Os Pensabais Invencibles: La Noche en la que Mi Hermana y Mi Marido Apostaron Todo… y Lo Perdieron…

Lucía viene hoy, sobre las siete. ¿Te parece bien?

Beatriz deja el cepillo sobre la cómoda y se gira hacia su marido, que trastea con el mando del televisor. Javier asiente sin apartar la vista de la pantalla.

Claro. Que venga.

Beatriz sonríe y vuelve al espejo. Le gusta que su hermana y su marido se lleven bien. Lucía aparece por casa a menudo, a veces dos o tres veces por semana, y suelen quedarse charlando hasta tarde; entonces la vivienda se llena de risas y conversaciones. A Beatriz le encanta escucharles hablar de series o discutir sobre política, y piensa que es afortunada. Un marido en quien confiar, una hermana a la que adora, una familia sólida. Como en las películas, pero real.

A veces, sin embargo, siente un pequeño pellizco en el alma. Tonterías, cosas sin importancia. Como cuando ve a Javier inclinarse hacia Lucía cuando ella cuenta alguna anécdota del trabajo. O como su hermana le roza el hombro entre risas. O esos cuchicheos en la cocina que cesan siempre que Beatriz entra. Intenta apartar esas ideas. Son tonterías. Es Lucía, su hermana pequeña, la misma a la que cuidaba cuando aún iba al instituto. Y Javier, su Javier, con quien lleva cinco años de matrimonio. Por cierto, dentro de poco es su aniversario.

…Esa tarde fatídica, Beatriz pide salir antes del trabajo. Quiere pasar por el supermercado y comprar productos frescos para preparar una cena especial. Quiere que el día siguiente sea inolvidable.

La llave entra en la cerradura con demasiada facilidad. Beatriz cruza el umbral y se detiene. La casa está silenciosa, un silencio espeso y pegajoso, ajeno. Desde el salón se percibe una conversación ahogada.

Beatriz avanza por el pasillo, empuja la puerta y se queda de pie en el quicio.

Lucía está sentada en su sillón. Se acomoda en él como si siempre hubiese sido suyo. Javier está junto a la ventana y, al entrar Beatriz, gira aún más la cara, como intentando desaparecer.

¿Qué pasa, por qué estáis así? Beatriz intenta sonreír, pero la boca apenas le responde. ¿Ha pasado algo?

Lucía la mira. Y Beatriz no la reconoce. ¿Dónde está la dulce, algo tímida pequeñaja que siempre pedía consejo y se deshacía en lágrimas ante cada decepción amorosa? Frente a ella ahora está una desconocida, con la mirada fría y triunfal.

Ha pasado, sí. Estoy embarazada de tu marido, remata Lucía, serena. Haz las maletas y vete. Ahora soy yo la que va a vivir aquí.

Lleva la mano al vientre, aún plano, invisible bajo la blusa suelta.

Beatriz no puede moverse. En la calle pita algún coche. El vecino de al lado tiene la televisión encendida, el mundo sigue girando como si nada, pero ella no puede respirar.

¿Qué? La voz de Beatriz sale quebrada, apenas audible.

Oíste bien. Lucía se deja caer en el respaldo. Javier y yo ya lo hemos decidido. Basta de fingir.

Beatriz mira a su marido. Javier sigue con la vista perdida, los hombros hundidos, las manos tan tensas en la repisa que los nudillos blanquean.

Javier da un paso hacia él, Javier, mírame.

Él se vuelve. Y Beatriz no ve ni rastro de culpa en su mirada, ni vergüenza. Solo cansancio. E incluso cierto alivio.

Bea dice, encogiéndose de hombros, las cosas han salido así, lo siento.

¿Que las cosas han salido así? ¡Cinco años de matrimonio y simplemente ha salido así?

No dramatices, Lucía arruga la nariz. Somos adultos. Lo vuestro se acabó, pasa. Y Javier y yo lo nuestro lo tenemos claro.

Javier. Le llama Javier, igual que lo hacía Beatriz.

¿Cuánto? consigue articular. ¿Cuánto tiempo lleva esto?

Lucía intercambia una mirada con Javier y sonríe con sorna.

Un año, tal vez más. ¿Qué importa?

Un año. Todas aquellas noches en que Lucía se quedaba hasta tarde. Las bromas en la cocina. Aquellas miradas que Beatriz interpretaba como complicidad familiar.

Pensaba que eras mi hermana el tono de Beatriz se vuelve firme sin que ella lo note. Pensaba que me querías.

Te quiero Lucía se encoge de hombros, con una ligereza que le hace daño. Pero me quiero más a mí. Y a Javier. Y tú Bueno, siempre has sido tan formal, Bea. Eres tan correcta que cansas.

Beatriz se lanza hacia Javier, lo agarra de la camisa y lo obliga a girarse.

¡Dime que es mentira! ¡Dime que esto es una cruel broma!

Javier intenta soltarse pero Beatriz agarra con más fuerza, la tela cede bajo los dedos.

Bea, suéltame, sabes que es la verdad…

¡No sé nada! Beatriz lo aparta, Javier casi tropieza con el radiador. ¡Cinco años, Javier! ¡Te lo di todo! ¡Rechacé un trabajo en Valencia por ti! ¡Cuidé de tu madre en el hospital durante un mes, y tú!

Beatriz coge un cojín del sofá y se lo lanza. Javier apenas se aparta a tiempo.

¡Y encima en nuestro lecho! ¡Desgraciado!

Cálmate Lucía se levanta y se arregla la blusa con deliberación. ¿Te vas a poner así? Pareces una histérica.

Beatriz se da la vuelta, coge un portarretratos de la estantería. Su foto las tres juntas en Navidad, las tres ante el árbol, riendo, ella sintiendo que lo tenía todo: familia, vida, felicidad.

¡Te crié! La foto vuela por la sala, el cristal estalla al chocar contra la pared. ¡Te enseñaba los deberes cuando mamá no estaba! ¡Te protegí de las bravuconadas en el colegio! ¿Y así me pagas?

Ya estamos Lucía pone los ojos en blanco. He oído eso mil veces. ¿No te cansas? A Javier siempre le han ido más las chicas jóvenes y divertidas; a ti te toleraba. Yo, por lo menos, soy honesta: no iba a seguir de tapadillo.

¿Honesta? Beatriz suelta una carcajada. Incluso Javier se estremece por el sonido. ¿Un año de engaños es honestidad?

Agarra el cenicero de cristal de la mesa de centro, regalo de la suegra. Amenaza con lanzarlo.

¡Beatriz, déjalo ya! Javier intenta detenerla pero llega tarde.

El cenicero golpea la vitrina y caen copas y vasos hechos añicos.

No he terminado Beatriz respira agitada, el sudor perlándole la frente. Esto es solo el principio.

Se dirige a la estantería, barrida cuanto alcanza: álbumes, figuritas, recuerdos de los viajes familiares.

¡Para ya! Javier trata de sujetarla.

¡No me toques! ¡Y no vuelvas a acercarte jamás!

Por primera vez Lucía parece inquieta; retrocede hacia la puerta.

Mira, vamos a hablar tranquilamente. Debes irte. Javier y yo nos quedamos; vamos a tener un hijo. Haz las maletas y…

¿QUE YO tengo que irme? Beatriz se queda quieta en medio del destrozo y mira a Lucía con tal rabia que su hermana retrocede un paso más. ¿YO?

Siente cómo algo frío y agudo avanza por encima del dolor. Certeza.

Habéis cometido un error, os habéis pasado de listos. Se aparta un mechón de la cara. Este piso es mío. Lo compré antes de casarme, justo cuando hicimos el papeleo en el registro civil. Estaba a mi nombre desde el principio. ¿No te lo contó Javier?

Lucía busca la mirada de Javier. Él blanquea aún más y baja la cabeza.

¿Y qué? replica Lucía, con un gesto nervioso. Vamos a tener familia, necesitamos una casa más que tú.

¿Familia? Beatriz suelta una sonrisa que no tiene nada de amable. Levantad vuestra familia donde queráis. Aquí no. Ahora, os largáis de mi piso los dos.

¡No puedes echarnos! grita Lucía. ¡Estoy embarazada, es inhumano!

Deberías habértelo pensado antes de acostarte con el marido ajeno. Beatriz abre la puerta de par en par. Fuera.

Javier se acerca, intenta rozarle la mano.

Bea, escucha, podemos arreglarlo. No tengo a dónde ir, aquí tengo todas mis cosas y si no, ¡te denuncio!

Haz lo que quieras. El piso es mío, y no tienes cómo demostrar lo contrario. Las cosas las recogerás luego; ya te avisaré.

Pero…

LARGO. La voz de Beatriz, inesperadamente calmada, es definitiva. Tú y tu amante embarazada. ¡Fuera de mi casa!

Lucía agarra el bolso del sillón. Mientras sale, suelta:

Mamá sabrá cómo te portas conmigo. No te lo perdonará.

Ya lo veremos.

Beatriz cierra la puerta de golpe y se deja caer contra ella, temblando y llorando sin poder contenerse.

…A los tres días, su madre la llama. Beatriz contesta, esperando lo peor.

Hija la voz de su madre suena cansada. Lucía me lo ha contado todo. Su versión, claro.

Mamá, yo…

Déjame acabar. La escuché. Y después le dije que mientras no recapacitara y te pidiera perdón de rodillas, no volviera a presentarse en mi casa.

Beatriz suelta el aire, temblando.

¿Estás estás de mi parte?

Por supuesto. Lo que ha hecho Lucía no tiene perdón, y tu marido tampoco. Aguanta, hija. Divórciate de ese miserable. Empieza de cero. Tienes tu piso, él que se busque la vida. Tú puedes con esto.

Beatriz se derrumba en el suelo, hecha un mar de lágrimas. No está sola en esta batalla. Por fin siente el apoyo de su madre. Un apoyo que no esperaba.

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