Soledad compartida

SOLEDAD EN COMPAÑÍA

Hace treinta y ocho años, Carmen llevó a su futuro marido, Ignacio, a presentarlo a sus padres. Quería que le conocieran y avisarles de que pensaban casarse.

Sus padres lo supieron en cuanto vieron al joven desconocido en el umbral de la puerta. Hasta entonces, Carmen nunca había llevado pretendientes a casa. Solía decir:

¿Para qué voy a presentar a todos? Si decido casarme, ya los conoceréis.

Por eso, los padres observaban atentamente al muchacho, que, visiblemente nervioso, se sentaba junto a ellos alrededor de la mesa del salón.

Carmen salió de la habitación un momento y su padre la siguió.

Estás cometiendo un error. Ese chico no es para ti.

¿Por qué lo dices? replicó Carmen, poniéndose a la defensiva, ¿porque es agricultor?

No es por eso, aunque también cuenta. Mira, puede que sea buena persona, pero sois completamente distintos. ¿De qué vais a hablar? Te has criado en una familia de militares, tienes carrera universitaria. Él viene del campo, sí, es trabajador, pero muy simple. Se nota enseguida. Si te quedas con él, siempre habrá una palabra entre vosotros: cultura”.

Déjalo, papá. Eso son prejuicios. A mí no me importa su origen, me quiere y es lo importante. Además, nunca es tarde para aprender. Le ayudaré, respondió Carmen segura de sí misma.

Bueno, tú verás. Recuerda el dicho: Quien no escucha a sus padres, vaga toda la vida sin rumbo. Luego no digas que no te lo advertí

La boda se celebra y, pasados los primeros meses de flores y promesas, empieza la rutina. La vida cotidiana.

Por insistencia de Carmen, Ignacio se matricula en un instituto técnico, pero no llega a estudiar nunca en serio. Es Carmen quien le hace los trabajos y se empapa de temarios que ni le interesaban. Ignacio fue un par de veces a los exámenes y pronto dejó los estudios.

¿Para qué lo quiero? Si te hace ilusión, estúdialo tú dice él, despreocupado.

Carmen intentó convencerle. Fue inútil. Ignacio da por hecho que ya sabe lo suficiente y que no va a perder el tiempo en esas tonterías.

Haz lo que quieras resignada, deja los estudios, como prefieras.

Piensa que en el fondo no es tonto. Se ha leído toda su biblioteca, se interesa por política. En el trabajo le valoran. Es cierto que, a distancia, se nota su procedencia rural, pero no es importante. Así le quiere, ¿qué puede hacer?

Con los años, la relación se va complicando. Ignacio no tiene en cuenta las opiniones de su mujer. Está siempre intentando menospreciarla, demostrando quién manda en casa. Delante de otros, dice cosas que Carmen jamás creería posible decir en público. Lo suelta con tanta solidez que a Carmen le dan escalofríos.

A la hora de afrontar problemas, Ignacio es incapaz de tomar ninguna decisión compleja. Todas las dificultades familiares recaen sobre Carmen. Él lo da por hecho:

¿Quieres hacer reforma? Tú sabrás.
¿Hace falta nevera nueva? Ve y cómprala tú.
¿Se ha de cerrar el balcón? ¿Eso a mí qué? Si te interesa, encárgalo tú.

Lo único donde Ignacio no pone pegas es con el huerto de la casa del pueblo. La tierra se le da bien y le gusta. Nada más.

Muchos dirán: “¿No es bastante eso?”. No lo es. La temporada en el campo dura tres o cuatro meses. El resto del año, Carmen hace de mujer y de hombre.

De joven no le prestaba atención. Luego, el peso fue agotando. Ignacio, acostumbrado a que su mujer lo asuma todo, no piensa cambiar. ¿Para qué? Ya le va bien. Nunca le ha traído ni una rosa por el Día de la Mujer. En cuanto a los regalos, un día, muy serio, le soltó:

Ya te he dado lo mejor. Míralas, corriendo por la casa.

Se refería a sus dos hijas.

Carmen nunca rebatió, lo aceptó tal cual. Incluso se excusaba ante sí misma: “No está acostumbrado a dar regalos, en su familia no se estila. Sobreviviré”.

De carácter, Ignacio ya era difícil desde el principio. No sabía, ni quería, conversar con los demás. Al principio, las amigas de Carmen preguntaban si su marido sabía hablar de verdad. Ella lo tomaba a broma.

A él le molestaba que Carmen tuviese trato fácil con todo el mundo. Hablaba mal de sus amistades y parientes, mientras que él no tuvo apenas amigos en toda su vida.

Carmen no solo se encargaba de la casa, también trabajaba. Jamás dependió de Ignacio económicamente. Incluso en épocas duras, encontraba trabajos extra. Sabía que él difícilmente se esforzaría más.

Si necesitas más dinero, trabájalo tú solía decir él.

Ignacio iba a trabajar y, con eso, pensaba que era suficiente.

Con el tiempo, Carmen fue dándose cuenta de que no tenían nada de qué hablar. Veían la vida de forma opuesta. Si a ella le gustaba una película, él la calificaba de tontería. Lo que él veía, Carmen no aguantaba ni diez minutos. ¿Libros, música? Sin comentarios.

Sus caracteres tampoco podían ser más diferentes: ella, generosa, siempre dispuesta a ayudar; él, egoísta, solo pendiente de sí mismo. Comía otra cosa, tenía otros intereses, el cariño se fue enfriando, las hijas volaron del nido. Llevan más de treinta años juntos, pero, en realidad, siempre a solas. Extraños bajo el mismo techo.

Ignacio, por su parte, considera que Carmen se ha vuelto altiva, que no le respeta. Da igual que ella tire adelante con todo: según él, es lo que le toca.

Por eso, a veces, se emborracha y vacía su rencor: contra los padres de Carmen, ya fallecidos, contra su familia. Juzga cada palabra, cada gesto de ella, la insulta y humilla. Y parece disfrutarlo, como si ella no fuese su esposa sino su criada.

Cuando se le pasa la borrachera, ni entiende por qué su mujer le habla con tanta frialdad.

¡Si yo solo he dicho la verdad!

No hay manera de explicarle que es solo su verdad. Otra no puede escucharla, entenderla ni aceptarla.

Ahora mismo Carmen está aquí, sentada ante mí, llorando desconsolada.

Estoy agotada Toda la vida igual, caminando sobre cristales. Nunca sé qué se le mete en la cabeza ni cuándo va a estallar. Estoy harta de buscar compromisos, de ceder, de aguantar. Pero ¿qué hago? ¿Me divorcio? ¿Para qué? Él no se iría nunca. Seguiría martirizándome. Y lo peor: está convencido de tener razón. Cada vez que suelta sus verdades, enfermo semanas. Tengo que recomponerme entera. Después de todo: la familia, las hijas, los nietos ya Busco razones para seguir. Intento hablar con él sin broncas, suavizar lo que puedo. Pero parece que lo ve como una victoria. Y vuelve a empezar, como si nada.

Tengo ganas de gritar Pero ¿qué voy a hacer? Podría irme, pero ¿luego qué? Ignacio, cuando bebe, pierde lo poco de sensatez que le queda. Si no estoy, toda la panda del barrio terminaría ocupando mi casa. Lo ensuciarían todo Ya lo vivimos antes.

Así que me aguanto. Me da pena dejar mi propio hogar a su suerte.

¿Sabes? Mientras crecían las hijas, nuestra diferencia no pesaba tanto, pasaba desapercibida. No había tiempo para reflexionar ni mirar hacia dentro.

Pero ahora, que estamos solos, es insoportable. Dos desconocidos bajo un mismo techo Aunque hayamos compartido treinta y ocho años

Sí Tenía razón mi padre La cultura Siempre está ahí, entre nosotros.

Rate article
MagistrUm
Soledad compartida