A mis 54 años he tenido tres citas: con mujeres de 37, 45 y 58 años. Esto es lo que he aprendido
Mi amigo Jacinto tiene 54 años. Ha estado casado dos veces y ya tiene hijos mayores. Tras su último divorcio, vive en Madrid, trabaja, cuida de su salud y no teme abrirse a nuevas relaciones. Hace poco, compartió conmigo la experiencia de sus tres últimas citas, que le dieron mucha claridad.
Primera cita 45 años: «¿Dónde está tu coche?»
Ella se mostraba muy arreglada, segura y la conversación fluía con facilidad. Sin embargo, en cuanto descubrió que Jacinto no tenía coche propio, su actitud empezó a cambiar.
«¿Y tú cómo te diviertes sin coche?»
«¿Y si llueve, qué haces?»
«¿Cómo vas entonces de compras al centro comercial?»
Una y otra vez salían las mismas preguntas, hasta que fue evidente que lo que le interesaba no era la persona, sino su posición. Jacinto simplemente sonrió:
«Si para alguien importa más el metal que el alma, desde luego no es para mí.»
Reflexión: La seguridad en apariencia no siempre implica madurez interior.
Segunda cita 37 años: «Me gustan los hombres mayores»
Era joven, enérgica, con dos hijos y pagando una hipoteca. Admitió abiertamente que buscaba “un hombre fiable”. Jacinto pronto comprendió que se trataba más de estabilidad que de sentimientos. Aun así, la charla fue cálida y agradable.
«Fue divertido, pero no me hice ilusiones. A veces está bien sentir que interesas, sin más planes.»
Reflexión: La juventud es chispa, pero no siempre hay profundidad.
Tercera cita 58 años: «Ahora me debes una»
La cita comenzó de maravilla: mujer activa, elegante, buena conversación, bromas compartidas y respeto mutuo. Pero al día siguiente, recibió una llamada:
«Vamos al pueblo, que hay que limpiar la nieve del tejado. Ya estamos saliendo.»
Jacinto se quedó sorprendido.
«Ayudar, claro que sí. Pero cuando suena a orden, pierde todo el encanto.»
Reflexión: La independencia está muy bien, pero un tono autoritario puede romper hasta el mejor de los ambientes.
Lo más importante que entendió Jacinto
Las tres mujeres tenían su encanto y su propia historia de vida. Pero Jacinto sacó una conclusión esencial:
«Ya no busco tormentas en mi vida. Prefiero a mi lado alguien con quien la calma y la honestidad sean la norma. Donde no haya juegos ni presiones.»
Después de los cincuenta, la ilusión no desaparece; simplemente madura. Y, puede que entonces, llegue la oportunidad de encontrar el amor real: sin espejismos, pero con calidez.





