“¡Calvo, despiértate!” – Mi marido solía despertarme por las mañanas. El año pasado decidí hacer al…

¡Calvita, despierta!solía decirme mi esposo al levantarme cada mañana.

Hace años decidí hacer algo que jamás había pasado por mi cabeza. Una temporada atrás, empecé a notar que el cuero cabelludo se me llenaba de granos, como si fuera un sarpullido, y me picaba terriblemente. Además, el pelo comenzó a caérseme a mechones.

Fui de consulta en consulta, tanto con médicos especialistas de Madrid como con los mejores dermatólogos de Castilla, pero nada pareció funcionar. La doctora me desaconsejó vitaminas, asegurando que a nadie le ayudaban. Después, leí un artículo en una revista donde se decía que raparse fortalecía los folículos pilosos. Estuve largo tiempo sopesándolo, hasta que por fin decidí dar ese paso. Incluso cuando mi hijo me confesó con temor que le asustaría verme calva, seguí adelante con la decisión

Le pedí a mi marido, Alonso, que primero pasara la maquinilla eléctrica por mi cabeza y luego usara la cuchilla. Obedeció, aunque no terminó de creerse que fuese en serio. Cuando por fin me vi al espejo, me sorprendí de lo redonda y perfecta que era mi calavera.

Lo más difícil fue soportar el frío que sentía al salir con la cabeza descubierta. Al poco de empezar a crecerme el pelo otra vez, se quedaba pegado a la almohada y aquello resultaba de lo más incómodo.

Tras afeitarme, Alonso comenzó a despertarme, riendo, con su apodo renovado: ¡Calvita, espabila!Y aquello nos hacía reír a carcajadas, porque, evidentemente, yo era la más calva de toda la familia. Al principio mis hijos se quedaron atónitos, pero luego mi hijo Lucas también quiso parecerse a mí.

Mi madre, Manuela, me prohibió presentarme ante ella hasta que no hubiera vuelto a tener melena, pues decía que no resistiría tal visión. Mi hija Inés me rogaba que no fuese a la reunión del colegio sin boina, y Alonso, con esa calma suya, bromeaba asegurando que si iba sin sombrero, todos olvidarían a qué habían ido, y que las amigas de Inés envidiarían tener una madre tan moderna.

Tras quedarme sin cabello, las erupciones desaparecieron solas como por arte de magia. Inés sigue riéndose de mí y dice que nunca sabe con qué locura puedo salirle. Un día, la escuché contándole a Lucas que seguro que lo próximo sería hacerme un tatuaje en la cabeza rapada

Así eran las cosas en aquellos días: la familia, las bromas, y la calva más famosa del barrio.

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MagistrUm
“¡Calvo, despiértate!” – Mi marido solía despertarme por las mañanas. El año pasado decidí hacer al…