Me casé para escapar de la pobreza, y ahora vivo en una jaula muy bonita. Tengo 35 años. Cuando tenía 20, no era extremadamente pobre, pero vivía contando cada céntimo. Estudiaba por las noches en la universidad y trabajaba durante el día en una panadería. Llegaba a casa cansado, con los pies hinchados, pensando si ese mes me alcanzaría el dinero para el metro, las copias, la comida y las tasas. Soñaba con una vida más tranquila, no de lujo, simplemente estable.
Entonces conocí a Felipe. Él tenía 40 años, era profesor universitario, siempre impecablemente vestido, con su propio coche, hablaba de viajes, inversiones, seguridad. No me enamoré de inmediato. Me gustaba, sí, pero más que su rostro o la manera en que hablaba, me atraía lo que representaba: descanso, tranquilidad, una vida sin estar siempre sobreviviendo.
Empezamos una relación y desde el principio la diferencia era evidente. Mientras yo miraba los precios en la carta, él pedía sin preguntar cuánto costaba. Mientras yo hablaba de buscar otro trabajo extra, él hablaba de comprar otro piso como inversión. Me decía cosas como: No tienes que vivir tan agobiado, Puedo darte una vida mejor, No quiero que tengas que luchar solo. Esas palabras se quedaron en mi memoria.
Sabía que si terminaba mis estudios mi situación mejoraría, pero también sabía que eso tomaría años. Con él ese salto fue instantáneo. Me propuso matrimonio a los seis meses. No lloré de alegría. Me quedé en silencio. Aquella noche apenas dormí. Pensaba en mi madre, en mis mañanas agotadoras, en nunca más contar monedas, en una casa bonita.
Mi madre estaba en contra al principio. Me decía que era demasiado joven, que él era demasiado mayor, que no me veía enamorado. Yo le respondí que el amor no paga facturas, que estaba cansado de renunciar y que quería algo mejor. Lloramos mucho. Al final aceptó, porque no quería perderme.
Nos casamos un año y medio después de conocernos. Todo fue muy rápido: una casa grande, muebles nuevos, viajes los primeros meses. Subía fotos con sonrisa, pero por dentro me sentía como un actor interpretando un papel escogido no por amor, sino por comodidad.
No puedo decir que Felipe sea mala persona. Es proveedor, responsable, excelente padre para nuestros hijos, ayuda con dinero tanto a su madre como a la mía, está presente en nuestras vidas, no me engaña, no es violento. Él no es el problema. Yo soy el problema. No lo quiero como se quiere de verdad. Lo respeto, lo admiro, le agradezco todo lo que ha hecho, pero no siento ese amor que te revuelve por dentro.
Su manera de vivir es diferente. Se acuesta pronto, no le gusta salir mucho, prefiere planes tranquilos, no quiere cambios. Yo aún quiero viajar, reírme a carcajadas, improvisar, sentir mariposas. Pero me adapto. Siempre me adapto.
Hay noches en las que me tumbo en una cama enorme, con aire acondicionado, silencio y comodidad, y siento una extraña vacío. No es tristeza, sino la sensación de que vivo la vida correcta, pero no la vida que me hace feliz. Cocino en una cocina preciosa, llevo a mis hijos a buenos colegios, no me falta nada material pero a menudo me faltan emoción, ganas, ilusión. Me dice Te quiero y yo respondo Yo también, pero dentro de mí mi voz suena diferente.
A veces me pregunto qué habría pasado si me hubiera quedado solo, si hubiera terminado mi carrera sin atajos, si hubiera esperado otro tipo de amor. A veces me siento culpable incluso por pensarlo, porque hay personas que darían todo por esta estabilidad. Y en ese instante surge la culpa: no tengo derecho a quejarme, pero tampoco puedo mentirme.
Hoy, al escribir esto, me doy cuenta de que la felicidad no puede comprarse ni garantizarse. Mi lección es que el confort exterior no siempre llena el interior, y que adaptarse no significa resignarse. Tal vez aún pueda encontrar esa chispa, aunque sea dentro de esta jaula bonita.





