¿Y ahora va a vivir aquí con nosotros? preguntó mirando a su esposa, al tiempo que observaba a su hijo con una sensación extraña, como si flotara en un sueño de estío madrileño.
Berta Jiménez regresó a casa temprano, paseando por la Gran Vía entre reflejos de farolas y aromas de café. Al abrir la puerta, se cruzó inesperadamente con su hijo, Jaime, de pie en el recibidor. Hacía dos años que Jaime residía con su esposa en Vallecas y solo les visitaba algún domingo lluvioso. Pero ese día era martes, un martes que en el aire parecía un jueves o un año entero.
Regalos para la esposa
¿Ha pasado algo grave? preguntó Berta Jiménez en vez de saludar, con la seriedad de quien aguarda una sorpresa desagradable escondida detrás del reloj de pared.
¿No te alegras de verme? intentó bromear Jaime. Pero, al notar la mirada severa de su madre una mirada que olía a sopa de ajo y aburrimiento replicó:
He dejado a Laura.
¿Qué significa eso de “he dejado”? preguntó Berta, con tono de directora de instituto y las manos en jarras, como si la pregunta pudiera cambiar el tiempo de la ciudad.
De carácter férreo, los chistes nunca le interesaron demasiado; tal vez por trabajar como educadora en un centro de reclusión para jóvenes en Getafe, lugar donde hasta los sueños deben mostrar carnet.
Bueno… hemos tenido una discusión musitó Jaime, su voz flotando por el pasillo como si temiera que cualquier palabra pudiera convertirse en murmullo de radio antigua.
¿Y? miró profundamente a su hijo, ¿vas a venir corriendo aquí tras cada pelea con tu esposa, como quien busca refugio bajo los arcos de la plaza mayor?
¡Nos vamos a divorciar! soltó Jaime, como si la palabra “divorcio” recitara la letra de una zarzuela.
Berta mantuvo ese mirar de museo, como exigiendo una explicación sin derecho a réplica. Jaime se resignó, como quien deja caer una moneda de dos euros en la fuente de la Cibeles:
Que ella quería que yo hiciera más cosas en casa. Que, viniendo cansado del trabajo, no me daba la vida.
¿Y qué te costaba ayudarle, hijo? replicó Berta, disolviendo sus pucheros en aire.
Lo mismo me dijo ella. Pero le contesté que la mujer en la casa es la guardiana del hogar y las tareas domésticas le corresponden.
¿Dónde has aprendido esa bobada, Jaime? preguntó su madre, como quien reprocha convertir pan en ceniza.
Estaba agotada, ansiaba ducharse y cenar con su marido, Félix, mientras escuchaban la radio nacional relatar los goles del Real Madrid, pero ahí estaba Jaime, armado de argumentos medievales que ni el propio Quijote entendería. Con Félix siempre compartieron las tareas, criaron juntos a sus hijos, jamás se pelearon por una cazuela sin fregar. Y ahora su hijo, el gran “caballero”, se revela.
¡Contéstame! gritó Berta, con voz tan contundente que los cuadros temblaron. ¿A quién le has escuchado todo ese disparate? ¿Te crees que eres un emperador romano, trayendo mamut del supermercado? Sois dos, ambos trabajáis y ambos mantenéis la casa. ¿Le has propuesto que deje de trabajar para ocuparse solo de la casa? No. Entonces, ¿de qué vas? ¿Alguna vez has visto a tu padre y a mí pelearnos por limpiar el salón? Es porque sabemos remar juntos en el mismo barco.
En ese instante, Félix Ruiz llegó a casa, portando una bolsa del mercado de San Miguel y la dejó en la cocina.
¿Ha pasado algo? preguntó sorprendido al ver a Jaime.
“Preguntan lo mismo…”, pensó Jaime, mientras contestaba en voz baja:
Estoy divorciándome de Laura.
Regalos para el hijo
Menudo insensato murmuró Félix, descolgando la bufanda y organizando las manzanas en la encimera.
Félix, nuestro hijo se ha vuelto tonto, dijo Berta antes de narrarle la historia de la discusión.
¿Y ahora va a vivir aquí? le preguntó Félix a su esposa, luego a su hijo:
¿Sabías que la palabra “esposo” viene de “compañero de yunta”? Ambos deben tirar juntos del carro de la vida. Si uno afloja, el otro tiene que tirar por los dos y o se rompe la cuerda, o se quedan los dos varados en el camino.
Jaime se vio atrapado entre los cuadros flamencos, las voces familiares y las sombras alargadas del salón, con la rabia pegada en los bolsillos. Esperaba solidaridad, pero sus padres erigieron un puente contrario. Continuaron su cháchara sin apenas mirarle, colocando naranjas y chorizos en los estantes, como si la presencia de Jaime fuera un eco lejano en medio de la casa.
Vacaciones familiares
Jaime observó la rutina plácida de sus padres, tan duros en los gestos como tiernos en las miradas, y no comprendía cómo podían ser tan estrictos y a la vez tratarse mutuamente como dos conejitos en primavera.
¿Qué haces ahí parado? Vete y arregla las cosas con tu esposa le ordenó Félix, con voz de trueno sobre la sierra de Guadarrama. Y olvida esa historia absurda de quién debe qué. Debéis cuidaros y ayudaros, ¡eso es lo importante! Anda, que nosotros tenemos otras tareas.
Jaime salió de la casa flotando entre la niebla de sus propios pensamientos, sin el recibimiento que había esperado. La rabia por Laura se desvaneció como humo sobre la Plaza Mayor, y comprendió que también él fue responsable de provocar la tormenta por nada. Pero supo, eso sí, que quería forjar una familia tan feliz y sólida como la de sus padres entre los sueños y relojes blandos de Madrid.







