Transformó el feo anillo de la abuela en una joya moderna y su madre montó un drama

Mira, te cuento lo que leí ayer en Facebook y me tuvo dándole vueltas en la cabeza todo el día. Resulta que una chica, que se llama Inés García, recibió de su madre el anillo de la abuela Carmen como, supuestamente, un regalo. Pero claro, el anillo ni era bonito, ni tenía ese aire vintage que a veces mola, ni nada; más bien era grande, tosco y, para qué engañarnos, feote. Inés pensó: Si es mío, hago con él lo que me dé la gana. Así que se fue a una joyería en Madrid y lo cambió por otro moderno que sí le gustaba, poniendo algo de dinero extra, unos cien euros.

Toda emocionada, llamó a su madre, Rosario, para contarle lo bien que se sentía con su nueva joya. Y ahí empezó el drama. Su madre le montó una bronca tremenda. ¿Cómo se te ocurre vender el anillo de la abuela sin consultarme? ¡Eso no es solo un anillo, es un recuerdo! Una reliquia de la familia. Inés intentó explicarse: Mamá, ahora el anillo es mío, puedo decidir qué hacer con él, ¿no?. Pero nada, que no entraba en razón, ni siquiera le escuchó. Al final terminaron la llamada, cada una más enfadada. Al cabo de unas horas, la madre volvió a llamar, pero Inés estaba tan mosqueada que no quiso coger el teléfono. Rosario acabó mandándole un WhatsApp, diciéndole que el anillo realmente no se lo había regalado, sino solo confiado, que no podía hacer nada con él, ni venderlo ni cambiarlo. Total, que Inés no sabía ni para qué tenía el dichoso anillo y que aquello se había convertido en una situación bastante tensa y rara.

Encima, la abuela Carmen sigue viva, pero la relación entre ellas abuela, madre e hija es un poco tirante. ¿Qué clase de reliquia familiar es esa si lo único que trae es problemas?

A mí, personalmente, me chocó mucho la historia. No imagino deshacerme de una joya familiar, aunque no sea la más bonita ni valiosa, porque, al final, forma parte de lo que somos. Puede que el anillo sea un rollo, nada especial, pero representa a la familia, y quién sabe, quizás dentro de unos años, los nietos sientan curiosidad por la bisabuela Carmen y sus gustos en joyas. Ahora puede parecer hortera, pero la moda siempre vuelve y, sobre todo, los recuerdos tienen valor más allá de lo material. Y cuando ya no estemos, esos objetos serán el lazo que nos conecte con las generaciones futuras.

El caso es que Inés prefirió cambiarlo por una sortija actual. El oro de ahora, por cierto, no tiene nada que ver con el de antes, tú lo sabes. Incluso podría haber mandado al joyero remodelar el anillo, y así mantener algo de la historia familiar y al mismo tiempo disfrutar de la joya, que no estuviera olvidada en un cajón, sino que siguiera pasando de mano en mano y de historia en historia.

Al final, si tienes tanta necesidad de una joya nueva, pues cómpratela y deja en paz la pieza antigua.

Yo, ya te digo, estoy completamente del lado de la madre. Entiendo su disgusto. Es que ni pensaba que su hija vería el anillo como cualquier regalo, no como algo que conservar, cuidar. Hasta con los regalos normales, da cosa venderlos o regalarlos, imagínate el anillo de la abuela.

Pero también hay que entender a Inés. Ella no es de esas personas que se atan a los objetos; prefiere las cosas útiles, que pueda usar, y no tenerlas muertas de risa en una caja. Y al final, en el Rastro o en mercadillos, encuentras un montón de cosas familiares que terminaron ahí cuando dejaron de tener sentido para alguien. ¿Quizás sea mejor vivir el momento y no estar siempre con la mochila de la historia familiar? Si Inés no necesita ese tipo de recuerdos, ¿la podemos culpar? Igual es que su madre nunca le habló bien de lo que significa guardar esos tesoros, esos pequeños secretos familiares.

En fin, qué movida. ¿Tú qué harías?

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