EL CABALLO INDOMABLE ESTABA DESTINADO AL SACRIFICIO, PERO UNA NIÑA ABANDONADA REALIZÓ UN ACTO INCREÍ…

En la hacienda de la sierra castellana un potro indómito está a punto de ser sacrificado, pero una niña abandonada hace algo increíble
Nadie se atreve a acercarse sin salir herido. Un caballo negro, enorme y violento, lleva condenada la muerte hasta que, de la nada, aparece una pequeña de la que nadie se da cuenta. Lo que hace deja al pueblo sin palabras y cambia el destino de todos.

¡Fuera de aquí, mocosa!, grita el carnicero, lanzándole un trapo sucio que la niña esquiva por poco. Cruz corre con el trozo de pan apretado entre los dedos, sin mirar atrás. Sus pies descalzos golpean las piedras del callejón mientras las risas de los mayores se pierden tras los muros.

No sabe qué hora es ni cuánto tiempo lleva sin comer. Solo sabe una cosa: no puede quedarse mucho tiempo en un mismo sitio. Atraviesa la plaza del pueblo y se cuela entre los arbustos detrás de los establos de la quebrada. Allí, bajo el corral de madera donde nadie la ve, se acurruca con las piernas contra el pecho.

El pan está duro, pero no le importa. Lo devora despacio, observando los movimientos del animal del otro lado de la valla. Tormenta se muestra inquieto otra vez. El potro negro relincha con fuerza, golpeando el suelo con sus cascos. Es más grande que los demás, más oscuro, más salvaje. Cada vez que alguno de los peones intenta acercarse, el animal se alza amenazante.

La semana pasada uno de ellos cayó y se fracturó el brazo. Desde entonces nadie se atreve a entrar al corral sin una pala. Cruz lo ve todo. Día a día, desde su escondite entre la hierba seca y las tablas rotas, sigue con la mirada cada movimiento del caballo.

Le fascina su fuerza, pero más le llama la soledad que lo envuelve. No es rabia lo que lleva, es miedo o desconfianza, el mismo escudo que ella aprendió a usar. Un portazo interrumpe sus pensamientos. Sale del fondo de la oficina don José, el patrón de la hacienda.

Camina con paso firme, flanqueado por dos trabajadores. Uno lleva una carpeta, el otro una soga gruesa. Ya no podemos arriesgarnos, dice don José sin alzar la voz. Este animal no sirve. Está maldito o, al menos, está loco. Lo sacrificaremos el lunes. Cruz siente un nudo en el estómago.

¿Seguro, patrón?, pregunta uno de los peones. Podríamos venderlo barato. Tal vez alguien lo quiera. ¿Quién querría una bomba de tiempo con patas?. Gruñe don José. Ya está decidido. Los hombres se alejan. Cruz no se mueve. Sus dedos se aprietan sobre la tela raída de su vestido.

La palabra sacrificio retumba en su cabeza como un eco helado. Tormenta sigue agitado, lanzando espuma de su hocico al suelo y mirando al cielo como buscando algo. Cruz lo observa largo rato hasta que sus ojos empiezan a arder.

Sin pensarlo, se levanta, se escabulle entre los arbustos y desaparece. Esa noche la hacienda duerme, las luces están apagadas, los peones roncan en la casona y el viento agita las ramas secas del eucalipto que custodian el portón. Cruz espera hasta que todo está en silencio. Entonces cruza el corral y se desliza por el hueco que conoce entre los tablones sueltos. No lleva linterna, no la necesita.

La luz de la luna basta. Tormenta la ve al instante, relincha y se lanza con fuerza. Sus cascos golpean el suelo. La niña se detiene a tres metros sin acercarse más. No dice nada. Solo se sienta, sin huir, sin extender la mano, sin tocarle, simplemente baja la cabeza y espera. El caballo bufó con vigor, pero no se acerca ni se aleja.

Respira rápido, nervioso, como si no comprendiera la presencia de esa criatura diminuta en su territorio. Ella levanta la mirada lentamente y sus ojos se encuentran. Pasan minutos, tal vez horas. Entonces el animal gira, baja la cabeza y se echa en el suelo, dándole la espalda. Cruz no sonríe, no llora, solo respira hondo.

Cuando el cielo empieza a aclarar, se levanta despacio, sale por donde entró y vuelve a desaparecer entre los arbustos. No dice nada, pero esa noche algo cambia. El sol apenas asoma tras las montañas cuando los primeros rayos iluminan el corral. Cruz ya no está allí. Nadie nota su ausencia. Nadie sabe que estuvo, y sin embargo todo se siente distinto.

Tormenta permanece echado en un rincón del corral con la cabeza baja y los ojos entrecerrados. No se mueve como antes; no bufaba ni pateaba la cerca. Los hombres del establo, acostumbrados a su energía violenta desde el amanecer, se quedan observándolo con recelo.

¿Qué le pasa?, pregunta Antonio, el mayor, rascándose la barba. No lo sé, pero no me gusta. Responde otro mientras apoya un saco de avena sobre la rueda de una carretilla. Se ve raro, tranquilo, como enfermo. Don José llega poco después, con su sombrero de ala ancha y su paso firme, como cada mañana lleva el ceño fruncido y los ojos cansados.

Al verlo, los hombres se cuadran y uno abre la puerta del corral. Don José murmura al ver al caballo acostado: Así amaneció, patrón. No se ha movido casi nada. No ha querido ni el forraje. Frunce más el ceño. Entra con cautela, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el animal.

Da unos pasos. Tormenta levanta la cabeza al oírlo, pero no se levanta. Solo lo mira. Sus orejas no están echadas atrás. Sus músculos, antes tensos como cuerdas, ahora parecen suaves en reposo. Y si ya está cansado de pelear, comenta un peón desde la valla. Tal vez ya lo entendió.

Don José niega con la cabeza. Los caballos como este no entienden; solo esperan el momento para desatar la furia. Se agacha, recoge un puñado de tierra húmeda y la deja entre los dedos. Ya he tomado una decisión, dice levantándose. No correré más riesgos. Este animal tiene que irse.

Los hombres no responden. Todos saben lo que implica irse. Llama al veterinario, ordena. Quiero estar presente cuando lo hagan. No quiero errores. Que sea rápido. Antonio asiente en silencio y se marcha. Ese día los rumores corren como viento seco entre los muros de la hacienda.

Algunos dicen que Tormenta está embrujado, otros juran que es hijo de un demonio. Nadie había visto un animal tan bravo, tan fuerte y tan imposible de domar. Lo trajeron de un criadero de prestigio con papeles, linaje y promesas de grandeza, pero desde potrillo mostró rebeldía. No aceptó sillas, ni frenos, ni manos humanas.

Los mejores domadores del norte vinieron y se fueron, humillados, magullados, derrotados. Y sin embargo, esa mañana estaba quieto. Nadie sabía por qué, salvo una niña escondida entre los matorrales del otro lado del establo, que lo observaba día tras día, con la cara cubierta de polvo y los ojos grandes, como si viera algo que nadie más veía.

Cruz no come ese día, no busca pan, ni hurgó entre los cubos del mercado; solo se queda en su rincón mirando. La noche anterior no fue un sueño. Estuvo con él, lo vio de cerca, sintió su respiración pesada, su calor animal, su fuerza contenida y, por un instante, no sintió miedo.

Tormenta es como ella, salvaje, roto, acostumbrado a que todos lo miren con recelo. Nadie se le acerca sin intención de dominarlo o castigarlo, igual que a ella, que solo recibe gritos o empujones. Por eso no entiende lo que siente en el pecho al verlo recostado, sin pelear. Es como si algo dentro de él también se hubiera rendido o simplemente descansara. No dejes que te quiten la fuerza, susurra desde su escondite.

Yo sé lo que se siente. Esa tarde, mientras todos se van a comer, Cruz se desliza de nuevo al corral. Sabe que está prohibido. Sabe que, si la descubren, no la dejarán volver, pero no puede quedarse con los brazos cruzados. Tormenta está de pie junto a un poste de sombra. Gira la cabeza al verla entrar. No se mueve.

La niña camina despacio, paso a paso, descalza sobre el polvo. Sus pies no hacen ruido, su vestido ondea con el viento. Cuando está a unos metros, se detiene. Hola, dice casi sin voz. ¿Te acuerdas de mí? El caballo relincha como respondiendo, sin agresividad, sin temor. Cruz se sienta de nuevo, igual que la noche anterior.

No intenta tocarlo, solo lo observa. Así pasan los minutos, ella en silencio, él de pie observando, hasta que Antonio aparece al otro lado de la valla y lanza una maldición. ¿Qué haces ahí, mocosa?. Sal ahora mismo. Tormenta relincha con fuerza. Cruz se queda helada. Antonio abre la puerta del corral y corre hacia ella, agarrándola del brazo.

¿Estás loca o qué? Ese animal te puede matar. Cruz intenta zafarse, pero él la arrastra fuera sin miramientos. Los demás peones se acercan al oír el alboroto. Don José sale de la oficina. ¿Qué pasa?. La hemos encontrado dentro del corral con el potro, grita Antonio. Estaba sentada como si fuera suya. Don José la mira fijamente.

Cruz baja la cabeza, la cara sucia y los ojos brillantes. Tú fuiste la que ha estado entrando cada noche. No responde. Don José suspira, se quita el sombrero y se rasca la cabeza pensativo. Déjenla, no la toquen más. Los peones se miran confundidos. ¿La van a dejar quedarse? pregunta Antonio. Por ahora, responde el patrón. Quiero saber qué hizo que ese animal dejara de ser una fiera.

Si ella tiene algo que ver, lo averiguaremos. Y sin más, se vuelve a su oficina. Cruz, temblando, siente por primera vez que alguien no la ha echado. No dice nada, ni cuando Antonio la suelta bruscamente, ni cuando los peones se alejan murmurando miradas sucias, como si fuera una peste que no saben cómo limpiar.

Se queda quieta al lado del corral, con la cara hacia abajo y los brazos rodeando sus rodillas. El sol ya cae tras los cerros, el aire se vuelve más frío, más delgado. Los caballos resoplan mientras los trabajadores cierran las compuertas y limpian los últimos bebederos.

A lo lejos, el canto agudo de un gallo desubicado corta el silencio con un eco solitario. Nadie la vuelve a mirar. Nadie le ofrece pan, ni agua, ni palabras. Y eso en el mundo de Cruz es normal. La noche cae como un telón de sombra, suave pero implacable. Las luces de los faroles titilan sobre los establos y un par de grillos cantan desde el pasto seco.

Cruz sigue sentada contra la cerca, temblando por el frío, por la incertidumbre, por algo que no entiende. Tormenta permanece echado en el fondo del corral, la cabeza baja y los ojos reflejando la escasa luz de la luna. Ha escuchado las palabras de don José con atención. No fue una invitación, no fue una promesa, solo una advertencia envuelta en curiosidad. Quiero saber si tienes algo que ver, había dicho.

El veterinario vendrá el lunes; ya todo está acordado. Tormenta será sacrificado al amanecer. Solo quedan dos noches. Esa es la primera. Cruz traga saliva. No llora. No puede. Ha aprendido hace mucho que las lágrimas no sirven cuando nadie las escucha. Se levanta lentamente.

Sus piernas dormidas le hormiguean. Camina hacia la parte trasera del corral, donde la cerca tiene un hueco entre los tablones; sabe pasar, lo ha hecho antes y lo hará otra vez. Se desliza como sombra. Sus pies descalzos no hacen ruido al tocar la tierra tibia; Tormenta no se mueve.

Avanza con lentitud hasta quedar a unos cinco metros. No se atreve a acercarse más. Se sienta en el suelo como antes, cierra los ojos y espera. El viento sopla entre los árboles, haciendo crujir las hojas secas que se acumulan junto a la barrera. La hacienda duerme, los peones roncan en sus cuartos, los perros del vecino ladran al vacío.

Y ahí, en medio del corral, una niña y un caballo comparten el mismo espacio, el mismo silencio. Tormenta baja la cabeza poco a poco, respira fuerte. Sus costillas se marcan con cada inhalación. Las moscas zumban a su alrededor, pero él no les presta atención. Pasan minutos que parecen horas. Cruz no se mueve. Su cuerpo tiembla, pero no por miedo; es algo más profundo, como tristeza o despedida.

No quiero que mueras, susurra al fin. No está bien lo que van a hacerte. Tormenta gira la cabeza; su oreja derecha se mueve apenas. Yo sé cómo se siente, continúa ella. Que nadie te quiera, que te vean solo como un problema, como algo que es más fácil de eliminar. Se frota los brazos fingiendo fuerza, pero su voz tiembla.

A veces me dan ganas de correr y no volver nunca, pero no sé a dónde. No tengo un sitio. Se queda en silencio, esperando una señal, aunque no sepa cuál. Entonces algo cambia. Tormenta avanza un paso, solo uno, pero basta. El corazón de Cruz se acelera, no por miedo, sino por sorpresa, por esperanza, por algo que no puede nombrar. ¿Tú también estás cansado?, pregunta.

El caballo se detiene, parpadea despacio, respira hondo. No te haré daño, dice ella, y no quiero que tú me lo hagas a mí. Extiende la mano lentamente, sin levantarse. No busca tocarlo, solo mostrar que está ahí, abierta, sin armas. Tormenta no se acerca más, pero tampoco huye.

Tras un rato, Cruz baja el brazo, se recuesta de lado sobre la tierra con la cabeza apoyada en su brazo doblado. No tiene cobija ni almohada, solo ese rincón polvoriento que empieza a parecerle seguro. Y allí, bajo la mirada del caballo que todos temían, cierra los ojos. No duerme del todo, pero descansa. Cuando el cielo comienza a clarear, se levanta despacio.

El cuerpo le duele por la postura, por el frío, por el hambre. Tormenta sigue en el mismo lugar, vigilante, tranquilo. Ella le lanza una última mirada antes de irse, una mirada callada pero profunda. Cruza de nuevo el hueco de la cerca y se escabulle entre los matorrales. Nadie la ve salir. Pero esa madrugada algo ha cambiado.

No es el mundo, no son los hombres, es el caballo. Y ella también. Esa misma tarde, cuando el sol vuelve a esconderse tras los cerros, Cruz espera en su rincón habitual, justo detrás del montón de pacas que usa de escondite. Nadie la busca, nadie le pregunta. Eso le conviene.

En la hacienda todo sigue su curso. Los peones trabajan con desgano, los caballos resoplan en sus corrales y Tormenta, bueno, Tormenta parece diferente. No es algo que puedan explicar con facilidad, pero Antonio lo nota primero. ¿Te has dado cuenta de que ya no se revuelca contra la cerca?, murmura a otro trabajador mientras cargan sacos de avena. Sí, ayer tampoco mordió a nadie.

Lleva dos días comiendo sin tirar el comedero. El otro hombre encoge los hombros. Quizá ya se le pasó la locura, pero no es locura ni cansancio. Es algo más profundo, algo que crece en el silencio nocturno, justo cuando la hacienda duerme y nadie mira. Esa noche, como las anteriores, Cruz regresa al corral.

Cruza el hueco de la cerca descalza, con su vestido sucio y el corazón latiendo fuerte, no por miedo, sino por algo parecido a emoción, a pertenencia. Tormenta está despierto, la espera. Ella lo siente. Se sienta en el mismo sitio de siempre, no muy lejos, no demasiado cerca. Hola, grandote, susurra con voz suave.

Hoy me senté bajo un árbol y soñé con una habitación solo para mí, una cama con sábanas y una ventana. Tormenta alza la cabeza, mueve una oreja atento, pero luego me despierto porque un perroDesde entonces, la hacienda se convirtió en un refugio donde la gente aprendió que la compasión puede domar incluso a la bestia más indómita.

Rate article
MagistrUm
EL CABALLO INDOMABLE ESTABA DESTINADO AL SACRIFICIO, PERO UNA NIÑA ABANDONADA REALIZÓ UN ACTO INCREÍ…