— ¿Qué has traído hoy para comer, Juanito… queso de oveja o cuajada? ¿También te has traído el tomat…

¿Qué has traído hoy de comer, Marcelino queso manchego o cuajada? ¿Te has traído también el tomate con sal? Así se burlaban sus compañeros de clase de él.

Pero la maestra estaba a punto de darles una gran lección.

Era el recreo.
En el aula había bullicio, risas, el crujir de los papeles arrugados y el aire olía a bocadillos abiertos a toda prisa.

Marcelino se sentaba en su pupitre, más retraído que de costumbre.
No porque no quisiera hablar
sino porque desde pequeño se había acostumbrado a no molestar.

Abrió su mochila despacio, como si hasta el crujido de una bolsita pudiera resultar demasiado ruidoso.
Sacó un paquete envuelto en un simple papel, algo grasiento por los lados
y lo dejó sobre su cuaderno.

Entonces, desde una mesa del fondo, se oyó una voz:
¿Qué traes hoy de comer, Marcelino? ¿Queso manchego o cuajada? ¿Has traído el tomate con sal?

Y después risas.
Risas que para quienes las hacen parecen inofensivas,
pero para quien las recibe, son como piedras directas al alma.

Marcelino se quedó helado.
No era la primera vez.

Desde que llegó a segundo de primaria, Marcelino era el chico del pueblo.
El de ropa sencilla.
Con las manos a veces agrietadas por el frío.
Los zapatos gastados.
El hablar tranquilo y suave.
Y, sobre todo
el que a veces olía a paja, a granero, a trabajo.

Para ellos resultaba gracioso.
Para Marcelino era su vida.

Sus padres eran trabajadores.
Se dedicaban al campo, tenían algunas ovejas, un pequeño huerto y una corral donde cada día comenzaba antes de salir el sol.

Marcelino no se levantaba solo para ir al colegio.
Se levantaba para ayudar.
A veces traía agua.
A veces recogía leña.
A veces veía a su madre con manos enrojecidas por el frío y las mejillas quemadas por el viento, pero diciendo siempre lo mismo:
Vete, hijo estudia solo los libros te sacarán del esfuerzo.

Y Marcelino estudiaba.
No por las notas.
No por los halagos.
Sino porque era su única esperanza.

Mientras los demás niños jugaban por la tarde, él hacía los deberes bajo la luz tenue de la cocina.
Con las palmas todavía oliendo a tierra.
A veces con el estómago vacío.
Pero con una determinación que ni él sabía explicar.

Y aún así
en el recreo era siempre el blanco de las bromas.

Mirad a Marcelino, otra vez comiendo queso de oveja.
Oye, ¿le has puesto sal al tomate?
¿Has traído las ovejas a clase?

Se reían.
Marcelino no decía nada.
Se mordía el labio, bajaba la mirada y se concentraba en su comida.

Porque él conocía una verdad que los otros ignoraban:
no todos los niños tienen la suerte de tenerlo todo.
Algunos solo tienen lo que sus padres pueden reunir con mucho esfuerzo.

Pero ese recreo las bromas fueron más crueles de lo habitual.
Un chico se levantó y se acercó al pupitre de Marcelino:
Venga, Marcelino déjanos probar.
¡A ver si es verdad que es queso de oveja!

Otra vez, carcajadas.

Marcelino agarró el paquete con las dos manos.
No por miedo
sino por vergüenza.
Una vergüenza que no pertenece al niño
sino a una sociedad que olvida lo que significa ser persona.

Y justo entonces
la puerta del aula se abrió.

Entró la maestra.

No alzó la voz.
No armó escándalo.
Pero su mirada atravesó la clase como un cuchillo.

Escuchó las palabras, vio las risas, vio el paquete apretado en las manos de Marcelino.

Por un momento se hizo el silencio.
Un silencio denso
de esos en los que te das cuenta de que has hecho mal.

La maestra se acercó despacio al pupitre.
Marcelino ¿qué tienes ahí? preguntó con dulzura.

Marcelino levantó la vista, con los ojos húmedos pero intentando ser fuerte.
Nada, señora solo la comida

Ella sonrió tristemente.
No es solo comida, Marcelino.
Es el trabajo de tus padres. Es el cariño de tu madre. Es su sacrificio.

Luego se volvió hacia el resto de la clase.
Y entonces les dio a todos una auténtica lección.

Sin gritos.
Sin castigos.
Solo con la verdad.

Debería daros vergüenza dijo calmada pero firme.
Os reís de un niño que come queso de oveja y tomate con sal
pero ¿sabéis cuánta faena hay detrás de un trozo de queso?

Los niños callaban.
Algunos bajaban la mirada.

La maestra continuó:
Marcelino es un buen alumno. Cumplidor. Respetuoso.
No molesta, no se queja, no pide nada.
¿Y le humilláis solo porque no tiene lo que tenéis vosotros?

Hizo una pausa y agregó con una voz que quedó suspendida:
Las personas no se miden por la ropa bonita.
Ni por lo que llevan en la mochila.
Se miden por su bondad.

Miró uno a uno a los niños.
Y si no aprendéis a ser bondadosos ahora
podréis crecer con dinero pero sin alma.

El silencio llenó el aula.

Marcelino mantenía su paquete delante y, por primera vez no se sentía pequeño.

La maestra se inclinó hacia él y le dijo en voz baja:
Come tranquilo, Marcelino.
Y que jamás te avergüence quién eres.

Marcelino asintió.
Y mordió su comida.

Más despacio de lo habitual.
Pero con el corazón más ligero.

Ese día algunos niños guardaron silencio.
Otros se sintieron avergonzados.
Y quizá algunos entendieron.

Pero, sobre todo
Marcelino comprendió que el problema no estaba en él,
sino en el corazón vacío de quienes se mofan del esfuerzo de los demás.

Tal vez esta historia nos sirve a todos
para recordar que detrás de cada niño de pueblo
hay una familia que se deja la piel por salir adelante.

Y que, a veces,
un tomate con sal y un trozo de queso no son motivo de burla
sino amor en su forma más sencilla.

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MagistrUm
— ¿Qué has traído hoy para comer, Juanito… queso de oveja o cuajada? ¿También te has traído el tomat…