Chaval, no toques el escaparate con esas manos sucias, de todas formas dudo que puedas permitirte es…

¡Chaval, no toques el escaparate con esas manos tan sucias, de todas formas no creo que puedas permitirte ese collar!

Lo dijo alto. Tan alto que, por un instante, hasta el aire de la joyería pareció quedarse quieto.

La luz del techo caía fría sobre el cristal, sobre el oro, las esmeraldas y los diamantes sobre todo aquello que brillaba.

Pero, en realidad, quien más destacaba era él.

Un chico de unos veinte años, con la sudadera raída en los codos, una camiseta fresca manchada de polvo y unas manos agrietadas por el trabajo. Manos de quien no ha tenido tiempo de jugar demasiado porque la vida no le dejó espacio.

Miraba el collar como si no fuera solo una joya.

Lo miraba con ternura. Con emoción. Con esperanza.

Como si dentro de ese collar viviera un universo entero.

La dependienta, una mujer de más de cincuenta años, con el pelo perfectamente recogido y una sonrisa que nunca alcanzaba los ojos, cruzaba los brazos frente al pecho. Lo miraba como una mancha sobre el mármol reluciente.

Chaval, no toques el escaparate con esas manos sucias de todas formas, dudo que puedas pagar ese collar.

Él retiró la mano enseguida.

No porque le avergonzaran sus manos sino porque se sentía pequeño.

No pequeño como hombre.

Pequeño ante el desprecio.

Aun así no se fue.

Tragó saliva, mantuvo la mirada baja un segundo, y luego volvió a mirar el collar.

Porque no había venido a mirar.

Había venido a comprar.

Para su hermana.

Su hermana que no era solo su hermana.

Era todo lo que había tenido nunca.

Ellos dos no tuvieron una infancia con padres que los acunaran.

No tuvieron una madre que les secara las lágrimas ni un padre que les prometiera que todo iría bien.

Tuvieron una puerta pesada de metal.

Un pasillo interminable.

Y un olor a lejía barata mezclado con llanto.

Los dejaron en un centro de menores como quien deposita una maleta olvidada.

Él era pequeño muy pequeño.

No entendía por qué sus padres no venían nunca.

Pero su hermana sí lo entendía.

Y cada noche, cuando apagaban las luces y los demás niños dormían con los ojos rojos, ella lo abrazaba y le susurraba:

No llores yo estoy aquí. No me voy.

Ella le ataba los cordones.

Ella le partía su trozo de pan cuando él tenía hambre.

Ella lo defendía cuando otros se burlaban de él.

Ella le acercaba la mano a la frente cuando tenía fiebre.

Le decía mamá en broma, para que el dolor de la verdad no le pesara tanto.

Cuando él tenía pesadillas, ella lo sujetaba a su lado y le acariciaba el pelo, como una madre de verdad.

En su pequeño mundo, su hermana era su hogar.

Pasaron los años.

Y un día, su hermana se fue del centro.

La adoptaron.

Él entonces no entendía que a veces el bien viene con dolor.

Porque para ella era una oportunidad.

Pero para él era una despedida.

Lloró hasta quedarse dormido con la cara clavada en la almohada, para que nadie lo oyera.

Y el día que ella cruzó aquella verja, lo abrazó con fuerza y le susurró:

Por favor nunca olvides que eres alguien.

Y que te quiero aunque la vida nos separe.

Asintió con la cabeza.

No podía hablar. Tenía un nudo en la garganta a punto de romperle el corazón.

Quedaron unidos por cartas.

Por llamadas escasas.

Por esos Te echo de menos atropellados.

Por la promesa de que algún día todo estaría bien.

Y así fue.

Un día él también salió del centro.

Con una bolsa de ropa, el alma cansada y solo una ambición:

no volver a sentirse nunca más impotente.

Trabajó.

No solo tuvo un empleo.

Trabajó como un hombre, aunque por dentro aún era un niño.

Albañilería. Almacenes. Lavaderos. Lo que fuera.

No importaba cuán duro fuera, solo importaba no regresar nunca al hambre de antes.

Ocurrían días que le dolía tanto la espalda que apenas podía levantarse.

Y noches en que se dormía vestido, con las manos llenas de ampollas y el alma vacía.

Pero no se quejaba.

Porque a diario se repetía:

Por ella.

Dos semanas antes, su hermana lo llamó llorando.

No de tristeza.

De emoción.

Ya tenemos la fecha me caso.

Y tengo miedo ¿sabes?, miedo de estar sola, como antes.

Sintió el pecho tan apretado que no podía respirar.

No estás sola. Me tienes a mí.

Y voy a ir. Te lo prometo.

Ahí se le ocurrió lo del collar.

No quería algo caro para presumir.

Quería algo bonito como ella.

Quería regalarle un símbolo.

Un trocito de luz, por todos los años en que fue su luz.

Ahorró euro a euro.

Renunció a la comida caliente.

Fue andando a todas partes para no gastar en autobús.

Hizo horas extra.

Se exprimió hasta el límite.

Y esa mañana, entró a la joyería.

Con la ropa vieja, sí.

Con las manos sucias, sí.

Pero con el corazón limpio.

Y con sus ahorros ganados honestamente.

Cuando la dependienta soltó aquel comentario, sintió cómo la vergüenza le subía a las mejillas.

No por ser pobre.

Sino porque el mundo le hacía sentirse sucio solo por no brillar.

Miró un momento el collar y dijo, bajito:

No quiero tocarlo solo quiero comprarlo.

La mujer arqueó una ceja, como si acabara de escuchar un chiste malo.

Sí, claro y yo soy la Reina de España.

No sonrió.

No estaba ahí para alimentar su orgullo.

Sacó del bolsillo una bolsita arrugada.

Dentro, los billetes.

Monedas.

Dinero ahorrado gota a gota.

Los fue poniendo uno a uno en el mostrador, con cuidado, como si cada uno fuese un pedacito de su propia vida.

La dependienta miró, y por primera vez se calló.

Al ver que la suma era exacta, palideció.

Él permaneció sereno.

Envuélvalo bonito, por favor es para mi hermana. Se casa.

La mujer intentó recomponerse.

Ah ¿para tu hermana?

Pero él la miró a los ojos y le dijo algo que no podrá olvidar jamás:

Señora mis manos están sucias de trabajo.

No de vergüenza.

Y gracias a ellas mi hermana va a sonreír en su boda.

Después añadió, en voz baja pero firme:

Y quiero que sepa algo

La pobreza no ensucia a nadie.

Lo que ensucia es el desprecio.

Cogió la caja, dio las gracias educadamente y se marchó.

A los pocos días, en la boda, su hermana abrió la caja y rompió a llorar.

No por el collar.

Sino porque comprendió.

Comprendió que aquel niño pequeño, al que abrazaba por las noches en el centro, ya había crecido.

Y no solo se había convertido en hombre.

Se había convertido en alguien digno.

La abrazó delante de todos y ella le susurró:

Tú eres el mayor regalo de mi vida no el collar.

Y él, con los ojos llenos, le respondió sencillo:

Tú me salvaste entonces.

Ahora es mi turno de cuidar de ti.

Y por primera vez después de tantos años

ambos sintieron que ya no eran esos niños abandonados.

Sino dos personas que han sobrevivido.

Juntos.

Si esta historia te ha tocado el alma, deja un y compártela.

Quizá alguien necesita recordar hoy que la dignidad no se lleva puesta en la ropa se lleva en el corazón.

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MagistrUm
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