EL CORAZÓN VUELVE A LATIR
Mira, te voy a contar la historia de Carmen. Ella tuvo a su hija, Blanca, sin que nadie supiera bien quién era el padre. Vamos, que fue un tropiezo, como dicen las vecinas de su barrio en Salamanca.
Carmen tenía un pretendiente guapísimo. Iban juntos por la calle Mayor, del brazo, y las abuelas-plaza, esas que están todo el día en los bancos del parque, giraban la cabeza como girasoles siguiendo el sol. El chico era un caradura: no trabajaba ni para atrás y se dejaba llevar como una hoja por el viento. Carmen lo invitaba a cenar, lo cuidaba, le abría las puertas de su casa Vamos, que se desvivía por él.
Un día, él le suelta que se aburre como una ostra, que ella no le sabe dar su sitio como hombre y que, ya que tanto lo quiere, podía haberlo invitado a la Costa Brava, aunque solo fuera una vez Carmen se pasó días llorando, rompió las fotos y las quemó en el brasero. Estuvo un mes hecha polvo, pero por fin asomó la cabeza y conoció a Víctor.
Fue una mañana lluviosa. Carmen iba corriendo porque llegaba tarde al trabajo y esperaba en la parada del bus con los nervios a flor de piel. Paró un taxi, y el conductor, un señor al que se notaba el cariño de una madre por lo bien cuidado y elegante que iba, le abrió la puerta y la invitó a subir. En el trayecto charlaron. Víctor era todo cortesía y educación, tan distinto al anterior. Carmen, sin pensarlo dos veces, le dejó su número. Te juro que fue la única vez que subió gratis a un taxi.
Empezaron a salir. Víctor la llenaba de flores, regalitos y detalles de esos que te hacen sentir especial.
Un día, en primavera, se fueron los dos a dar un paseo por la sierra de Gredos. El aire olía a flores y felicidad. Carmen se puso a recoger narcisos y Víctor, divertido, se unió a ella. Cuando subieron de nuevo al coche, él dejó su ramo en el asiento trasero con tanto esmero que a Carmen le vino el pensamiento: Esto lo habrá hecho para su mujer. Dudó si preguntarle, pero no se atrevió. Carmen simplemente disfrutó de la ilusión, aunque el miedo le pinchaba en el fondo.
No tardó en confirmarse: la esposa de Víctor apareció una tarde en casa de Carmen, con dos chiquillos de la mano, y le dijo: Toma, guapa, ¡aquí tienes! Críalos tú, que adoran a su padre.
Carmen, roja y temblando, solo supo decir: Disculpe, no tenía idea de que Víctor estaba casado. No voy a romper ningún hogar. Bajo un techo ajeno no montaré mi nido.
Esa noche mandó a paseo a Víctor. Y a seguir sola
El siguiente fue Mamuka, un chico georgiano de paso por la vida de Carmen. Se conocieron en el cumpleaños de una amiga, y él, con su desparpajo y simpatía, conquistó enseguida a la tranquila Carmen. Mamuka tenía un corazón enorme, era generoso y siempre estaba ideando algún plan. Con él no existía la rutina ni la tristeza.
Durante un año fue como vivir en una película de aventuras. Pero Mamuka, al poco, cogió la maleta y volvió a Georgia. Puede que el clima de Salamanca no fuera para él, o quizá su madre, enferma, lo necesitó. Carmen se quedó con el alma rota, sintiéndose invisible, hasta que dijo: Mira, ya está. Mejor sola que mal acompañada. Mis lágrimas ya han regado suficiente.
Y fue cuando se convenció de que la vida soltera iba a ser su destino, cuando supo que estaba embarazada. No daba crédito. ¿Y ahora qué? ¿Quién sería el padre: Víctor o Mamuka? ¿Cómo iba a seguir adelante con todo esto sin volverse loca?
Nació una niña, y Carmen la llamó Blanca. Blanca era el sol de la vida de Carmen. Se parecía a Mamuka: rizos negros, ojos brillantes, sonrisa de esas que derriten el corazón. Y, aunque a veces Carmen moría de envidia al ver a sus amigas casadas, no le quedaba tiempo para lamentarse: criar a Blanca lo ocupaba todo.
Llegó el primer día de colegio y tocó sentarse al lado de Daniel. A Blanca no le cayó nada bien y, para colmo, Daniel la llamó tonta de los rizos. Desde ese día no se soportaban. Las broncas eran de campeonato y hasta la profesora tuvo que separarlos. Pero ni así, siempre acababan a gritos.
Carmen, preocupada por los arañazos con los que volvía Blanca, fue hasta casa de Daniel para hablar con sus padres. Abrió la puerta un hombre joven, con un trapo en la mano colgado al cuello y cara de buena gente.
¿A qué debo el honor? le ofreció café y, mientras, iba a sacar de la cocina a su pequeño gamberro.
En la casa se notaba que solo vivían hombres: ropa por todas partes, polvo y olor a tabaco que tiraba para atrás. Carmen pensó: Esto huele a hombre soltero.
Se sentó a tomar ese café, que, por cierto, nunca olvidó. El padre de Daniel, todo campechano, se llamaba Alejandro.
Mi Daniel está loco por tu hija le confesó, casi riendo.
Sí, pero eso no justifica que mi Blanca esté llena de arañazos replicó Carmen.
No te preocupes, de verdad que hablaré con él.
Esa noche Carmen no pudo pegar ojo. Alejandro tenía un no sé qué, tan sencillo, tan cercano Y ese café, que seguía notando en la memoria, le traía una paz extraña. Le daban ganas de ir a poner orden en esa casa y acariciar al gamberrillo de Daniel.
Le pidió a Blanca que intentara ser amable con Daniel en el cole, a ver si bajaban un poco la tensión
Pasaron las semanas, y un día, en una reunión de padres, Carmen se reencontró con Alejandro. Ahí confirmó que Daniel no tenía madre: si no, ella habría estado allí. Aquello la empujó a acercarse más. Alejandro se ofreció a acompañarlas a casa esa tarde oscura de diciembre. Carmen ni se lo pensó:
Vale, muchas gracias le respondió con una sonrisa de oreja a oreja.
Esa noche, Alejandro la invitó a pasar la Nochevieja juntos. Carmen, que ya no esperaba ni cuentos de princesas ni milagros, aceptó. Siete años de soledad pesan lo suyo.
Alejandro le contó entonces que estaba divorciado. Su ex se había casado al momento con su mejor amigo y él, antes muerto, que dejarle el niño a nadie. Él tampoco imaginaba lo mucho que necesitaba a una mujer cariñosa y lo solo que se sentía Daniel sin madre. Alejandro terminó declarándose.
Se fueron a vivir juntos los cuatro en una casa enorme. Blanca y Daniel al principio no lo llevaban muy bien, pero al final la convivencia los unió. Carmen trataba a Daniel como a un hijo, y Alejandro cuidaba de Blanca como si fuese de sangre.
Los años pasaron. Daniel y Blanca, contra todos los pronósticos, ¡se casaron! Alejandro y Carmen, entre risas y lágrimas, los bendijeron. Los chicos decidieron irse de luna de miel a París, y Carmen convenció a Alejandro para escaparse a la Costa del Sol unos días ellos solos.
Alejandro, venga, que nos lo merecemos. Por una vez, vamos a respirar el mar con tranquilidad le suplicó Carmen, divertida.
Él al final accedió. Pasaron una semana idílica, que parecía hecha de sueños: flores, regalos y palabras tan dulces que daban ganas de reír y llorar al mismo tiempo. Alejandro se superó en romanticismo, te lo juro.
El último día, muy temprano y con la playa vacía, él le dio un beso suave y le susurró:
Carmen, te quiero más de lo que puedas imaginar.
Después fue a bañarse. Y no volvió. Algo inexplicable ocurrió y Alejandro se ahogó en ese mar tranquilo. No lograron encontrar ni su cuerpo. Carmen regresó sola a Salamanca, helada por dentro. No podía pasar página, no podía ni llorar en una tumba, ni despedirse. Se quedaba a oscuras, con la vida deshecha.
El tiempo no cura, y menos un dolor así. Solo anestesia la pena poco a poco, pero cada vez que removes recuerdos, duele igual de fuerte. La memoria nunca deja ir del todo.
Años después, Carmen paseaba todas las tardes otoñales por el parque, con sus nietos, Catalina y Mateo. Era ya tradición: entraban al café, los niños pedían helado y ella una taza de ese café inolvidable. Al oler su aroma, se sentía acompañada, sentía que Alejandro estaba cerca, velando todavía por su Carmen.
Con el tiempo y la serenidad que da sobrevivir tras la tormenta, Carmen agradeció al destino por esos veinticinco años de felicidad junto a Alejandro. La vida se acaba, pero el amor sigue latiendo.





