El martes pasado estuve a punto de pedir el divorcio.
Me quedé sentada en el coche mirando los papeles, convencida al cien por cien de que la chispa se había apagado. Ni rastro de sentimientos, solo un vacío del tamaño de la Plaza Mayor.
En vez de volver a casa, acabé en el piso de mis padres. Buscaba refugio, o quizás solo una excusa para aplazar lo inevitable.
Mis padres llevan juntos 54 años. Una pareja sacada de una foto antigua en blanco y negro: él, exjefe de taller en una fábrica, hombre poco dado a largas, y ella, enfermera jubilada que tiene la habilidad de llevar una casa sin que se note.
Mientras mi padre trasteaba en el garaje con el Seat Panda, yo me senté con mi madre en la mesa de la cocina. Tenía un nudo en el estómago y solté:
Mamá susurré, viendo cómo doblaba las toallas limpias, dime la verdad ¿Después de cincuenta años aún quieres a papá? ¿O simplemente os habéis acostumbrado el uno al otro?
Dejó de doblar. Me miró con una mezcla entre pena y media sonrisa, esa mirada que solo dominan las madres españolas. No contestó al momento. Simplemente me acarició la mano con la suya, transmitiendo esa calma de sabiduría cansada, y siguió a lo suyo.
Una hora después me fui, un poco mosqueada. Me parecía que mi madre no entendía eso tan moderno del vínculo emocional y la necesidad de demostrar sentimientos.
Pero al llegar a mi portal, el teléfono vibró. Un mensaje larguísimo de mi madre por WhatsApp. Ella y la tecnología son como el aceite y el agua, así que ver semejante texto era casi milagroso.
Me lo leí entero sentada en el coche, y cuando llegué al final, las lágrimas me caían a chorros.
Hija mía, mi vida.
Hoy me has preguntado si quiero a tu padre. No te respondí porque el amor no se explica en cinco minutos, ni entre toalla y toalla. Pero quiero que sepas la verdad.
Tu pregunta me hizo sonreír, no porque sea tonta, sino porque la respuesta no es fácil.
¿Le quiero como en 1972? Pues no. Si buscas las mariposas en el estómago, los nervios del primer beso, o los fuegos artificiales de las películas, te diré que eso, hija, ya no lo tengo.
Pero eso no es amor. Eso es adrenalina.
El amor tras toda una vida juntos no es un torbellino. Es raíz.
Ya no es el sentimiento que te quita el suelo bajo los pies. Al revés: es esa seguridad que te sostiene cuando el mundo intenta empujarte.
Esta emoción no me hace palpitar el corazón como la primera vez; más bien me lo apacigua. Ya no me tiemblan las manos; al contrario, este amor es el que me saca de la cama cuando reuma aprieta.
En casa ya no hay grandes sorpresas. Se acabaron los gestos de película. Tenemos algo mejor: nuestros rituales.
El café burbujeando exactamente a las 6:00, porque él sabe que me gusta recién hecho. Discutimos (en broma casi siempre) sobre cómo poner los platos en el escurreplatos o quién dejó la luz encendida en el pasillo.
O cómo él, media dormido, me tapa con la manta cuando toso por la noche.
A tu generación esto le parecerá gris como un día de lluvia en Madrid. Pero en realidad, eso es todo.
A estas alturas no necesito que tu padre me lleve a París ni me regale diamantes. Solo necesito que escuche cuando le digo que me duele la espalda, que me pase un kleenex en silencio cuando lloro viendo las noticias, sin preguntar por qué.
Que no salga del salón cuando estoy triste y ni yo misma me aguanto.
¿Y tu padre? Eso lo hace cada día. Sin esperar medallas, ni gracias. Simplemente está.
Querer a alguien durante cincuenta años no es como en una novela. Es hablar en un idioma secreto que solo entendéis vosotros. Es miraros desde lados opuestos del salón y saber exactamente qué pasa por la cabeza del otro.
Porque compartís cuentas, preocupaciones por los hijos, el duelo por los amigos que faltan y la tozudez de seguir adelante.
Así que, respondiendo a tu pregunta: sí, le quiero.
Pero no al chico que conocí en aquel bar en el 72. Quiero la vida que hemos construido. Amo la tranquilidad de saber que, aunque fuera ruja la tormenta y el mundo esté patas arriba, él es mi refugio.
No busques fuegos artificiales, cariño. Busca a quien se convierta en tu hogar.
Apagué el motor. Rompí los papeles del asiento del copiloto.
Entré en casa, donde mi marido estaba en el sofá, tan agotado como yo.
¿Te apetece un café? me preguntó.
Sí dije. Mucho.
Todo empieza con mariposas. Pero lo que sobrevive son las raíces.






