrancas una hoja de esa mimbre, notarás en tus labios la amargura la amargura de un amor real, de verdad, más fuerte que cualquier hechizo.

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Amor con el sabor amargo del ajenjo