Vivimos juntas mi madre y yo. Mi madre tiene 86 años. Así sucedió que no pude casarme, tampoco teng…

Vivimos juntas mi madre y yo. Mi madre tiene ya 86 años.

Resultó que nunca pude casarme, ni tuve hijos. Así se fueron dando las cosas en mi vida. Ahora tengo 57 años. Hace poco celebré mi cumpleaños. Lo festejamos solas, solo mi madre y yo. No tengo a nadie más a quien invitar. No tengo amigas y, salvo mi madre, no nos quedan familiares.

Siempre hemos vivido juntas, apoyándonos en todo momento. Mi madre, a pesar de sus 86 años, sigue con buen ánimo. Cada año parece más frágil, pero nunca se da por vencida. Todavía sale sola a pasear por la plaza.

Ya estoy jubilada, aunque sigo trabajando porque nuestras pensiones no alcanzan para llevar una vida tranquila. No me dejo desanimar, me alegra tener a mi querida madre a mi lado. Después de todo, sé que hay personas que pasan por situaciones mucho más duras. Algunos no tienen vivienda, carecen de familia y ni siquiera cuentan con unos céntimos.

Nosotras vivimos con discreción y calma. Por las noches, tomamos un té juntas, tejemos y vemos nuestras series y películas favoritas. Los sábados preparo algún bizcocho y invitamos a los vecinos de la escalera. Ellos nos cuentan historias de sus familias. Me alegra la dicha de quienes prosperan y siempre rezo para que a mi madre y a mí nos esquiven las penas.

Así transcurren nuestros días. Solo deseo que esta vida que compartimos mi madre y yo dure mucho tiempo másA veces, al mirar por la ventana y ver el lento pasar de las estaciones, siento que nuestra vida ha sido sencilla pero llena de momentos luminosos. Mi madre y yo sabemos que el tiempo es un regalo, y cada tarde compartida, cada sonrisa, cada gesto de cuidado nos ha tejido un refugio cálido en el corazón. No todo el mundo entiende el valor de la compañía silenciosa, de las palabras que no hacen ruido pero llenan el alma.

Hace poco, mientras ella me contaba algún recuerdo de infancia, noté cómo sus ojos brillarían siempre para mí. Le di la mano y juntas nos quedamos en silencio, escuchando el eco lejano de risas y conversaciones pasadas. Así aprendí que la verdadera abundancia no está en lo que falta, sino en lo que permanece: el amor, la lealtad y la esperanza.

Y cada noche, antes de dormir, susurro una gratitud sencilla, como si fuese una oración secreta que sostiene nuestro pequeño mundo. Quizá no tuvimos grandes fiestas ni viajes, pero sí un hogar donde, pase lo que pase, nunca faltarán los abrazos. Porque al final del día, descubro que la felicidad es esto: dos almas juntas, celebrando que siguen aquí, compartiendo la luz.

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