15 de octubre de 2025
Querido diario,
Hoy recibí a la última incorporación del departamento de contabilidad: una joven llamada Aroa, recién salida de la universidad y sin ni una pizca de experiencia. La directora de recursos humanos, Doña Carmen, la recibió con una sonrisa que parecía más una amenaza disfrazada.
Además de tus deberes de contabilidad, tendrás que encargarte de la limpieza del despacho. dijo, sin más preámbulo. No te preocupes por el sueldo; con 1800 euros al mes y sin experiencia, es una oferta que no se encuentra todos los días.
Doña Carmen, acomodada en su silla de cuero, observó a Aroa con una mezcla de curiosidad y desdén. La joven, temblorosa, preguntó en voz baja:
¿Con qué frecuencia debo limpiar?
Te lo explicaré todo respondió la secretaria, esbozando una sonrisa, ven, te mostraré tu puesto y te presentaré al resto del equipo
Aroa siguió a Doña Carmen hasta una gran sala dividida en cubículos diminutos, cada uno con su propio trabajador concentrado frente a la pantalla.
Chicas, ésta es Aroa, la nueva. anunció Carmen.
Diez pares de ojos se posaron en la recién llegada. El silencio se volvió denso; Aroa forzó una sonrisa para no parecer demasiado asustada y saludó tímidamente. Las compañeras murmuraron entre sí:
Menos mal que ha llegado alguien para limpiar, porque hace tiempo que el polvo se acumulaba.
Está bien, pero ahora tendrás que sentarte junto a mí y oír el constante clic de los teclados, los suspiros y, de vez en cuando, los llantos.
Bueno, al fin te sales de tu zona de confort.
Antes escuchábamos solo tus quejas; ahora te tocará ocupar nuestro lugar.
Doña Carmen, después de una breve charla, le indicó a Aroa su escritorio: una pequeña mesa con bandeja de papeles, una taza con bolígrafos y marcadores, monitor, alfombrilla y ratón. En el suelo había un cubo de basura y, curiosamente, una maceta con un aloe vera marchito que le recordaba a la abuela.
Un remedio de la abuela, pero ¿por qué nadie lo cuida? susurró Aroa para sí.
Al girar la silla, Aroa notó a Rosa, la rubia del equipo, que la observaba con una expresión de autocomplacencia.
Me recuerdas a mi hermana menor, Aroa dijo Rosa, orgullosa, eso te dará buena cara ante mí. No cometas errores groseros y nos llevaremos bien. Durante la pausa del almuerzo volveré para resolver tus dudas, pero ahora concéntrate.
Aroa asintió, tomó asiento y examinó su entorno: la maceta de aloe, el cubo, la lámpara y el constante zumbido de los ordenadores. Cada colega estaba absorto en su tarea, tecleando, calculando, anotando. Los suspiros de frustración se escuchaban cuando los números no cuadraban.
Aroa, recién licenciada, se sentía fuera de lugar, pero la promesa de ganar experiencia contable y el buen salario la motivaban. La empresa, una consultora de auditoría en el centro de Madrid, le ofrecía la oportunidad de trabajar con distintos clientes y aprender rápidamente.
Cuando la hora del café llegó, Rosa se acercó y, tras cuarenta minutos de preguntas, soltó:
Ya basta, me estoy quemando el cerebro. se recostó en el respaldo de su silla , por cierto, esa planta
Es aloe vera corrigió Aroa.
Exacto, lo dejé allí en honor a nuestra gran patrona de los números, la señora Virgina Paloma. Era una experta contable que, según cuentan, podía hacer que cualquier balance floreciera.
¿Yo la reemplazaré? preguntó Aroa con timidez.
Rosa negó con la cabeza, diciendo que la experiencia de Virgina superaba sus años. Relató cómo, al retirarse, organizaron una pequeña despedida en la oficina y dejaron el aloe como recuerdo, aunque nadie se ocupaba de él.
Aroa, intrigada, mordió una hoja del aloe y, aunque no sabía si era por curiosidad o por el dolor de garganta que la aquejaba, sintió alivio inmediato.
Esa tarde, Rosa le entregó un nuevo lote de informes. Aroa, con la boca aún húmeda de aloe, los resolvió con rapidez sorprendente. Rosa, desconcertada, la interrogó:
¿Cómo lo has hecho?
Simplemente aplicando lo que aprendí y usando un poco de ingenio.
Rosa, irritada, la acusó de ser solo una joven. En ese momento, Doña Carmen irrumpió en la sala anunciando la visita del día siguiente: Virgina Paloma volvería para una reunión con el director.
A la mañana siguiente, el ambiente estaba tenso; todas las chicas preparaban preguntas para la veterana. Aroa, mientras revisaba documentos, mordía otra hoja de aloe para calmar la garganta. Cuando Virgina finalmente entró, una anciana alta con un recogido impecable y gafas que descansaban sobre la punta de su nariz, observó el escritorio y la maceta con una ligera sonrisa.
No tengo preguntas, pero tampoco pretendo repartir sabiduría. dijo, sentándose .
Durante la pausa, Virgina se sentó junto a Aroa en la cafetería y le preguntó cómo iba el trabajo. Aroa admitió su inexperiencia, su afición por la contabilidad y el alivio que le proporcionaba el aloe.
¿Ese aloe te ayuda? rió Virgina. Es como un dopaje natural, pero de los que no se venden en la farmacia.
Virgina contó la leyenda del aloe del siglo, una planta que, según la tradición, había curado a un médico del desierto y le devolvió la vitalidad. La historia, aunque extraña, le recordó a Aroa que a veces los remedios más simples provienen de la naturaleza y de la tradición.
Después de aquella charla, Virgina se despidió sin dar clases ni consejos, pero dejó una impresión duradera. Aroa volvió al escritorio con renovada energía, y en los meses siguientes dejó de limpiar suelos y empezó a manejar los clientes más exigentes. Sus informes se resolvían con la misma rapidez con la que mordía el aloe, y sus compañeros la miraban con respeto.
Finalmente, tras casi tres meses, Aroa decidió cambiar de zona y buscar nuevos retos, aunque el salario seguía siendo de 1800 euros y los clientes de alto nivel la mantenían ocupada. Cuando le preguntaron el motivo de su partida, mintió diciendo que la distancia del trabajo le resultaba complicada.
Yo, como testigo de su evolución, aprendí que la perseverancia, aunque acompañada de tareas poco elegantes, puede transformar a una novata en una experta. El aloe, esa humilde planta, simboliza cómo lo que parece inútil puede convertirse en la clave de nuestro bienestar.
Lección del día: no subestimes nunca el valor de las pequeñas cosas ni de las personas que recién llegan; a veces, el mayor aprendizaje surge de los retos más humildes.






