Vete, Kike Los platos con la cena fría seguían sobre la mesa. Marina los miraba sin verlos, pero sí…

Los platos fríos de la cena seguían sobre la mesa. Observaba sus siluetas desde el sofá, pero en realidad no veía nada. Solo podía fijarme en los números del reloj, avanzando lento, como si quisieran recordarme a cada minuto lo que sentía. 22:47.

Jaime había prometido llegar a las nueve. Como siempre

El móvil permanecía en silencio.

Ya no sentía rabia.

Todo lo que había sobrevivido dentro de mí ardió y se apagó; solo me quedaba este cansancio helado.

Cerca de las once y media escuché la llave del portal girando en la cerradura.

Ni siquiera me giré. Seguía sentada, envuelta en la manta, la mirada perdida en el mismo punto.

Hola, cariño. Perdona, se me ha alargado todo en el trabajo dijo Jaime y en su voz cansada noté ese tono forzado de quien pretende sonar animado. Siempre hablaba así cuando mentía.

Se acercó, inclinándose para darme un beso en la mejilla. Me aparté de forma casi imperceptible, pero él lo notó.

¿Pasa algo? preguntó, deshaciéndose la bufanda.

¿Recuerdas qué día es hoy? mi voz sonaba bajita, hueca y lejana.

Se quedó quieto, pensativo un instante.

Miércoles. ¿Por?

Hoy es el cumpleaños de mi madre. Íbamos a ir a su casa con la tarta. Dijiste que vendrías.

El gesto de Jaime cambió de inmediato, la sonrisa desapareció, sustituida por una mezcla de culpa y apuro.

Madre mía, Marina, se me ha ido completamente la cabeza. Lo siento mucho, en serio, es que en el trabajo se ha complicado todo. Te juro que la llamo mañana.

Fue directo a la cocina. Oí cómo se afanaba entre la nevera y la vajilla, ruidos que siempre utilizaba para refugiarse de las conversaciones difíciles.

Pero hoy no pensaba dejárselo pasar. Me levanté y fui hacia la puerta de la cocina.

Jaime, ¿con quién te quedaste atrapado hoy en la oficina hasta casi las once de la noche?

Se giró. La mano que sujetaba la leche tembló.

Con el equipo. Estamos lanzando un proyecto nuevo, los plazos son imposibles, ya sabes cómo es esto.

Sí, claro que lo sé asentí. Y también sé que hoy a las tres llamaste diciendo: Elena, lo entiendo, pero tengo que arreglar esto.

Elena. Su exmujer. Ese espectro que llevaba tres años rondando nuestra vida, trayendo aquel aire frío de reproches nunca pronunciados.

Jaime se puso pálido.

¿Me escuchaste?

No era necesario. Hablabas tan alto en el baño que se te oía desde el salón.

Dejó la leche sobre la mesa y se sentó, derrotado.

No es lo que piensas susurró.

¿Y qué se supone que debo pensar? por fin mi voz rompía el silencio con un atisbo de emoción. ¿Que llevas medio año al borde de un ataque de nervios? ¿Que llegas a casa cada vez más tarde? ¿Que me miras como si no estuviera? ¿Estás intentando volver con ella? Dímelo, Jaime. Quiero saber la verdad. A la cara. Puedo con ello.

Miraba sus propias manos, sus manos fuertes, esas que podían arreglar cualquier cosa pero que nunca supieron construir felicidad.

No tengo intención de volver con ella susurró.

¿Entonces? ¿Acaso vuelves a acostarte con ella?

No, Marina. Te lo juro, de verdad que no.

En sus ojos brilló una sinceridad y una angustia que por un instante me hicieron dudar.

Entonces, ¿qué? ¿Qué es eso que necesitas arreglar? ya casi gritaba. ¿Pagas sus deudas? ¿Resuelves sus problemas? ¿Vives su vida en vez de estar aquí, conmigo?

Jaime calló.

Por fin las palabras que tanto tiempo había guardado se desbordaron.

Vete, Jaime. Vuelve con ella si tanto la necesitas. O con quien sea. Arregla tus errores, tus movidas, pero déjame en paz. No quiero más esto. No puedo seguir así.

Me giré para salir, pero él se puso de pie, cortándome el paso.

¡Que no tengo adónde ir! ¡No hay ninguna Elena! Ni ahora ni antes, ¡no lo entiendes! Ni yo mismo sé qué me pasa Solo quiero arreglarlo todo, ¡pero no puedo!

Se apartó, tragando saliva.

No hables en enigmas logré decirle, con voz quebrada.

¿Quieres saber qué arreglo? explotó. ¡Arreglo mi cabeza! O lo intento. Y no me sale. Y cada vez sale peor. Tú no eres ella. Eres más paciente, mejor persona, confiaste en mí cuando ni yo lo hacía. Todo debía funcionar contigo. Y yo debía ser mejor. Nuevo. Pero nada funciona. Una y otra vez la lío: olvido fechas importantes, me pierdo en el curro, aunque sé que me esperas. Me cierro. Veo cómo tu mirada se apaga. Igual que la de ella años atrás.

Guardé silencio.

No quiero buscar a otra persona continuó más tranquilo, me da miedo que todo vuelva a pasar, que vuelva a fallar, hacer daño, que otro alguien termine llorando u odiándome. Nunca aprendí a ser marido. A estar juntos, sin dramas, sin discutir. Rompo todo lo que toco. Por eso nunca vivo, solo ando por la cuerda floja esperando caer. Y tú también te estás volviendo invisible a mi lado.

Esta vez, cuando me miró, sus ojos eran sinceros. Dolían.

Así que no eres tú ni tampoco Elena. Soy yo. El problema soy yo.

Escuché aquellas palabras desordenadas y entendí, con una claridad brutal: Jaime no me había traicionado con otra. Me había abandonado a costa de sus propios demonios. No era un mal hombre, solo un alma perdida que no sabía cómo seguir.

¿Y ahora qué, Jaime? pregunté sin rencor. Ahora que lo sabes, ¿qué harás?

No lo sé respondió, honesto.

Pues arréglalo, pero hazlo tú solo me salió la voz, por fin. Ve al psicólogo, lee, corre, grita haz lo que sea. Pero deja de dar vueltas y buscar la varita mágica que te lo solucione todo. Porque no la hay. Solo queda trabajar en uno mismo. Hazlo.

Sin mí.

Salí de la cocina, pasé por su lado hacia el recibidor y cogí el abrigo.

***

La puerta se cerró. Jaime se quedó solo en aquel piso, con el silencio interrumpido apenas por el golpeteo de la lluvia en la ventana. Se acercó y vio cómo mi silueta se desvanecía en la oscuridad mojada de la calle. Entonces, sintió el peso insoportable de lo que aún le quedaba.

Su vacío ya no era una sombra. Era real, tangible, en esa casa vacía, esa cena fría, sus manos incapaces de retener nada.

Y en vez de salir a buscarme, se sirvió una copa de brandy.

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Vete, Kike Los platos con la cena fría seguían sobre la mesa. Marina los miraba sin verlos, pero sí…