No sé si te acuerdas de Inés, la niña que nunca llegó a conocer a su padre. Su papá la dejó a su madre embarazada y, cuando ella tenía un año, la madre falleció. Poco después le diagnosticaron un cáncer terminal y se fue como una vela que se apaga.
Inés quedó al cuidado de su abuela, Doña Dolores, la madre de su madre. El marido de Doña Dolores había muerto joven, así que ella dedicó toda su vida a su hija y a su nieta. Desde el primer día surgió entre Inés y su abuela una conexión espiritual muy fuerte; Doña Dolores siempre sabía lo que Inés quería antes de que ella lo dijera, y se entendían sin palabras.
Todo el barrio de Lavapiés adoraba a Doña Dolores, desde los vecinos hasta los profesores del colegio. Nunca hablaba a espaldas de nadie, nunca se metía en chismes y la gente acudía a ella en busca de consejos. Inés estaba feliz de tener a esa abuela tan especial.
En cuanto a la vida amorosa de Inés, nada le salía. Entre el instituto, la universidad y el curro, siempre estaba corriendo de un lado a otro. Salían algunos chicos, pero nunca era el indicado. Doña Dolores le decía, ¡Venga, Inés, que te vas con cualquier chaval! ¿No tienes ya a un hombre decente? Eres una belleza y muy lista. Inés respondía con humor, pero en el fondo sabía que ya pasaban los treinta y era hora de pensar en una familia.
Una noche, Doña Dolores murió inesperadamente; no despertó y el corazón le dejó de latir mientras dormía. Inés se quedó en shock, no podía creer lo que había pasado. Seguía yendo al trabajo y a los supermercados, pero todo lo hacía en piloto automático. En casa sólo le quedaba su gata Mimi, y la soledad la consumía.
Al día siguiente, Inés iba en el cercanías leyendo un libro. Se sentó frente a ella un hombre de unos cuarenta años, bien vestido y de aspecto agradable. La miró fijamente y, extrañamente, eso le hizo sentirse cómoda.
Empezó a hablarle de literatura; Inés podía hablar horas de eso. Esto es como en Los amantes del círculo polar, pensó. Cuando estuvo a punto de bajar del tren, él, llamado Alejandro, le propuso seguir la charla en una cafeterita de la Gran Vía. Inés aceptó encantada.
Desde entonces se armó un torbellino de romance. Se llamaban a diario, se enviaban mensajes, pero se veían menos. Alejandro estaba siempre ocupado con el trabajo y evitaba hablar de su pasado, su familia o su cargo. A Inés no le molestaba; por primera vez se sentía feliz con un hombre.
Un fin de semana, Alejandro le invitó a cenar a un restaurante en el centro y le dio a entender que sería una velada especial. Inés comprendió que tal vez le pediría matrimonio. Se puso como en las nubes; por fin tendría marido, hijos, todo lo que siempre había soñado. ¡Qué lástima que la abuela no llegara a ver esto!, pensó.
Esa noche, recostada en el sofá, empezó a buscar el vestido perfecto en una tienda online y se quedó dormida entre telas y precios en euros.
De repente, vio entrar a Doña Dolores con su vestido favorito, se sentó en el sofá y le acarició la cabeza. Inés, sorprendida, le preguntó: ¡Abuela, pero tú no estás aquí! ¿Cómo? Doña Dolores respondió: Inés, cariño, nunca me he ido de tu lado. Te veo y te oigo siempre. No te cases con ese hombre, es malo, escúchame. Y con esas palabras se desvaneció en el aire.
Inés se despertó desconcertada. Pensó que había sido solo un sueño, pero la advertencia la dejó inquieta. No sabía por qué su abuela la había tachado de malo a Alejandro, a quien apenas conocía. Sin decidir nada, volvió a dormirse, con la incertidumbre rondándole la cabeza.
El gran día se acercaba. El vestido nunca se decidió; la ropa le caía de las manos y la frase de Doña Dolores repetía en su mente. Inés nunca había creído en los sueños proféticos, pero ahora la conexión espiritual con su abuela parecía real.
Llegó el sábado y, con un vestido sencillo, Inés entró al restaurante. Alejandro notó de inmediato que algo no estaba bien. ¿Qué pasa, amor?, preguntó. Nada, todo bien, respondió ella, mientras él intentaba animarla con bromas.
Al final de la cena, como sacado de una película, Alejandro se arrodilló y le entregó una cajita con un anillo. En ese momento, la cabeza de Inés dio vueltas, el ruido en los oídos aumentó y volvió a ver a Doña Dolores mirando por la ventana. Inés interpretó eso como una señal. Lo siento, Alejandro, no puedo. ¿Qué he hecho mal?, le preguntó él. Nada, es que siempre he confiado en mi abuela, respondió ella y salió corriendo del local.
Alejandro la alcanzó, los ojos llenos de furia. La agarró, la gritó: ¡Pues no quieres casarte conmigo, pues qué, te quedas con tu gatita Mimi! ¡A nadie le importas, gallina!. Luego se marchó, dejando a Inés temblando.
Al día siguiente Inés fue a ver a su antiguo compañero de clase, Andrés, que trabajaba en la Policía Judicial. Le pidió que investigara a Alejandro, dándole foto y datos. Andrés le devolvió la llamada con la noticia: Inés, lo siento mucho, pero Alejandro es un estafador. Se casa con mujeres solteras, les hace firmar hipotecas, se lleva los créditos y después las echa de sus pisos. Ya tiene varios antecedentes. Has tenido suerte en escapar a tiempo.
Inés se quedó con la boca abierta. ¿Cómo supo Doña Dolores de todo eso? Milagro, sin duda. Gracias, abuelita, por no abandonarme y salvarme de este desastre, pensó.
Compró en el supermercado comida para Mimi, pagó con billetes de 20 euros y volvió a casa con paso ligero, sabiendo que ya no estaba sola. Con la certeza de que su abuela siempre está cerca, como un ángel guardián que nos vigila y protege.
Dicen que las almas de los que amamos nos observan y nos ayudan después de partir. Se convierten en nuestros ángeles custodios, cuidándonos de los peligros. Ojalá sea verdad, porque eso me daría un poco de paz.





