¡Ven aquí, querida madre… y dile tú misma que no es suficiente, le dijo tía Ilenuța a la adinerada m…

Querido diario,
hoy he presenciado una escena que me ha dejado pensando en la sencillez de la vida.

El mercado de la Plaza Mayor de Toledo bullía como cada sábado: puestos rebosantes, vendedores apresurados, y la gente que se detenía ante cada mostrador para observar, comparar y probar. En un rincón más modesto se encontraba la tía Manuela, una anciana del campo con manos curtidas por el trabajo, el pañuelo verde bien apretado bajo la barbilla y una mirada cálida, esa que solo poseen los hombres y mujeres de corazón puro.

Manuela vendía unas ruedas de queso blanco, hechas con esfuerzo a partir de la leche de sus viejas vacas, y una tajada más pequeña destinada a la prueba, para que el cliente la pruebe y no se fíe sin antes degustar, decía ella con su voz rasposa.

A cada paso, la tía lanzaba la misma frase, tan tierna como firme:
Llévala a tu madre, querida, y tú misma dirás si está buena.

Algunos se detenían, otros seguían con prisa. Así es en el mercado: no todos tienen tiempo, ni todos ven el alma que se esconde tras un producto sencillo.

Esa mañana, entre la multitud, apareció una mujer conocida en la ciudad: alta, elegante, vestida con un abrigo de piel caro, gafas gruesas y negras que le cubrían la mirada. Se rumoraba que tenía dinero, negocios y todo lo que cualquiera pudiera desear. Pero no tenía tranquilidad.

Primero pasó por los grandes puestos de los fabricantes renombrados de la capital. Probó, olió, preguntó pero cada vez fruncía el ceño.
Muy salado
Muy blando
No es lo que busco

La gente se apartaba a su paso. Su presencia cortaba el aire, una elegancia helada que ocultaba una fatiga invisible, una tristeza que no concordaba con sus ropas lujosas.

Al llegar al puesto diminuto de la tía Manuela, las demás vendedoras giraron la cabeza curiosas: «Mira cómo la ignorará, ¿qué quiere probar una mujer de la alta sociedad de una anciana del pueblo?». Pero Manuela no veía distinciones; solo percibía el corazón del otro.

Con la misma dulzura que ofrecía a todos, le dirigió a la mujer:
Llévala a tu madre, querida, y tú misma dirás si está buena.

La mujer se detuvo, sin comprender del todo. Tal vez había algo en la voz de la anciana, una calidez que hacía años no sentía.

Manuela le partió un trozo de queso, como si lo ofreciera a un ser querido:
Está hecho con estas manos viejas pero con un alma joven, tía. Prueba y dime.

La mujer llevó el trozo a la boca. Un aroma sencillo, puro, la llenó de repente de un sentimiento olvidado. Cerró los ojos y, en ese instante, volvió a su infancia.

En medio del bullicio, se transportó a una pequeña cocina de adobe, con una mesa rústica de madera. Allí vio a su abuela, la mujer que la crió con tanto cariño mientras sus padres trabajaban en el extranjero. La abuela, con su delantal floreado, le arrancaba siempre un pedacito de queso fresco y le decía:
Llévala a tu madre y dime si está buena. Tú eres mi mejor crítica.

Un nudo se formó en su garganta. Ese queso simple era idéntico al de su niñez: misma textura, mismo sabor, misma memoria. Los ojos se le llenaron de lágrimas, aunque intentó ocultarlas tras sus gafas.
No sé qué decir está está perfecta balbuceó.

Manuela le tomó la mano con la ternura que solo las abuelas saben dar:
Querida, yo no necesito mucho. Si tú dices que está buena, a mí me basta.

¿Cómo lo haces? preguntó la mujer con voz temblorosa.

Con trabajo, tía y con cariño. Sin eso no sale. Y con añoranza añoranza de gente buena, como tú, que aún sabe probar con el corazón.

Quitó las gafas; en sus ojos brillaban lágrimas y una luz que hacía tiempo no mostraba.
Me recuerdas a mi abuela susurró, la voz rota.

Manuela sonrió, mostrando los hoyuelos de sus mejillas.
Eso es bueno, querida. Significa que no está lejos. Mientras la recuerdes, tu abuela vive en ti.

Me llevo todo el queso dijo la mujer decidida. Y quiero ayudar. ¿Qué necesita?

Manuela sacudió la cabeza.
No soy pobre, tía. Tengo manos. Mientras tenga manos, tengo queso. Y si has dejado los grandes puestos para venir a mi puesto es señal de que aún hay lugar para gente con alma. Esa es mi riqueza.

La mujer respiró hondo, se limpió los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, sintió la calidez de un recuerdo.
Gracias, tía Manuela gracias por recordarme quién soy.

Manuela le estrechó la mano suavemente.
Llévala a tu madre, querida, y tú misma dirás si está buena. Así es el queso, así es la vida solo quien lo prueba con el alma lo saborea.

Hoy aprendo que la verdadera abundancia no se mide en euros, sino en la capacidad de ofrecer lo que uno lleva en el corazón. Esa es la lección que guardo en mi cuaderno.

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MagistrUm
¡Ven aquí, querida madre… y dile tú misma que no es suficiente, le dijo tía Ilenuța a la adinerada m…