El amor no se presume
Hoy salí de la casa con un cubo lleno de comida para los cerdos, y pasé enfadada al lado de mi marido, Eugenio, que lleva ya tres días trasteando con el pozo. Se le ha metido en la cabeza hacerlo con relieves y filigranas, para que quede bonito, como si no hubiera cosas más importantes que hacer. Yo, moviéndome sin parar con las tareas de la casa y la finca, alimentando a los animales, y él, tan tranquilo, con el formón en la mano, cubierto de serrín, sonriente, mirándome como si el mundo no tuviera preocupaciones. ¿Qué marido me ha tocado? Ni palabra cariñosa, ni un portazo en la mesa, trabaja en silencio y, de vez en cuando, se acerca, me mira a los ojos, y me pasa la mano por la trenza, así, despacito, en el único gesto de ternura que le conozco. Pero yo anhelo un lucerito, un palomita mía
Me quedé pensativa sobre mi suerte de mujer y, por poco, no tropecé con Viejo Moro, el perro. Eugenio acudió rápido, me sostuvo para que no me cayera, y miró al perro con severidad:
¿Pero qué haces en medio, puedes lastimar a la dueña?
Moro bajó la cabeza apesadumbrado y se metió en su caseta. Yo, por enésima vez, me asombré de cómo los animales entienden a Eugenio. Una vez le pregunté, y él sólo respondió:
Quiero a los animales, y ellos me quieren a mí.
También yo soñaba con un amor orquestado, que me llevaran en volandas, con palabras ardientes al oído y flores cada mañana Pero Eugenio era tacaño en gestos, y yo empecé a dudar de si me quería siquiera un poco.
¡Que Dios te ayude, vecina! se asomó Basilio por la valla. Eugenio, ¿todavía sigues con esa tontería? ¿Para qué te sirven esos adornos?
Quiero que mis hijos crezcan siendo buenos, mirando la belleza respondió mi marido.
Pues primero tendrás que tener alguno rió Basilio, guiñándome un ojo.
Eugenio me lanzó una mirada triste, y yo, ruborizada, me apresuré a entrar en la casa. No tenía prisa por ser madre, soy joven aún, quiero vivir, y mi marido no es precisamente un hombre apasionado. Además, Basilio ¡qué guapo es! Alto, de hombros anchos, y tan atento cuando me habla al cruzarme por el patio: Dulzura, mi pequeña estrella El corazón se me encoge, las piernas me fallan, pero siempre evito sus palabras. Me casé con promesas de fidelidad, mis padres me enseñaron el valor de la familia, como ellos que llevan toda la vida juntos. ¿Por qué entonces deseo tanto asomarme a la ventana para buscar su mirada?
A la mañana siguiente, llevando la vaca al pasto, me crucé con Basilio en la cancela:
Rosalía, preciosa palomita, ¿por qué me rehuyes? No me canso de mirarte; pierdo la cabeza cada vez que te veo.
Ven mañana al alba, cuando tu Eugenio salga de pesca, ven conmigo. Yo sí sabré mimarte, te haré la más feliz del mundo.
Me sonrojé, me ardían las mejillas y el corazón latía con fuerza, pero pasé rápido sin decir nada.
Te esperaré dijo él tras de mí.
No pude dejar de pensar en Basilio todo el día. Me tienta tanto tener cariño y ternura. Él es realmente atractivo, y esa mirada calentita me desvía el pensamiento, pero no me atrevo. Aún queda tiempo para el alba ¿Y si?
Por la tarde, Eugenio calentó la chimenea para el baño y hasta invitó a Basilio. A este le faltó tiempo; así ahorra leña para el suyo. Y allí estaban, los dos entre vapores azules, dándose con ramas de abedul, riendo como niños. Salieron al vestuario a descansar. Allí les dejé una jarra de aguardiente y algo de queso y embutido, y me acordé de los pepinillos en el sótano. Bajé a por ellos y, al volver, escuché voces desde la puerta entreabierta y me quedé quieta, sin meter ruido, prestando atención.
Venga, Eugenio, no seas tan tímido susurraba Basilio, vamos juntos. Las viudas de la taberna te harían olvidar a tu mujercita, son de lo más cariñosas, y guapas no como tu Rosalía, que parece una ratita gris.
No, amigo escuché la voz baja pero firme de Eugenio. No quiero otras mujeres, ni pensar en eso. Y mi esposa no es ninguna ratita, es lo más hermoso que ha visto esta tierra. No hay flor ni baya más bella que ella. Cuando la miro, no veo el sol, sólo sus ojos, su cintura fina El amor me desborda como río en deshielo, pero desgraciadamente soy incapaz de decirle cosas bonitas, de explicarle lo que la quiero. Lo noto cuando se enfada conmigo. Sé que es culpa mía y tengo miedo de perderla. No podría vivir sin ella, ni respirar un solo día.
Me quedé de pie, el corazón se me escapaba por la boca y una lágrima me recorría la mejilla. Entonces respiré hondo, entré decidida y les dije en voz alta:
Basilio, vete a consolar a las viudas, que nosotros tenemos asuntos más importantes. Todavía no hay quien admire la belleza que Eugenio está creando. Perdóname, mi querido marido, por tener pensamientos tontos y no ver que la felicidad estaba en mis manos. Vamos, que hemos perdido mucho tiempo ya
Al alba, Eugenio no salió de pesca.







