Begoña López corría de habitación en habitación, intentando meter en la maleta los objetos imprescindibles. Sus movimientos eran febriles, como si una sombra la persiguiera. El aire salió de sus pulmones con un silbido, y los dedos no lograban cerrar la hebilla de la bolsa desbordada. Hace una hora había recibido una llamada del centro de salud: la voz sorprendida del director del Hospital Universitario La Paz resonaba en el auricular, intentando comprender la causa de su repentina liberación. La dejaron ir sin preguntas, pero una ola de incomprensión quedó suspendida en el aire, y Begoña no tenía fuerzas ni ganas de responder.
No quiso explicar nada. La idea de vocalizar en voz alta lo ocurrido le parecía insoportable. En su memoria surgía la historia de su encuentro con Antonio García, pintada con colores vivos que ahora se tornaban amargos. Se conocieron cuando Begoña todavía hacía prácticas en el Hospital General de Madrid. La chispa que cruzó entre ellos se encendió en un fuego voraz. No tardaron en celebrar una boda sencilla pero sincera. Después Begoña se incorporó al centro de salud, y acordaron que primero debían ponerse en pie, construir una carrera, y después pensar en hijos. Primero: estabilidad. Lo demás, el tiempo lo diría.
El tiempo avanzaba, y la frase no es momento se volvió automática. Begoña a veces insinuaba casi sin esfuerzo a su marido que anhelaba escuchar risas infantiles en casa, pero él siempre desviaba la conversación hacia la inestabilidad y los problemas. Ahora, al recordar esos momentos, sentía un nudo caliente y pesado en la garganta.
Su mundo se desmoronó con la traición de su amiga Verónica, la misma en quien Begoña confiaba todos sus secretos y sueños. Ayer, con una claridad cruel, comprendió que Verónica nunca había sido una amiga auténtica. Cancelaron su guardia nocturna en el último momento y, impulsada por la posibilidad de preparar una pequeña sorpresa, decidió volver a casa mucho antes. Insertó la llave en la cerradura, abrió la puerta y quedó paralizada en el umbral, como golpeada por un soplo invisible.
Desde el salón se oía una risa femenina y tintineante, familiar como una canción de cuna.
Siempre me sorprendes, dijo Verónica, con una ternura que rezumaba. ¡Ni me imagino qué inventarás la próxima vez!
Todo es por ti, mi alegría, respondió una voz masculina, conocida y a la vez extraña. Eres mi universo. Movería montañas sólo para ver tu sonrisa
No podía seguir escuchando. Cada palabra se clavaba en su corazón como una aguja. Begoña retrocedió lentamente, dejando la puerta entreabierta, y descendió los escalones como una sombra sin sonido.
Aquella noche la pasó sin sueño, sentada en la sala de guardia vacía, mirando a un punto fijo. Los pensamientos le desgarraban el alma en pedazos, pero al alba surgió una decisión fría y cristalina: se iría. Desaparecería.
Para todos los que la conocían. Para el mundo que le había causado tanto dolor.
Tenía un lugar donde nadie jamás podría hallarla. Hace mucho, su abuela le había legado una casita robusta en un lejano pueblo de la provincia de Segovia, casi desconocido para los demás. Tras la muerte de su madre, Begoña se había mudado con su padre, y el camino a aquel rincón quedó olvidado para siempre. Ahora, ese olvido se convertiría en su salvación.
Era hora de rememorar aquel refugio.
En unas horas, la maleta quedó finalmente repleta. Observó su piso: antes estaba lleno de luz y alegría, ahora se presentaba gris y desolado, como un lodazal que había devorado toda su fe en la gente y en el amor.
De mi alma no queda ni rastro, susurró al silencio, y esas palabras se convirtieron en sentencia.
Dos días después, Begoña ya estaba en el pueblo. En el trayecto desecharía para siempre la vieja tarjeta SIM y compraría una nueva, desconocida para cualquiera. No quería que nadie, por mucho que fuera, pudiera rastrearla.
La casa la recibió con un silencio profundo y el perfume a madera vieja y hierbas secas. Al abrir el portón crujiente, Begoña sintió una ligereza inesperada, casi sin peso. Aquí nadie la heriría. Aquí comenzaba una nueva vida.
Pasaron dos semanas. Begoña se fue recuperando poco a poco. Los vecinos, gente sencilla y honrada, resultaron ser extraordinariamente hospitalarios; ayudaban con lo que podían, sin preguntas innecesarias. Juntos repararon el tejado, arrancaron la maleza del patio. El calor de su compañía hizo que el corazón de Begoña se descongelara y el dolor retrocediera lentamente.
Pero el destino reservaba otra prueba, una que pondría a prueba su fortaleza.
Una mañana, en la puerta apareció Valentina, la vecina temblorosa de miedo.
Begoña, querida, perdona, hoy no podré ayudar en el huerto; ¡ha surgido una urgencia! Mi Marieta su vientre le da vueltas, no puede retener ni un sorbo de agua, y sus ojos parecen ajenos.
Necesita una succión intravenosa urgentemente, contestó Begoña con precisión de médica. La niña sufre una deshidratación severa, es peligroso.
¿Una succión? ¡Ni siquiera hay un médico normal aquí! gesticuló Valentina, casi llorando.
Afortunadamente, Begoña llevaba siempre consigo una pequeña pero bien equipada bolsa de primeros auxilios. Instaló la succión a la niña, y en unas horas la mejoró. Al atardecer, Marieta esbozó una leve sonrisa y pidió beber.
Al día siguiente, todo el pueblo sabía que la nueva vecina, Begoña, no era solo una ciudadana, sino una verdadera doctora. No había forma de ocultar su profesión.
En ese momento comprendió que no podía renunciar a su vocación. Sólo al ayudar a los demás, entregando una parte de sí, sentía que la vida volvía a tener sentido, auténtico y pleno, y no un vacío sin rumbo.
Un mes más tarde, Begoña comenzó a trabajar oficialmente en el centro de salud del pueblo, el mismo FAP donde nadie quería permanecer mucho tiempo. Para ella se convirtió en un refugio, una salida, un esconderijo donde podía volver a escribir su historia como en una página limpia.
El tiempo siguió su curso, los meses se sucedían.
Una madrugada, la llamaron por una niña con fiebre alta. El viejo pero bien cuidado portal se abrió y apareció un hombre.
Buenos días, soy Damián, se presentó con una ligera nerviosidad. Por favor, ayude a mi hija.
Begoña lo miró brevemente; sus ojos profundos y su voz segura quedaron grabados en su memoria. Pero, tras los hechos vividos, los hombres ya no ocupaban espacio en su corazón; estaba bien cerrado.
Llévame a ella, respondió, recuperando su concentración profesional.
La pequeña yacía bajo una manta de retazos, pálida, caliente, pero extrañamente confiada; sus enormes ojos azules le miraban directamente al alma.
Tiene fuertes sibilancias, diagnosticó Begoña tras examinarla. Necesitará ciertos fármacos que sólo se consiguen en la ciudad. Por favor, llame a su esposa, le explicaré el tratamiento
No tengo esposa, murmuró Damián. Yo crío a Oriana. Su madre falleció al nacerla.
Al ver a la niña de nuevo, algo se encogió en el pecho de Begoña. Qué injusto el mundo Años había suplicado a su anterior marido por un hijo, y ahora una desconocida, una niña ajena, derretía lo que creía muerto.
Con ternura tocó la frente de la pequeña:
Te vas a recuperar, princesita. Yo cuidaré de ti.
Oriana apenas esbozó una sonrisa, y esa sonrisa valía más que cualquier palabra. Damián agradeció con un gesto de ofrecerle transporte cada mañana. Begoña intentó rechazar educadamente, pero algo en su interior la detuvo; la sinceridad de su voz no tenía falsedad. La niña ya se había instalado en su corazón para siempre.
De acuerdo, aceptó tras una pausa. Gracias.
El tiempo siguió fluyendo. En el pueblo reinaba una vida lenta y apacible. Begoña se sentaba en una vieja banca frente a su casa, con una taza de té de hierbas fragante entre las manos. De repente, Damián se acercó, la abrazó por los hombros y rozó sus mejillas con un beso.
Amor mío, susurró con delicadeza. Eres mi siempre.
Begoña sonrió, cerró los ojos y sintió el calor de sus manos. Oriana salió del porche saltando como una gacela, y Damián, riendo, corrigió:
Perdón, no mía, sino nuestra.
Ambos rieron, y su risa se fundió con la infantil en una única melodía de felicidad.
Pasó un año entero. Fue el período más tranquilo y luminoso de su vida. Gracias a Damián y a Oriana, se atrevió a regresar a Madrid para firmar los papeles del divorcio. Su exmarido y Verónica ya vivían juntos; no les importaba su regreso, lo cual resultó doloroso pero liberador. Firmó, salió del juzgado y no miró atrás.
Ahora su existencia era otra: llena de nuevo sentido, confianza y luz. Volvía a creer en la gente, a amar de nuevo, y a permitirse ser amada. Todo ese gozo había brotado del pequeño y olvidado caserón que su sabia abuela le había legado.
Begoña exhaló suavemente, apoyó la palma sobre la firme mano de Damián.
Nos espera toda una vida, sonrió, mirando sus cálidos ojos.
Te quiero, respondió él, aprisionando sus dedos. Eres mi inspiración, mi tranquilo puerto.
Fuera, la tarde rozaba el cielo con tonos de melocotón y lavanda. El río cercano susurraba sus aguas, arrastrando las viejas angustias. En aquel silencio nacía una nueva música: la música del amor que había sobrevivido al dolor. Dos almas que alguna vez se perdieron ahora se unían para protegerse mutuamente.
Y esa es la mayor verdad del verdadero hogar: no se construye con ladrillos, sino con confianza, apoyo y un entendimiento sin palabras.





