Mis amigos vinieron con las manos vacías a una mesa llena y cerré la nevera: Cuando la hospitalidad …

Los amigos llegaron de improviso, con manos tan vacías como el aire de la siesta que atravesaba el salón, y yo cerré la puerta del frigorífico con el mismo sigilo con el que se ahogan los suspiros en la Alhambra.

Martín, ¿tú crees de verdad que tres kilos de secreto ibérico bastarán? Recuerda que la última vez no dejaron ni las migas, hasta el pan se acabó mezclado con el alioli. Y Lucía, para colmo, me pidió un táper para el perro, y luego lo publicó en el Instagram como si fuera receta suya.

Aldara retorcía la esquina del paño de cocina como quien retuerce los sueños, contemplando el terreno conquistado de su cocina ya convertida en un campo de batalla, el reloj marcando apenas las doce, y ella derrotada antes del mediodía. Desde las seis llevaba en pie, de puntillas: primero el mercado en la Plaza Mayor para conseguir el lomo más fresco; luego el supermercado, para comprar ese vino de Rioja que tanto idolatra Lucía y el brandy caro que adora Marcos; después, cortar, hervir, asar, mezclar los olores hasta perderlos.

Martín, su marido, pelaba patatas en silencio, el ceño apretado como las mondas que crecían a sus pies, su fastidio creciendo suave y lento como el vapor de una fabada.

Aldara, ¿para qué quieres más? suspiró en voz baja, aclarando la patata bajo el grifo. Tres kilos para cuatro invitados y nosotros dos medio kilo por cabeza. ¡Van a explotar! Que no es una boda, mujer, solo celebramos el piso nuevo. Aunque sea con meses de retraso.

No lo entiendes le contestó Aldara, removiendo una salsa tan densa como las nieblas matutinas del Manzanares. Son Lucía y Marcos, y Soledad y Toni. ¡Años sin vernos! Vienen del otro lado de la ciudad. ¿Cómo no voy a sacar todo lo mejor? A ver si luego dicen que somos unos tiesos, que ahora porque tenemos piso propio nos volvemos tacaños.

Esa hospitalidad era sangre castellana en las venas de Aldara, legado de su abuela, la que hacía milagros con un hueso y una cazuela honda, la que nutría ejércitos. Para Aldara, una mesa vacía era un insulto íntimo. Si venían amigos, banquete; si había fiesta, la mesa debía doblarse bajo el peso y el aroma. Planeaba el menú días antes, apartando euros de la nómina, cazando la botella buena de brandy para Marcos, la botella francesa que fascinaba a Lucía.

Ojalá trajeran algo ellos por una vez murmuró Martín. Al cumpleaños de Toni llevamos el regalo, el vino, la tarta que tú horneaste ¿Ellos? ¿Recuerdas aquella vez que caímos por su casa sin avisar? Infusión de sobre y rosquillas tipo piedra de museo.

No seas rencoroso, Martín le reprochó Aldara con ternura. Eran malos tiempos, hipoteca, obra. Ahora ya todo va rodado. A Marcos le ascendieron, Soledad acaba de comprarse abrigo nuevo. Seguro traen algo, un pastelito, unas naranjas. Yo no he hecho postre, lo dejé caer en la conversación con Lucía.

A las cinco, el piso brillaba como si lo hubiera pulido el viento, y el comedor parecía una tienda de delicatessen en plena feria de San Isidro. Al centro, la fuente de lengua escarlata y gelificada, radicalmente castellana; en torno, danzaban ensaladeras de ensaladilla rusa con bogavante y cangrejo, nada de jamón picado, y el arenque bajo abrigo de mayonesa y huevo duro. Cortes de lomo casero, jamón recién llegado de Extremadura, la carne asándose en el horno con patatas a la pobre y setas recién cogidas de la sierra. El frigorífico albergaba botellas de orujo gallego, brandy y tres vinos tintos de autor.

Aldara, agotada pero con la dignidad firme, vistió su mejor vestido, ajustó el pelo y se dejó caer en el sillón, expectante, como la noche en que los Reyes Magos cruzan la plaza.

Estoy nerviosa confesó mientras Martín cerraba su camisa de lino. Es nuestra primera reunión en la casa nueva. Ojalá todo fluya.

El timbre sonó a las diecisiete en punto, puntualidad de tren AVE. Aparecieron en la puerta, bulliciosos, disueltos en risas y en el perfume empalagoso de Lucía, vestida con el mismo abrigo de visón que costaba la mitad de la reforma. Marcos en chupa de cuero, Soledad a todo color, Toni ya con sonrisa de copa.

¡Ole, los nuevos propietarios! canturreó Lucía, abrazando a Aldara en una nube dulce. ¡Enseñadnos el palacio!

Se despojaron con estrépito, los abrigos saltando a los brazos de Martín, que no daba abasto colgándolos. Aldara sonreía, pero sus ojos escrutaban las manos de los visitantes.

Vacías. Absolutamente. Ni bolsa, ni caja de pastel, ni vino ni un triste chocolate.

¿Y el? empezó Aldara, pero tragó saliva. Quizás lo dejaron abajo. O traen algo en el bolso diminuto.

¡Aldara, qué delgadita! Soledad la besó apenas rozando el suelo, criticando en el pasillo. ¿Y la reforma? Bueno, mona, limpia pero esas paredes blancas parece una oficina. Con papel pintado de seda estaría de cine.

A Martín y a mí nos va el minimalismo replicó Martín, encarrilando el camino al comedor. Pasad, que la mesa espera.

Rápidos, giraron sobre el salón. Marcos relamió el aire al ver la mesa.

¡Esto sí que es Virgen de Agosto! frotó las manos. Aldara, eres una artista. Ahora verás, desde el desayuno no probamos bocado, guardando sitio para tu carne.

En lo que se acomodaban, Aldara fue rauda a buscar unas cazuelitas de champiñón al ajillo. Mientras, un pensamiento martilleaba: ¿Habrá sobre con dinero, por eso no traen nada?

De regreso, vio que ya atacaban los aperitivos, sin esperar brindis.

¡Esta ensaladilla, sublime! masticó Toni. Martín, pon copas, que aquí nadie es de piedra, hay sed.

Martín sirvió orujo para los chicos, vino para las chicas.

Por el estreno del piso brindó Marcos. Que viváis aquí sin goteras ni vecinos escandalosos. ¡Salud!

La ronda de copas fue pista de lanzamiento a la fiesta, y la comida voló de las bandejas como si el tiempo mismo la devorara. Entre bocado y bocado, llovía la crítica.

El arenque está seco, Aldara Lucía con su tercer plato. ¿Escatimaste mayonesa? ¿Ya estamos ahorrando?

Es mayonesa casera, Lucía, no tan grasienta replicó tímidamente Aldara.

No te compliques tanto bramó Soledad. Una bolsa del súper y listo. ¡A este caviar le falta garra! ¿No podías comprar keta, la grande?

Aldara cruzó miradas con Martín, que apretaba la cubertería como si fuera la cuerda de un laúd.

Bueno, ¿y cómo os va? sugirió Martín, cambiando el tercio. Lucía, ¿estuviste en Madeira?

¡Ay, sí, Madeira! Lucía derrochaba teatro. Eso fue sueño: hotelazo, marisco y champán sin fin. Compré un bolso exclusivo, dos mil euros, pero lo valía. Marcos gruñó, pero ya sabes: ¡la vida se vive solo una vez!

Las mujeres, que sois derrochonas rió Marcos, rellenando sin vergüenza el brandy. Yo ando mirando coche nuevo. SUV. Pronto caerá, que ahorramos el dinero y pasamos de reformas.

¿A qué te refieres? preguntó Aldara, confusa.

Las paredes son paredes zanjó Soledad. Nosotros llevamos diez años igual, papel de flores de la abuela, pero viajamos, ropa de marca y restaurantes. Vosotros, ladrillo y más ladrillo. Un aburrimiento.

Por cierto, hablando de restaurantes cortó Toni, limpiándose la boca en la servilleta para tirarla al mantel, anoche fuimos al Casa Botín, impresionante. Ochocientos pavos la cuenta, pero se come de cine. No como en casa, cortando ensalada. Oye, Aldara, ¿ese asado sale ya o qué? Que ensalada es tentempié, queremos carne.

Aldara se levantó, platos sucios en mano, vértigo en el pecho. Esos que se jactaban de bolsos exóticos y cenas fastuosas, venían ahora sin una flor. Ni una chocolatina al té.

En la cocina, la siguió Lucía, fingiendo ayudar.

Chica, menuda mesa te has marcado, pero se nota que os habéis quedado secos. El vino es regular. Ese solo lo bebemos en la barbacoa de la finca.

Lucía, es vino francés, te costó veinticinco euros la botella murmuró Aldara, apretando los platos en el lavavajillas.

¿En serio? Te han timado. Está más agrio que el vinagre. Oye, ¿nos das algo para llevar? Mañana resaca y paso de cocinar. Un poco de carne, ensalada Vi que tienes sobra. Y para dos es mucho, se os va a poner malo.

Aldara tembló con el plato en la mano. Giró despacio.

¿Quieres que te prepare un táper?

Pues sí, ¿qué problema hay? Siempre lo hacemos, ahorras. Por cierto, ¿no hay postre? Me apetece dulce. ¿Tienes tarta?

Tú dijiste que la traías replicó ella, apenas audible.

¿Yo? Qué va, si estoy a régimen, no compro dulces. Contaba con tu Milhojas. Que eres una artista. O, si no, que comprases una. Venimos con las manos vacías porque confiábamos en ti. Total, ya sois ricos con casa nueva.

Aldara soltó el plato sobre la mesa, el estruendo como estallido en la siesta.

O sea, creíais que nosotros tenemos de todo repitió ella. Ricos, claro.

¡Claro! Lucía ni notaba el hielo. Si pagáis hipoteca, hacéis reforma ¡Nadáis en oro! Nosotros mendigando para ver si podemos ir a Canarias. Venga, pon la carne, que los chicos ya andan impacientes.

En la cabeza de Aldara, desfilaban imágenes: préstamos a Lucía para el último viaje, devueltos años después sin gracias; Marcos pidiendo a Martín mudanza con coche propio; habían llenado con hambre todas sus fiestas, pero invitar solo una vez, a croquetas congeladas.

Abrió el horno. El aroma de cerdo asado inundó la cocina, la corteza dorada, los jugos. Miró la nevera, donde reposaba la tarta de merengue y frutos rojos, la que costaba casi sesenta euros. Cerró la puerta.

No habrá carne dijo, fuerte.

¿Cómo? ¿Se quemó? balbuceó Lucía.

No. No se quemó. Simplemente no habrá.

Entró al salón, mientras los otros debatían política y vertían copas sin medida. Martín la vio temblar.

Queridos amigos anunció su voz, afilada como cuerda de guitarra. El banquete ha terminado.

Todos giraron. Marcos con la copa alzada.

¿Qué te pasa, Aldara? ¿Terminado? ¡Pero si la carne ni ha salido! ¡Prometiste asado!

Prometí, sí afirmó. Pero he cambiado de opinión.

¿Estamos de broma? protestó Soledad. Estamos muertos de hambre. Ensaldas son cosa de dieta, queremos carne.

La carne quedará en el horno. Vosotros podéis iros. A casa, o a Casa Botín, donde seguro os sirven con más esmero.

¿Se te ha subido el vino, o qué? se escandalizó Toni. Martín, controla a tu mujer. ¡Menuda escena! ¡Somos invitados!

Martín se levantó despacio, mirando a Aldara, a los invitados. Vio los ojos humedecidos de su mujer y lo entendió.

Aldara no está bebida. Está harta. Venís a nuestra casa, no traéis ni pan, bebéis mi brandy, criticáis todo, llamáis vinagre al vino, oficina a mi casa. ¿Y ahora exigís la carne?

¡Era una broma! gimoteó Lucía. ¿No tenéis sentido del humor? ¡Olvida el pastel! ¡Al menos animamos la noche!

¿Vuestra diversión a nuestra costa? ironizó Aldara. No, gracias. Llevo toda la mañana cocinando, gastando media nómina. Solo quería haceros felices y ser buenos anfitriones. Pero sois unos gorrones. Gente que viaja a Madeira, pero no gasta ni un euro en un detalle.

Así vas, tachando amistades por una chuleta estalló Marcos, levantando la silla. ¡Quédate con tus sobras! ¡No volveré! ¡Rácana!

Recoged, por favor ordenó Martín, abriendo la puerta de par en par. Y llevad vuestros táperes vacíos.

Salieron en estampida, Lucía despotricando que ya no éramos amigas, Soledad bufando por la noche arruinada, los chicos maldiciendo la casa.

Cuando la puerta traqueteó su silencio, todo quedó suspendido. Aldara en mitad del comedor, la mesa hecha ruinas de vino y migas, las servilletas estrujadas.

Martín la abrazó.

¿Cómo te encuentras? susurró.

Me tiemblan las manos reconoció. Martín, ¿seré una tacaña? ¿Había de callar, servirles, total, invitados son…?

No eres tacaña, Aldara. Solo has aprendido a ponerte por delante. Te admiro. Yo habría echado a esa panda antes.

Ella suspiró y se abrazó más.

¿Y la carne? interrogó Martín, guiñando un ojo. ¿De verdad está ahí? ¡Ya solo el olor me tumba!

Aldara soltó una carcajada, liviana como una burbuja.

Está, Martín. Y también la tarta. Gigante, de merengue.

Se sentaron entre los restos, apartando cubiertos, y Aldara sacó el bandejón dorado y perfumado, y luego la tarta. Brindaron con ese vinagre que resultó ser un tinto aterciopelado, digno de la Ribera del Duero.

Por nosotros dijo Martín. Y por que a esta casa solo vengan aquellos con el corazón lleno, no la mano vacía.

Saborearon el asado, el silencio, la compañía. Nunca habían cenado tan bien.

Una hora después, el móvil de Aldara vibró: mensaje de Lucía. ¡Menuda rata estás hecha! Sentados en el McDonalds, tragando hamburguesas por tu culpa. ¡Podrías al menos disculparte!

Aldara lo leyó y, sonriendo, pulsó bloquear. Repitió con Soledad, Marcos y Toni.

Cuatro contactos menos en la agenda. Pero el aire se aligeró. Y la nevera rebosaba viandas. Suficiente para Martín y para ella, durante una semana. Ni una sola miga para quien, en los sueños castellanísimos, no supo respetar.

A veces, la dignidad se parece mucho a cerrar bien fuerte el frigorífico en mitad de un sueño extraño, sabiendo que así nadie pondrá nunca más el alma en saldo.

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MagistrUm
Mis amigos vinieron con las manos vacías a una mesa llena y cerré la nevera: Cuando la hospitalidad …