La millonaria entró en la casa del empleado sin avisar y lo que descubrió en aquel humilde hogar de barrio hizo añicos su mundo de cristal y cambió su destino para siempre.
Isabel Alcántara tenía la vida montada con la exactitud de un mecanismo suizo. Era dueña de un vasto emporio inmobiliario, multimillonaria antes de cumplir los cuarenta, y se movía siempre entre muros de cristal, acero y mármol. Sus oficinas se alzaban en los pisos más altos de una torre moderna frente a la playa de la Concha, en San Sebastián, y su ático era portada constante de revistas de negocios y diseño. En su universo, las personas obedecían rápido, se callaban las dudas y nadie mostraba debilidad.
Pero aquella mañana, algo acabó con su paciencia.
Javier Gutiérrez, el encargado de limpiar su despacho desde hacía tres años, volvía a faltar. Tres ausencias en apenas un mes. Siempre la misma excusa: Problemas familiares, señora.
¿Hijos? susurró con desdén, alisando su americana Loewe ante el espejo. En tres años, ni los ha mencionado una sola vez.
Su asistente, Carmen, trató aplacarla, recordándole que Javier siempre había sido puntual y trabajador. Pero Isabel ya estaba decidida; para ella, todo era un teatrillo para encubrir irresponsabilidad.
Dame su dirección ordenó, la voz helada. Ya comprobaré yo misma qué clase de problema tiene.
Pocos minutos después, el ordenador mostraba el domicilio: Calle Olmos 17, Barrio de Txomin Enea. Un barrio obrero, muy lejos de sus rascacielos bañados por el Cantábrico. Isabel sonrió con altivez, lista para poner orden. Jamás imaginó que aquella puerta cambiaría su vida para siempre.
Treinta minutos después, el Audi negro esquivaba con dificultad baches, charcos y niños correteando. Las casas, bajas y deslucidas, lucían restos de mil colores en sus fachadas. Los vecinos observaban el coche como si fuera una nave espacial. Isabel salió del coche con su traje hecho a medida y el reloj suizo centelleando bajo el sol; sentía que no encajaba, pero mantuvo la cabeza alta, avanzando segura hasta la casa azul descascarillada, con la numeración apenas legible.
Llamó con fuerza.
Nadie respondía.
Se oyeron voces infantiles, pasos ajetreados, el llanto sordo de un bebé.
La puerta chirrió y se abrió despacio.
El hombre que apareció en su umbral no era el Javier pulcro de la oficina: llevaba una camiseta ajada, el pelo desordenado y grandes ojeras en la cara. Javier se quedó paralizado al ver a su jefa.
¿Señora Alcántara…? su voz temblaba.
He venido a ver por qué mi despacho está sucio hoy, Javier dijo Isabel, helando el aire.
Ella intentó entrar, pero él instintivamente bloqueó el paso. Fue entonces cuando un grito quebrado de niño rompió la tensión. Isabel, ignorando la resistencia, abrió la puerta de golpe.
Dentro olía a garbanzos y humedad. En un rincón, sobre un colchón viejo, un niño pequeño tiritaba bajo una manta de cuadros. Pero lo que detuvo en seco el corazón de Isabel que se creía de acero fue lo que vio en la mesa.
Allí, entre libros de medicina y frascos vacíos, había una fotografía enmarcada. Era su hermana, Lucía, fallecida en un accidente años atrás. Junto a la foto, un colgante de oro que Isabel reconoció al primer instante: la reliquia familiar que desapareció durante el funeral.
¿De dónde has sacado esto? murmuró Isabel, con la voz rota y las manos temblorosas al tomar el colgante.
Javier cayó de rodillas, llorando.
No lo robé, señora. Lucía me lo confió antes de morir. Yo era el enfermero que la cuidaba en secreto, porque su padre no quería que nadie supiera de su enfermedad. Me pidió que protegiera a su hijo pero cuando falleció, su familia me echó, obligándome a desaparecer.
Isabel sintió que el mundo le giraba. Miró al niño. Tenía los mismos ojos negros de Lucía.
¿Es su hijo…? susurró.
Es su nieto, señora. El hijo que vuestra familia ignoró por puro orgullo. Trabajo limpiando sus oficinas solo para estar cerca de usted esperando poder decirle la verdad. Las ausencias son porque el niño tiene la misma enfermedad que su madre. No tengo euros suficientes para las medicinas.
Isabel Alcántara, la mujer que nunca se doblegaba, se arrodilló junto al colchón. Tomó la mano del niño y sintió una conexión que ningún imperio era capaz de comprar.
Aquella tarde, el Audi negro no volvió solo a Miraconcha.
En el asiento trasero viajaban Javier y el pequeño Mateo, camino del Hospital Universitario Donostia.
Semanas después, las oficinas de Isabel dejaron de ser un paisaje glacial de acero.
Javier ya no fregaba suelos: ahora dirigía la fundación Lucía Alcántara, entregada a niños con enfermedades crónicas.
La millonaria que bajó para despedir a un empleado acabó encontrando la familia que el orgullo le había arrebatado y comprendió que, a veces, hay que pisar el barro para hallar el oro más puro que da la vida.





