Tengo 41 años y nunca he sido infiel a mi esposa. Pero antes de conocerla, no era precisamente un santo: jamás tuve una novia formal y vivía como un hombre libre, disfrutando de la libertad.

Tengo 41 años y jamás, te lo juro, he sido infiel a mi mujer. Pero antes de conocerla, no era precisamente un angelito. Nunca tuve una relación seria, simplemente era un tío libre y vivía como tal. Salía con una, luego con otra, quedaba los viernes con alguien, el sábado fiesta por aquí, fiesta por allá. No tenía que justificarme ante nadie porque nunca prometí nada a nadie.
Curraba en un taller eléctrico en Madrid y ganaba más o menos bien. Después del trabajo, me iba de bares, discotecas, cumpleaños con los colegas. A veces dormía con alguna y al día siguiente desaparecía de su vida. No era porque fuese cruel, es que simplemente no buscaba nada serio. Siempre decía que eso de enamorarse no era lo mío.
Todo cambió el día que conocí a mi mujer. Fue en el Hospital Gregorio Marañón, donde ella hacía prácticas de enfermera. Yo fui a arreglar un problema de enchufes. Me pidió ayuda con uno que no funcionaba y empezamos a charlar. Me preguntó cómo me llamaba, le pregunté yo también, nos reímos y al final de mi turno me dio su número. Le escribí esa misma noche, pero esta vez no como antes, sin flirteos ni gallitos, sino con nervios, como si tuviera quince años.
Las primeras citas fueron sencillas. Paseos por el Retiro, helados en la plaza, tortilla de patatas después del curro. Poco a poco dejé de prestar atención a otras mujeres. No porque ella me obligara, sino porque de verdad no me apetecía fijarme en nadie más. Supe que esta chica no era otra más.
Cuando le pedí que fuera mi novia, fui claro: Si empezamos algo, lo hacemos bien. No quiero medias tintas. Ella me miró seria y soltó: Yo no comparto. Y yo contesté: Yo tampoco. A partir de ahí entendí que la fidelidad no es sólo dejar de mirar a otras, sino cumplir con tu palabra.
Nos casamos sin grandes lujos. Vivíamos en una habitación alquilada con una cama prestada y una cocina pequeña. Trabajábamos todo el día. Ella iba de noche, yo hacía horas extra. No teníamos tiempo para aventuras; sólo teníamos facturas, cansancio y sueños compartidos.
A veces aparecían tentaciones. En el curro, una compañera me enviaba mensajes a medianoche. Me mandaba fotos casuales y decía que yo merecía algo mejor que una mujer cansada. Una vez me esperó en el parking y me propuso irnos a un hostal. Le dije no. Me monté en el Seat y me fui directo a casa.
En una fiesta de un amigo, una chica bastante bebida se sentó a mi lado y empezó a tocarme el brazo. Me levanté, busqué a mi mujer y nos fuimos sin despedirnos de nadie. Preferí parecer borde que cruzar una línea que después no podría borrar.
Mis amigos se parten de risa conmigo. Dicen que antes era vivo y ahora aburrido. Y tienen razón, ya no soy el mismo. Antes vivía sólo para mí, ahora mi vida es con alguien.
Hace poco mi hijo, Javier, me preguntó si había tenido otras mujeres estando casado. Le dije no. Me miró alucinado y me dijo que casi todos sus amigos tienen padres separados por infidelidad. Fue entonces cuando me di cuenta de que mi decisión no sólo afecta mi matrimonio, sino también cómo se forman mis hijos.
Fui mujeriego cuando era libre porque no tenía compromiso. Pero el día que decidí que ella era la mujer con la que quería envejecer, comprendí que la fidelidad no es una jaula, sino una elección diaria. Y hasta hoy te digo, no me arrepiento de elegirla una y otra vez.

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MagistrUm
Tengo 41 años y nunca he sido infiel a mi esposa. Pero antes de conocerla, no era precisamente un santo: jamás tuve una novia formal y vivía como un hombre libre, disfrutando de la libertad.