Vete y no vuelvas nunca más — Vete, ¿me oyes? – susurraba Mijaíl entre lágrimas – ¡Vete y no regrese…

Vete y no regreses nunca
Vete, ¿me oyes? susurraba llorando Miguel, con la voz rota, como si hablara pero el eco fuese de otro mundo. Vete y no vuelvas jamás. Nunca.
Con las manos temblorosas, el chico liberó el pesado collar de hierro y tiró de Tilda hacia la verja, abriendo de par en par el portón, intentando empujarla hacia la carretera, desdibujada por la bruma.
Ella no comprendía qué ocurría.
¿De verdad la estaban echando? ¿Pero por qué? Si ella no había hecho nada…
Vete, por favor repitió Miguel, abrazando fuerte a la perra. No puedes quedarte aquí. Él volverá pronto y entonces…
En ese momento, la puerta de la casa se abrió de un golpe, y en el umbral apareció Santiago, borracho, blandiendo un hacha que parecía de teatro y de pesadilla.

*****

Si las personas pudieran intuir, aunque fuera un segundo, la pesadez existencial de los perros que de pronto se ven arrojados a la calle, tal vez todo sería distinto.
Tal vez entonces mirarían a esos vagabundos de cuatro patas con la ternura con la que se contempla una canción triste, y no con la repulsión habitual de una plaza cualquiera de España.
Pero ¿cómo saber lo que cruzan los canes, por qué infiernos caminan, si nadie puede traducir sus lamentos secretos? Ellos no declaran sus penas.
Callan. Todo lo guardan en su pecho mullido y noble.
Pero yo he tenido un sueño donde le contaba a alguien esta historia. Una historia de amor, traición y lealtad con la lógica extraña de las siestas largas…
Y así comenzaba: a Tilda nadie la quiso desde pequeña.
No se sabe a ciencia cierta por qué descontentó a su primer humano, si tal vez nació con la luna equivocada o si aquel hombre simplemente no sabía amar.
El caso es que, siendo sólo una cachorra de dos meses, la metieron en un SEAT Pandita, la llevaron hasta la carretera nacional, cerca de una aldea castellana perdida entre viñedos…
…y la dejaron en la cuneta. Solo eso.
Ni siquiera se molestaron en buscarle un lugar al sol entre las casas blancas del pueblo donde, con suerte, alguna anciana le habría dado pan y leche.
Fue abandonada al borde de la autopista, en ese territorio entre la velocidad y el silencio.
Por la carretera pasaban Audis, autocares, camiones de fruta y hasta alguna patrulla de la Guardia Civil, todos a tal velocidad que parecía que la realidad misma se doblaba.
Un paso en falso y la vida de Tilda acabaría antes de hacerse audible.
Quizá era lo que quería su dueño; que el azar hiciera lo que él no podía decidir.
Si no, tampoco había mucha esperanza: sin agua, sin comida, el hambre habría podido con ella. Era muy pequeña aún, tan pequeña como una idea frágil.
Pero aquel día la suerte cambió en forma de bicicleta.
Ese día, Miguel, con su camiseta del Atlético de Madrid, recorría por vez primera la carretera nueva estrenada hace un mes.
Era el mejor regalo que podía recibir para su decimocuarto cumpleaños: una flamante Orbea azul.
Nada de salirse del pueblo le gritó su madre, Mercedes, desde la ventana, mientras él daba pedales con el mundo entero por delante. ¡Has oído, hijo!
Sí, mamá… ¡Pero sólo la carretera, ya vuelvo!
Pero Miguel se salió. Esas cosas pasan en los sueños.
Las calles del pueblo, hundidas de baches y de historia, hacían imposible cualquier proeza ciclista: eran más trampa que camino, rotas como el paisaje de una pintura negra.
El asfalto nuevo llamaba como llama el mar a los que nunca lo han visto.
Menos coches habría, y, en domingo, el campo de Castilla dormía el letargo del sol.
Casi en la curva para regresar, Miguel vio algo raro moverse al borde del mundo: la cachorra, yendo de un lado a otro en locura.
Corría hacia los coches, saltaba hacia atrás en el último instante como un bailarín asustado.
Era doloroso verla.
«¿Qué le pasa? ¿Por qué está sola?» pensó Miguel, dejando la bici entre las hierbas.
Se acercó despacio, como si el aire fuera de vidrio. En los sueños, ves pero no sabes si de verdad ocurría.
*****
¡Mamá, papá, mirad lo que he encontrado! dijo entrando en casa con una neblina de alegría. Alguien la ha abandonado en la carretera. ¿Puedo quedármela? Es buenísima.
Miguel ¿te has ido del pueblo? se alteró Mercedes, con ese tono entre la realidad y el espejo. ¡Te he dicho que no!
Sólo fui a la carretera, y ya vuelvo, de verdad… Si no la hubiera recogido, a lo mejor estaría muerta ahora.
¿Y tú, qué? suspiró su madre. ¿Tampoco piensas en ti, hijo? ¿Sabes lo peligroso que es andar solo por ahí? Más aún en bici…
No volverá a pasar, lo juro. Pero… ¿qué hacemos con la perrita? Prometo cuidarla. Llevo mucho tiempo soñando con tener un amigo como ella… Y hoy es mi cumpleaños.
Cumpleaños, dice. Si es para echarte una bronca más grande que la fuente del pueblo…
Miguel apretó a la perrita contra el pecho, como quien quiere impedir que el tiempo robe algo querido.
Déjala, Mercedes, intervino su padre, Santiago, entre melancólico y ebrio, como tantas tardes de domingo. Hoy cumple catorce el chaval, déjale alguna alegría. Además, el perro es guapo, y servirá para cuidar la casa. Deja que se la quede.
Si tú lo ves bien… Mercedes miró a su hijo sin decir la última palabra.
¡Gracias! ¡Sois los padres más geniales del universo!
La felicidad brotó como una fuente entre muros, y en ese mismo día, le puso nombre: Tilda.
Aunque al principio Miguel pensó que era un perro y no perra, pronto descubrió que era una maravillosa compañera: dulce, noble, fiel.
Desde ese instante, el tiempo con la Orbea quedó olvidado; ahora los días eran para Tilda, su amiga, su sombra peluda.
¿Qué podía salir mal tras un rescate así? Todo parecía terminado en un final de caramelo.
Tilda se salvó, Miguel cumplía su sueño secreto, hasta sus padres que nunca querían animales en la casa sentían la alegría extraña de los milagros sencillos.
¿Y fin del cuento? No. Los sueños siempre giran hacia lugares imprevistos.
*****
La desgracia llegó a los seis meses.
Todo empezó cuando Santiago, el padre, perdió su trabajo en la fábrica, y el vino se volvió su único compañero.
Bebió sin medida, gastando todos los ahorros que Mercedes tenía guardados para una emergencia, ahorros en euros que se fundieron en botellas de tintorro barato y brindis amargos.
Nada podía hacerla parar: ni súplicas, ni lágrimas ni peleas bajo los azulejos de la cocina.
El hombre se volvía otro, la bebida retorcía su alma y la casa era un patio de gritos.
Llegó a levantar la mano a Mercedes. Por cualquier tontería o por ninguna. Si faltaba queso, si la teja tenía gotera, si el DYC subía de precio… todo era culpa de ella.
Miguel sólo podía refugiarse en Tilda, acariciándole la cabeza húmeda, mirando el horizonte de una iglesia sin campanas. Tilda le lamía las mejillas, saladas y tristes.
Y así fue como, una tarde, Santiago pegó a Miguel. No por algo concreto; simplemente, el mal humor flotaba en la sala.
Mercedes estaba en la tienda de ultramarinos, y Miguel jugaba con Tilda en el corral. El padre lo llamó, lo apretó de la muñeca y le dio un bofetón. Luego otro y otro.
Aguantó hasta que gritó y, en ese mismo instante, Tilda rompió el aire con un ladrido feroz, de otro mundo.
Santiago se quedó helado, Miguel escapó de su mano de ogro y, sabiendo lo que se avecinaba, supo que tenía que actuar.
Vete, ¿me escuchas? lloriqueó Miguel, los sueños se deshacían. Vete y no vuelvas jamás…
Con manos de estatua, liberó la cadena de Tilda, la arrastró hasta la verja y la empujó a la ampollada carretera.
Ella sólo temblaba, sin saber por qué su pequeño amigo la repudiaba.
Por favor, vete repitió Miguel, abrazando a la perra como antes. Si mi padre vuelve te hará daño, te lo juro…
Entonces la puerta se abrió, y Santiago apareció con el hacha, los ojos de cristal.
¡Miguel! rugió. ¿Por qué sueltas a la perra? ¿Quién te ha dado permiso?
Papá, déjalo, balbuceó Miguel, retrocediendo a saltos.
No podía irse y dejar sola a su madre con el monstruo.
¿Que te deje? bufó Santiago, mirando como un toro a su hijo y a la perra. No quería que abriera la boca, que ladrara… Yo la alimenté y encima me ladra… Ahora vas a ver…
El hombre bajó los escalones tambaleándose. Su madre, Mercedes, volvía del mercado con bolsas de pan y tomates.
Santi, por favor, no… es una cachorra, la vas a matar…
No me vengas con historias. ¡Miguel, trae a la perra aquí!
No hubo tiempo para vacilar.
Miguel miró a Tilda muy dentro de los ojos, la besó en el hocico y, empujándola, gritó:
¡Vete! ¡Vete ya! Perdónanos, Tilda. No quería esto…
Y ella corrió, bosque adentro, la única dirección posible cuando nadie te espera en ningún sitio.
«¡No vuelvas nunca, Tilda, o te matará!» gritó Miguel, y lo que ocurrió después se perdió en el aire espeso.

Tilda ya no volvió a saber de ellos.
Al cabo de seis meses, regresó a la aldea: sólo encontró cenizas, el caserón quemado como si nunca hubiera existido. Nadie. Ni Miguel, ni Mercedes, ni el aire cruel de Santiago.
A veces volvía a la verja, la abría con la pata y miraba, pero sólo encontraba soledad.
Entendió que no volverían, porque no quedaba nada, ni siquiera un fantasma.
Vagó de pueblo en pueblo, una sombra que buscaba abrazos y sólo encontraba noches.
Hasta que la recogió un viejo, un tal Julián, de barba blanca y pasado difuso, quizá loco, quizá sólo solitario. Lo encontró en la carretera, como si los sueños fuesen círculos.
¿Perdida? rió el anciano. ¿Quieres venir conmigo?
Tilda fue, porque ya no tenía a dónde ir.
Julián, aunque le gustaba la manzanilla y la guitarra, era bueno: compartía migas, caldos y huesos de jamón y jamás la regañaba.
Trabajaba de vigilante nocturno en el cementerio. Allí la llevaba consigo.
Al principio daba miedo: tumbas, cipreses y una luna que parecía de cartón. Pero una se acostumbra.
Tilda se acostumbró a la lluvia, a los pajarillos sobre cruces, y a Julián, que le hablaba de su vida, de su mujer desaparecida, de su hija que no lo reconocía porque era pobre.
Cuando se sentía solo, Tilda se tumbaba a sus pies, escuchando la letanía.
Y cuando el silencio pesaba, ella recordaba a Miguel y a Mercedes. Santiago era un olvido, un boquete en la tela de los recuerdos.
Á cosas de los sueños: durante un paseo entre las lápidas, Tilda reconoció el olor a odio y vino; allí estaba la tumba de Santiago.
¿Qué pasa? dijo Julián al verla quieta en la tumba. Santiago… sí, sí, ese era. El que murió por el monóxido… Dicen que maltrataba a su familia, que acabó solo. Bueno, descanse en paz. A los muertos, ni bien ni mal.
Tilda se quedó varios años con Julián y el mundo de los que duermen bajo tierra.
Hasta que Julián también desapareció, y ella volvió a estar sola.
Nadie acoge a una perra ya vieja, así que se quedó en el cementerio, merodeando entre flores de papel y chrysanthos, esperando quién sabe qué.
Y aquel invierno, con la primera nevada, ocurrió lo imposible.
Buscando algo que echarse a la boca, oyó voces por la tumba de Santiago: voces familiares, una masculina y otra femenina.
Se acercó, inquieta.
Te dije, Laura, venir aquí era mala idea decía un hombre frente a la lápida. Yo no quiero perdonarlo. Fue un monstruo.
Debes hacerlo, Miguel insistía la chica, de nombre tan raro como flor de azafrán. Sólo así dormirás tranquilo. Deja ir el odio. Es tu padre, por malo que fuera. Si sueñas con él cada noche es que aún falta soltar…
Eso decía mi abuela… Quizá tengas razón.
Miguel miró la tumba, frunció el ceño y susurró:
Te perdono, padre. Por mamá, por mí, por Tilda… Ojalá supiera si ella está bien. Tú nos la quitaste.
Entonces supo que alguien los observaba. Se giró y, entre la niebla, vio a Tilda, los ojos de otro mundo.
¿Qué te pasa? preguntó Laura. Parece que has visto un fantasma.
No es un fantasma, es… una perra.
Hay muchas en cementerios, hombre.
No. A esta la conozco… Espera, es…
Dio un paso, luego otro, dudando. Tilda reaccionó: movió la cola, avanzó también.
De pronto corrieron uno a otro y el sueño se cerró en círculo: Miguel arrodillado, Tilda lamiendo su cara, las lágrimas mezclándose con la nieve.
Se cumplió el deseo largo y mudo de la perra: reencontrar a su gran amigo, quien nunca la olvidó.

Miguel se llevó a Tilda a casa.
Laura la acogió, y no tardaron en ser familia: primero tres, luego cuatro cuando Tilda rescató a un gatito de la acera y todos decidieron adoptarlo, luego cinco, con la llegada de un niño, Nico.
Un buen día, Miguel restauró la casa en el pueblo. Volvían cada verano, todos juntos, y, a pesar de las penas, ambos, humano y perra, fueron felices. O al menos eso creyeron en el extraño y eterno sueño de la siesta.

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