Cuando Rodrigo se fue a hacer el servicio militar, Carmen le juró que le esperaría fielmente. Y, vaya si cumplió su promesa: cartas enteras llenas de apasionadas declaraciones, dibujitos de flores, corazones y, como broche final, el beso marcado en carmín junto a un beso bien grande. Le quería con esa intensidad solo reservada a los amores auténticos, de esas que hacen que los minutos sin él parezcan años.
Por eso, a Carmen le costaba creer que Rodrigo le hubiese hecho semejante faena.
Su corazón le gritaba que no podía ser, que Rodrigo jamás la hubiera olvidado. Pero cuando él dejó de contestar sus cartas y, más tarde, le soltó apenas unas líneas pidiéndole que le olvidase, Carmen tuvo que tragarse la amarga verdad.
Carmen terminó casándose con el primer hombre que se cruzó en su camino. Por supuesto, sin pizca de amor. Encerró bajo llave su maltrecho corazón, para no llevarse otra quemadura, y se resignó: a nadie podría querer ya tanto como quiso a Rodrigo.
Un día, Carmen estaba en la cocina, con su característico delantal y sus zapatillas, cuando sonó el timbre. Salió a abrir sin dejar la cuchara y se quedó de piedra: ante ella tenía a Rodrigo, ya hombre hecho y derecho, luciendo el uniforme de oficial.
No me creía que te hubieras casado, así que he venido a comprobarlo dijo él, con una tristeza en los ojos capaz de derretir hasta el granito de la catedral de Burgos. Pero veo que es cierto… Ahora entiendo por qué no me respondías los cartas
Se giró para marcharse, pero Carmen le retuvo del brazo.
¿Cómo puedes decir eso? ¡Si eres tú quien me escribió pidiéndome que te olvidara!… protestó ella, sin tener claro si Rodrigo se estaba justificando o la estaba echando la culpa.
¿Y?… preguntó él tras una pausa incómoda. La semana pasada aún te mandé la última carta desde la mili, por si seguías esperándome…
A Carmen se le atragantó la respuesta y las lágrimas le abrasaron la cara. La cabeza, repleta de preguntas: ¿Pero cómo, por qué, qué ha pasado aquí?.
Aquella tarde, Carmen fue directa a casa de sus padres. Algo olían ellos, seguro. Nunca tragaron a Rodrigo, básicamente porque era más pobre que una rata.
Perdónanos, hija dijo su madre, ya sin poder ocultar el remordimiento. Solo queríamos que tuvieras una vida mejor, hija, no como la nuestra, que para compraros un paquete de galletas había que juntar las monedas de céntimo
Pero vosotros, aunque fuerais pobres, os enamorasteis y os casasteis. ¿Por qué habéis destrozado mi vida? ¿Cómo habéis podido hacerme esto? les reprochó, entre lágrimas y rabia.
La madre, al final, acabó poniendo en la mano de Carmen un buen fajo de cartas.
Se encerró en el cuarto de al lado a leerlas. No lloró, no: sollozaba como si no quedara un gramo de dignidad en su cuerpo. En la última carta, la que Rodrigo mencionaba, venía un pequeño narciso prensado y, al lado, escrito con esa letra nerviosilla de Rodrigo: He tardado, pero lo encontré para ti.
Esa misma noche, Carmen sentó a su marido y tuvieron una de esas charlas serias que todo el mundo teme. El hombre, más pendiente de su trabajo, del dinero y de sus amigotes (o, quién sabe, de otras mujeres, según sugerían algunas amigas del alma del vecindario), se quedó indiferente. La separación fue como todo en la vida de Carmen últimamente: sosa y silenciosa.
Por primera vez en su vida, Carmen, pese al sustillo de la oscuridad, se echó a la calle de noche y se fue andando por media ciudad. Pero esta vez la oscuridad no daba miedo: estaba yendo a casa de quien la había amado de verdad, y a quien jamás dejó de amar.
Con el tiempo, todos los reproches y malos entendidos se quedaron en el olvido. En la casa de Carmen y Rodrigo ahora crecen dos niños rubios como el trigo de Castilla. Los abuelos, más felices que una perdiz con sus nietos. Y todos están convencidos: el mayor tesoro de la vida no es el que pesa o suena en la cartera, sino el que llena la casa de amor auténtico.





