Un gato en el piso 30 de un rascacielos madrileño jugaba cada semana con un limpiacristales… hasta q…

Un gato que vivía en el piso 13 jugaba cada semana con un limpiador de cristales hasta que este desapareció durante seis meses y el reencuentro hizo soltar lágrimas a media España.

Simón era un gato negro que habitaba en un apartamento del decimotercer piso de un edificio alto en Madrid. No sabía nada de calles ruidosas ni de parques del Retiro, ni de la bocina de los autobuses de la EMT. Su existencia era una oda a la verticalidad: paredes blancas, ventanales inmensos y un cielo sorprendentemente a mano, mientras la Gran Vía quedaba lejana.

Era un gato casero.
Pero no era un gato solitario.

Desde pequeño, Simón aprendió a descifrar el mundo a través de un vidrio impecable. Miraba las luces de la ciudad encenderse cada atardecer, como guirnaldas eléctricas; seguía con la mirada a las palomas kamikazes y dormía hecho un ovillo al sol, como si la altura fuera un seguro para gatos.

Su humano, Gonzalo, teletrabajaba y hablaba poco. Quería mucho a Simón, de esa forma discreta y seria, sin abrazos de película. El gato pasaba largas horas en compañía únicamente del rumor de Madrid allá abajo.

Hasta que apareció Manuel.

Manuel era limpiador de cristales, con 43 años, manos curtidas y una risa fácil que ni Hacienda había conseguido borrar. Cada miércoles, con una puntualidad que ni los trenes de Renfe soñaban, bajaba su plataforma por el lateral del edificio, colgado como si las alturas fueran cosa cotidiana.

La primera vez que Manuel descendió al piso 13, Simón dormía la siesta. Pero el sonido rítmico de la raqueta lo despertó. Parpadeó. Una vez. Dos.

Y ahí estaba.

Un señor flotando en el aire.

Simón se acercó con prudencia. Se quedó sentado ante la ventana, con la cola enrollada. Observó cómo el hombre limpiaba con esmero, tarareando Despacito a su ritmo, algo que el gato sentía pero que los vecinos agradecían no oír.

Manuel levantó la mirada y se encontró con dos ojos dorados atentos.

¡Hombre, buenas, chaval! dijo, con una sonrisa madrileña.

Simón no entendía el castellano, pero sí el tono.

Ese miércoles, Manuel dibujó una carita sonriente en el vaho del detergente, sin pensárselo. Simón saltó y puso la pata en el vidrio.

Manuel se partió de risa.

Y así empezó el juego.

Cada miércoles, cuando la plataforma rozaba el piso 13, Simón ya esperaba. No importaba lo hondo de su siesta: tenía un reloj interno mejor que cualquier cuco suizo.

Se plantaba delante del ventanal, en tensión de chiste.

Manuel jugaba como si no hubiera problema ni pandemia. Movía la raqueta de lado a lado, hacía muecas dignas de carnaval, dibujaba corazones y algún que otro churro. Simón perseguía cada movimiento con una seriedad casi de funcionario. Saltaba, se contorsionaba y se estiraba hasta parecer la escultura de un gato de museo.

Durante diez minutos, Madrid desaparecía.

Para Manuel, esos minutos eran el cable a tierra. Había perdido a su mujer años atrás, en un accidente tonto de bici eléctrica, y desde entonces su vida era un trámite. El gato, sin saberlo, le salvaba la semana.

¡Hasta el miércoles, figura! decía al despedirse Manuel.

Simón no sabía de futuros, pero sí de costumbres.

Un día, Manuel no apareció.

Simón esperó.

Se sentó ante la ventana desde temprano. Caminaba inquieto. Maullaba bajito, desconcertado. Cuando la plataforma descendió fue diferente, su corazón de gato dio un brinco.

Pum, a la ventana.

Pero no era Manuel.

Era otro. Más joven, barba milimétrica, sin una mísera sonrisa. No miró dentro. No saludó. Limpiaba y siguiente.

Simón se quedó quieto.

Después, se marchó con la cola por los suelos.

Ese miércoles el sol siguió ahí, pero algo en Simón se había arrugado.

Manuel no volvió en seis meses.

No fue por gusto. Fue una guerra.

Una neumonía bestia lo llevó a La Paz, primero por días y luego por semanas. Los médicos dudaban. Manuel pasaba noches enteras mirando el gotero, pensando en cosas bobas que ahora parecían importantes: el olor a amoniaco, el ruido del viento a 13 pisos, el minino negro que le miraba como si importara.

¿Sobreviviré? se preguntaba. ¿Y si sí para qué?

Mientras tanto, Simón dejó de esperar en la ventana.

No porque olvidara.

Sino porque aprendió que esperar a veces duele.

Dormía más. Jugaba poco. Gonzalo se fijó, pero no puso nombre a la pena.

Será que se hace mayor dijo.

Pero Simón estaba de luto.

Cuando por fin Manuel se recuperó, volvió al tajo, aún flojo y con el alma oxidada. El jefe le sugirió más baja.

Necesito volver fue su respuesta. Solo un día.

Ese miércoles subió a la plataforma temblando de manos.

¿Y si se ha mudado? pensó. ¿Y si el gato ya no me recuerda?

Al llegar al 13, el piso estaba tranquilo. Simón dormía hecho bola en el sofá.

Manuel dio golpecitos en el cristal.

Toc, toc.

Simón levantó la cabeza como un resorte.

Le brillaron los ojos como si viera un espectro.

Corrió.

Se estampó contra la ventana, maulló tan alto que Manuel lo oyó tras el doble acristalamiento, restregó la cara en el cristal y ronroneó como nunca.

Manuel se echó a llorar.

Apoyó la mano en el vidrio.

Simón puso la patita encima, en el mismo sitio.

Gonzalo hizo una foto.

La subió, con texto breve:
Después de seis meses, mi gato ha recuperado a su mejor amigo.

Internet ardió.

Miles compartieron la historia. Lloraron. Recordaron pérdidas y esperas.

Simón y Manuel simbolizaron algo tan simple que casi nadie sabe explicar, pero todo el mundo entiende.

Que el cariño no tiene idioma.
Que la amistad pasa del género y la especie.
Que el vidrio, la altura, el tiempo no siempre separan.

Días después, Gonzalo recibió un mensaje privado.

Era Manuel.

Le contó su historia. El hospital, la neumonía, el bajón anímico.

No sé si habría salido adelante sin ese gato escribió. Necesitaba saber que alguien esperaba mi vuelta.

Gonzalo leyó con lágrimas.

Aquella noche observó a Simón dormir y entendió algo nuevo:

Simón no esperaba a Manuel.

Lo sostenía.

Manuel volvió a limpiar ventanas.
Simón siguió en su piso 13.

Cada miércoles, durante diez minutos, Madrid se detenía.

Y aunque nunca lograron tocarse de verdad, ambos sabían lo que muchos olvidan:

La amistad no precisa cercanía.
Solo presencia.

Porque hay lazos que no rompe ni el tiempo, ni la altura, ni un cristal.

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MagistrUm
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