Cuando el camarero se acercó presto y sugirió llevarse al gatito, un hombre de casi dos metros se levantó, cogió al pequeño y lloroso felino, lo acomodó en la silla vecina y exclamó con voz fuerte:
¡Un plato para mi amigo gatuno! ¡Y la mejor carne!
Aquel tiempo parece tan lejano… Recuerdo cómo nos vestíamos, atrevidas y seguras, casi como jóvenes ninfas palabras de Leonor, la directora de uno de los colegios privados más renombrados y exclusivos de Madrid. Responsabilidad y elegancia no le faltaban, y las frases certeras salían de su boca con la naturalidad de quien está acostumbrada a mandar.
Las ninfasasí nos llamábamos entre nosotrasteníamos ya treinta y cinco años, edad que considerábamos perfecta para lucir faldas cortas y blusas que más resaltaban nuestras virtudes que las ocultaban. Escotes profundos, maquillaje impecable: el arsenal completo de una mujer decidida.
El restaurante escogido para aquella noche se encontraba en el barrio de Salamanca, famoso por su prestigio y precios elevados. Pero los euros no nos preocupaban demasiado. Reservamos una mesa, nos acomodamos y pronto sentimos las miradas admirativas de los hombres y la desaprobación en los ojos de sus acompañantes.
Como es costumbre, las conversaciones giraban en torno a lo más importante: los hombres. Hablábamos de sueños, expectativas y exigencias, esperando al ideal: alto, apuesto, refinado y, por supuesto, bien asentado económicamente. Ese que te lleva en volandas, cumple caprichos y jamás agobia con las trivialidades del día a día. Mejor aún si es de buena familia.
Pero no como esos
Nos miramos entre nosotras y señalamos con discreción a tres hombres alegres, ya entrados en carnes y con entradas notables, que reían sin recato. Sobre su mesa: cervezas, patatas fritas y montañas de chuletón, y las conversaciones, cómo no, de fútbol y pesca. La carcajada era sincera, desprovista de etiqueta.
Horrible.
Qué vulgaridad.
Por Dios.
Ninguna quería saber nada de hombres poco cuidados, sin cortesía ni destellos de nobleza, muy lejos de lo apropiado para mujeres hechas y derechas. Pero entonces, algo ocurrió que transformó el ánimo de la noche.
Entró Él. Un hombre alto llegó en un Ferrari rojo flamante.
¡El Conde Don Fernando Altamira y Salvatierra! anunció el camarero con solemnidad.
Nosotras, como sabuesas, nos erguimos atentas, olisqueando la presa.
Alto, atlético, con distinguidas canas y un traje a medida que costaba casi lo que una casa; camisa blanquísima y gemelos de brillantes remataban el conjunto.
Madre mía
Qué maravilla
Hmm
Nuestros escotes se animaron aún más, y las miradas se tornaron tan audaces como el vino de Rioja en nuestras copas.
Eso sí es un hombre susurró Sofía.
Conde, apuesto y millonario añadió Inés, suspirando. Yo siempre he soñado con las Baleares desde niña.
A Teresa no le hizo falta decir nada; su mirada decía mucho más.
Antes de que pasaran diez minutos, el conde nos invitó a su mesa. Caminamos con aires de grandeza, desestimando en cada paso a los demás comensales, sobre todo a los de la mesa cervecera.
El conde era cortés, sabía llevar la conversación y hablaba de castillos familiares y colecciones de arte. La tensión entre nosotras crecía; todas sabíamos que solo una sería elegida para continuar la velada.
Por fin llegaron los manjares: bogavante, mariscos y vino de reserva añejo. Nos deleitábamos y lanzábamos miradas al conde, fantaseando más allá del restaurante. Los rostros, sonrojados por el vino y la emoción, resplandecían.
El conde brillaba: historias de alta sociedad, anécdotas de nobleza. En ese momento, ya no importaba lo que viniera después.
En el jardín pequeño junto al restaurante, la fragancia de la cocina llegó hasta los rincones. Por allí emergió un débil y hambriento gatito gris. Se coló entre las mesas y se detuvo a los pies del conde, implorando atención.
Pero en vano.
El conde torció el gesto, y con desdén, apartó al gato con el pie. El pobre animal salió disparado varios metros, chocando con la pata de la mesa donde estaban los tres hombres dicharacheros. Todo el comedor guardó silencio de sepulcro.
Odio a estos bichos callejeros y sin raza declaró el conde con voz alta. Yo solo tengo galgos y caballos de raza en mi finca.
El camarero se apresuró:
Ahora mismo lo solucionamos, disculpe las molestias
Avanzó hacia la mesa de los cerveceros, pero uno de ellos, enorme y de rostro sonrojado por la indignación, ya estaba en pie. Sus amigos intentaron frenarle.
Sin mediar palabra, recogió al gato y lo puso en una silla.
¡Un plato para mi amigo peludo! tronó. ¡La mejor carne, y rápido!
El camarero empalideció y corrió a la cocina. El público aplaudía.
Una de las “ninfas” Teresa se levantó, se acercó al gigante y declaró:
Haz sitio. Y pide un whisky para esta dama.
El conde quedó mudo.
Poco después, las otras dos amigas se sumaron, lanzando al conde una mirada de desprecio.
Al final, ya no fuimos todas juntas. De aquel restaurante salieron tres: un hombre, una mujer y un gato gris.
El tiempo pasó. Hoy, Teresa está casada con aquel gigante, dueño de una importante firma de inversión. Las otras amigas se casaron con sus amigos, renombrados abogados. Todas se casaron el mismo día.
Ahora nuestras vidas son muy distintas: pañales, guisos y limpiezas. Y casi al mismo tiempo, cada una tuvo una hija.
De vez en cuando, para regresar al restaurante querido, mandamos a los maridos al fútbol o a la pesca, buscamos niñera y nos reunimos para hablar de lo nuestro. De lo femenino. De hombres.
Al conde Don Fernando Altamira y Salvatierra lo detuvieron al año siguiente. Un escándalo: resultó ser un estafador que engañaba a mujeres inocentes.
A los hombres de verdad eso no les pasa.
Me refiero a aquellos tres con sus barrigas y calvas, sin relumbrón ni presunción, pero nobles de corazón.
Así fue.
De otra manera nunca podría haber ocurrido.




