El granjero cabalgaba plácidamente por el sendero con su prometida… y se quedó helado al ver a su …

El campesino cabalgaba junto a su prometida… y se quedó helado al ver a su exmujer embarazada cargando leña…

Rodrigo iba a lomos de su caballo por los alrededores de Segovia, al lado de su nueva prometida. Todo era tranquilidad hasta que la vio, justo junto al arroyo, arrastrando leña con un barrigón de siete meses. Y en ese instante, mientras intentaba hacer los números mentales -como si de cuentas de la compra se tratara-, sintió cómo se le cortaba la sangre. Ese bebé… Ese bebé era suyo y él, como el bueno de todos los despistados, ni enterado.

Hubo una época en la que divorciarse en Castilla equivalía a provocar un cisma entre familias, a que te dejaran de saludar por la Plaza Mayor y a que las viejas te mirasen como si te hubieses llevado el jamón de la matanza sin permiso. Pero también existen excepciones: separaciones sin drama, sin duelos ni trompetas, tan solo por querer cosas diferentes. Rodrigo y Gabriela, sí, sí, dos de esos bichos raros.

Se casaron cuando la juventud aún no había huido. Él con 26, ella con 23. El amor más bien era entusiasmo con tendencia a la idealización. Los primeros tiempos, no se lo niego, fueron buenos. Trabajaban juntos la pequeña finca que Gabriela había heredado de su padre diez hectáreas de tierra buena, frutales, huerto, casa modesta pero tan acogedora que daba gusto sentarse en el porche a ver los atardeceres.

Gabriela adoraba la tierra, como buena manchega. Se levantaba antes que las gallinas, trabajaba a brazo partido, conocía cada rincón, cada almendro. Para ella, aquello era el paraíso. Pero Rodrigo empezó a soñar con grandezas: comprar más tierra, montar negocios en Madrid, contratar peones, fundar la versión castiza de un imperio familiar. Gabriela, en cambio, entonaba el ¿Para qué más, Rodrigo? Si lo tenemos todo…. La respuesta de Rodrigo, siempre cargada de épica: “Quiero dejar huella, algo que perdure”.

Gabriela soltaba el Esto sí dura si lo cuidamos, pero Rodrigo, como buen cabezota, no escuchaba y ella tampoco cedía. Las discusiones se volvieron tan cotidianas como los bocadillos de chorizo. Nunca fueron peleas de sartenes volando, pero sí de palabras que dolían. Y así, tras ocho años, una noche se sentaron en la mesa, se miraron como quien contempla la última copa de vino y dijeron No podemos seguir así. Todo con pena y lágrimas lo más civilizado posible, por supuesto.

El divorcio fue digno, sin voces ni portazos. Rodrigo le dejó la finca que ella quería, se llevó su parte de los ahorros (en euros, claro) y cada uno por su camino. Gabriela siguió en su terreno, más feliz que un niño con zapatos nuevos. Rodrigo se mudó a Valladolid, empezó a comprar negocios, abrió licores, montó gestorías y al modo español tres semanas después conoció a Valentina. Hija de terrateniente, guapa, lista, fina y con ansias de grandeza. ¡La receta ideal para quien no sabe estar quieto!

Se comprometieron seis meses después. Rodrigo pensaba que había encontrado a la mujer que le entendía y que quería lo mismo que él. Lo que ignoraba es que Gabriela, apenas tres semanas después del divorcio, supo que esperaba un bebé suyo. Intentó decírselo; lo jura por el pan de la Virgen. Fue a su casa. Pero Valentina, con el frío de una tarde de enero, le dijo: Rodrigo no está. Está ocupado construyendo su nueva vida. Gabriela, que tenía más orgullo que un torneo de mus, decidió criar al niño sola.

Ocho meses trabajando su tierra, con la tripa creciendo y la gente del pueblo lanzando miradas de compasión y alguna que otra pulla. Pero ella aguantó. Tenía ayuda: Don Vicente, vecino viudo, buena persona como pocas; la partera, doña Carmen, que revisaba regularmente. El bebé estaba sano, Gabriela también. Y entonces, en una de esas mañanas en las que el sol parece que va a ponerle banda sonora a la vida, aparece Rodrigo cabalgando con Valentina, enseñándole los predios próximos a la finca de Gabriela.

Va todo gallito, hasta que la ve. Gabriela, arrastrando leña y la barriga, va tan concentrada que ni le ve. Rodrigo tira de las riendas, el caballo casi protesta, Valentina pregunta ¿Qué pasa?, pero él está petrificado. Hace cuentas como químico en el laboratorio: ocho meses del divorcio, siete de embarazo, igual a ¡Ese niño es mío!. Y se queda blanco como el mantel de la iglesia.

Desmonta tambaleándose. Valentina detrás, Rodrigo, ¿qué te pasa? Pareces un muerto…. Pero él ya va hacia Gabriela. Ella se le queda mirando, primero sorprendida, después más complicada: miedo, rabia, vergüenza. La escena, de verdad, digna de una novela de Galdós. Rodrigo: ¿Estás embarazada?. Gabriela, con el mentón en alto: Muy observador. Casi ocho meses. Rodrigo calcula, hace gestos, repite: Es mío. Gabriela no responde, pero con esa mirada podría hablar de economía y de física nuclear a la vez.

¿Por qué no me lo dijiste?. Su voz se quiebra como vaso de vidrio. Lo intenté. Fui a tu casa tres semanas después, pero tu prometida me hizo el recibimiento de costumbre. Valentina, que está ahí, pone cara de quien huele cebolla. Rodrigo estaba ocupado mirando al futuro, no quería que le arrastraras al pasado. No era tu decisión, espeta él. Gabriela deja caer la leña. No vine a recuperarlo, vine a contarle que estaba embarazada. Pero vi que le habías encontrado recambio en tiempo récord y ya está. Rodrigo repite con cara de perdido Tenía que saberlo…. Tu hijo, sí, dice Gabriela, medio riendo con dureza. Pero yo soy quien lo ha llevado dentro cada día.

Valentina, desde lejos, suelta: “No fui un reemplazo, fui una mejora”. Gabriela la mira como quien mira un plato de lentejas que ha salido fatal. Rodrigo medió: “Basta, basta”. Mira a Gabriela: ve a una mujer más delgada, con manos endurecidas, ropa remendada, dignidad intacta, y le entra una culpa que no cabe en la mente de nadie. “Déjame ayudarte, con dinero, con lo que sea”. “No necesito nada de ti. Sí lo necesitas, llevas leña con esa barriga, no deberías.

Gabriela le corta: Es mi tierra, mi casa, mi hijo. Antes fue nuestro, ahora es mío. Porque tú seguiste adelante. Hazlo, vive tu futuro de grandeza, pero yo sigo adelante aquí, en lo pequeño, con mi bebé. No vengas ahora por culpa. Es mi responsabilidad, mi hijo…”. Gabriela vuelve a zanjar: Cuando te cerraron la puerta, dejaste de tener derechos en esta parte de mi vida. Da media vuelta, se va a la casa. Rodrigo se queda inmóvil, Valentina le dice Vámonos, no hay nada que rascar aquí. Pero sabe que hay algo que rascar, solo no sabe por dónde empezar.

Esa noche, Rodrigo no pega ojo. Está tumbado en su cama de Madrid, mirando al techo, planteándose la paternidad técnicamente, como si fuese trámite de notaría. Se pregunta si de verdad ama a Valentina, o simplemente tapó el hueco con una que encajaba en el molde. Al día siguiente va a ver a su padre, don Eduardo Mendoza, propietario de finca grande, rancio (pero en Castila, ¿qué padre no lo es?). Don Eduardo escucha, asiente y suelta: Ese niño lleva sangre Mendoza, debe criarse como tal. No pidas permiso a Gabriela, informa de tus derechos. Rodrigo no está seguro. ¿Qué futuro puede darle ella? Vida de pueblo, de campo, de sudar bajo el sol… Don Eduardo no comprende lo que es felicidad con menos.

Rodrigo empieza a sentirse incómodo. Sugiero que le compres el futuro, dice don Eduardo. Rodrigo se va de allí peor que llegó.

Los siguientes días, él intenta acercarse a Gabriela. Ella lo esquiva. Un día se encuentran en el mercadillo del pueblo. Gabriela, por favor, escúchame. No hay nada que escuchar. ¡Sí que lo hay! Soy padre, tengo derechos. ¿Derechos? ¿Sobre mi cuerpo, mis noches, mis miedos?. Ella le repite las ocasiones en las que no estuvo y le deja claro que solo tiene derechos biológicos, nada más. La gente del pueblo les mira, cuchicheando de costumbre. Él no tiene respuesta y se queda plantado allí.

En casa, Valentina le espera. ¿Has ido a verla? Decide: futuro conmigo o pasado con ella. No puedes tener las dos. Rodrigo finalmente duda qué vida quiere, la que ha construido o la que perdió.

Dos semanas de tensión donde las mujeres del pueblo comentan: ¿Viste a Gabriela? Ya está a punto… Menos mal que Vicente la ayuda. Y a alguien le parece que Vicente y Gabriela hacen buena pareja hombre viudo, buena gente. Rodrigo lo escucha, los celos se le suben como la fiebre.

Va a la finca y los ve juntos, a lo suyo. ¿Tú y Vicente…? pregunta, directo pero torpe. Gabriela se ríe sin humor. ¡La gente siempre habla por hablar! Vicente es amigo, nada más. Rodrigo pide una conversación, por favor. Gabriela accede. Él confiesa su error, lo que ha sentido, cómo ha cambiado. No puedo recuperar el tiempo, pero puedo estar ahí los próximos ochenta años si me dejas. Gabriela duda, lágrimas. ¿Y Valentina? Acabaré con ella, porque no la amo. ¿Y crees que yo te aceptaré como si nada? No, pero déjame intentarlo.

Rodrigo, con permiso, pone la mano en la barriga, siente al bebé, llora. Lo siento, pero quiero estar. Ella le pide tiempo, él respeta eso.

Una semana después, llega carta de Gabriela. Puedes visitar cada semana y hablar del bebé. Con reglas: nada de visitas públicas, nada de regalos caros, respeto a mis decisiones, si incumples, se acaba. Rodrigo acepta. Los sábados acude, solo, con humildad. Las primeras visitas, incómodas, pero poco a poco se reconectan.

En la quinta visita, Gabriela trae mala noticia: Don Eduardo fue a verla, le ofreció medio millón de euros a cambio de la custodia total. Rodrigo explota de ira. Gabriela lo rechazó, pero le pesa el argumento: No podré dar lo que vosotros dais. Rodrigo le responde: “El dinero no hace padres, el amor sí.” Gabriela llora. Él la abraza. Esa noche va directo a su padre y le suelta el discurso: Si te acercas más a Gabriela, renuncio al apellido, desaparezco. Don Eduardo cede; aunque Rodrigo sabe que no se rinde fácil.

Semanas de mejoría, Rodrigo y Gabriela recomponen una relación, despacio, basada en respeto, amistad, confianza. Poco a poco, Rodrigo siente que nunca dejó de amarla. Pero su cobardía con Valentina complica todo. Ella aparece furiosa una tarde. Vienes a verla todos los sábados, ¿y yo qué?. Rodrigo le confiesa: No te amo como mereces. Valentina lanza el anillo, insulta, se marcha con la dignidad herida y Gabriela, digna como siempre, aguanta: Este niño es bendición, da igual la riqueza. Rodrigo pide disculpas por el drama. Gabriela le contesta: ¿De verdad has terminado con ella? Sí, ahora solo quiero centrarme en ti y nuestro hijo, como padre y amigo.

Pero la paz dura poco porque don Eduardo ejecuta el plan B: amenaza legal de custodia por condiciones inadecuadas para criar al niño. Gabriela se desespera. Don Vicente la convence de que avise a Rodrigo. Rodrigo estalla, enfrenta a don Eduardo y ahora su padre pone condición: retirar la demanda si Gabriela acepta casarse con Rodrigo, criando al niño juntos, con apoyo económico pero sin interferencias. Si no, se irá a juicio de custodia compartida, papeles, abogados, el clásico lío.

Rodrigo vuelve y se lo cuenta a Gabriela. Ella se tensa: ¿Matrimonio otra vez, por obligación? No, lo pido porque quiero, porque te amo, porque renunciaría a todo lo demás. Gabriela necesita pensar, pero el tiempo no espera. Dos días después entra en parto, sola don Vicente fue al pueblo. Escribe nota, va a la partera, cada contracción más dura que un invierno en Burgos.

Envían a buscar a Rodrigo, llega corriendo. Ve a Gabriela sufriendo, pero sonríe al verlo. Está ahí, le ayuda, le da ánimo. Al alba, el bebé nace: Es un niño, anuncia doña Carmen. Rodrigo lo toma, llora. Hola, soy tu papá y te voy a querer siempre. Gabriela mira a su hijo y entiende que, aunque el camino ha sido complicado, ha merecido la pena.

Los primeros días, Rodrigo está ahí aprendiendo a cambiar pañales (hay que verle la cara). Gabriela ve cómo Rodrigo se convierte en el padre que nunca imaginó y su corazón empieza a ablandarse. Una noche, mientras Rodrigo acuna al niño, Gabriela le dice: Sobre tu propuesta… No quiero casarme por protección ni por deber, ni por el bebé… Rodrigo se entristece, pero ella añade: Quiero casarme por amor. Estas semanas viéndote me han recordado por qué me enamoré de ti.

Rodrigo la besa: Esta vez lo haré bien, aunque sea difícil. Ya lo sé, dice ella. Me casaré contigo otra vez. La boda es sencilla, en la capilla del pueblo, sólo amigos, don Vicente y doña Carmen, vecinos. Don Eduardo acude humilde, pide perdón. Gabriela le dice: Te perdono, siempre que respetes nuestros límites. Don Eduardo acepta; carga al nieto y llora.

La vida en la finca, bajo el sol de primavera, Rodrigo y Gabriela renacen juntos, trabajando la tierra y criando al pequeño Miguel, llamado como el abuelo de Gabriela. Rodrigo deja los grandes negocios, se queda con los manejables desde casa: su familia, su tierra, su vida ahora tienen otro sentido.

Años después, con Miguel de cinco y la hermanita Lucía de dos, Rodrigo sienta a su hijo en el regazo y le cuenta: Casi pierdo a tu madre y a ti por querer más y más, cuando lo que de verdad importa estaba delante de mis narices. ¿Y qué era, papá? Menos ambición y más familia, más amor, más honestidad.

Rodrigo mira a Gabriela jugando con Lucía, los campos floreciendo, la casa que han levantado con esfuerzo. ¿Y eres feliz? Más que feliz, soy completo. Y así aprendió que la verdadera riqueza no se mide en euros ni hectáreas, sino en risas, abrazos, momentos simples, en el despertar junto a quien amas, en la tierra labrada con respeto, en las segundas oportunidades. Eso es lo que realmente importa y eso, en Castilla, no lo compra ni el rey.

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MagistrUm
El granjero cabalgaba plácidamente por el sendero con su prometida… y se quedó helado al ver a su …